Chica Joven Sometida — Sexo y obediencia 🖤 — Parte 5 — Epílogo


 

Los años pasaron como el humo de un cigarrillo, lentos y evanescentes. 


Esther nunca volvió a ver a Humberto después de esa noche en el club. No hubo despedidas, no hubo explicaciones. Simplemente, él desapareció de su vida como había llegado: sin aviso, sin permiso, dejando solo el eco de sus órdenes grabado en su piel y en su memoria. 


Juan, su esposo, había conocido a Humberto en el club. No eran amigos, pero compartían cierta complicidad de hombres que sabían cómo funcionaba el mundo. Cuando Juan la llevó a casa esa noche, Esther entendió que el testigo había pasado de una mano a otra. No hubo resistencia en ella, no hubo dudas. Su cuerpo ya conocía su lugar, su mente ya había aceptado su destino. 


Dejó la universidad en segundo año. No hubo llanto, no hubo nostalgia. Las aulas y los libros se desvanecieron como un sueño del que despertaba para vivir su verdadera vida. Se convirtió en la esposa de Juan, y luego en la madre de sus cuatro hijos. Cuatro niños que crecieron en una casa ordenada, con comidas calientes y una madre que siempre estaba disponible. 


Su cuerpo, antes esbelto y juvenil, se transformó con los embarazos. Las caderas se ensancharon, los senos se volvieron más pesados, las estrías dibujaron mapas plateados en su vientre. Juan las acariciaba como si fueran trofeos, recordatorios de su propiedad sobre ella. Y Esther, cada noche, se tendía en la cama y abría las piernas sin preguntar, sin esperar, recibiendo el peso de su marido como recibía todo: con obediencia. 


A veces, en los silencios de la tarde, mientras planchaba las camisas de Juan o preparaba la cena para los niños, su mente viajaba a ese auto, a ese callejón, a esa casa desordenada. Recordaba las manos de Humberto, su voz ronca, la forma en que la había mirado y le había dicho "sos mía". Y el recuerdo era un latido en su vientre, un calor que subía por su pecho y se instalaba en sus mejillas. 


"No soy especial", se repetía a sí misma, y la frase era un consuelo. "No soy la primera. No soy la última." 


Humberto, mientras tanto, siguió su camino como un cazador que nunca se cansa de la presa. Se dedicó a mostrarle a otras mujeres el lugar que les correspondía en el mundo. Su reputación creció en ciertos círculos, en esos bares de hombres que sabían, en esas conversaciones de madrugada donde se compartían secretos como monedas. 


Entre esas mujeres estuvieron amigas de Esther. Chicas de la universidad, compañeras de clase, rostros que ella recordaba de los pasillos y las aulas. Una a una, Humberto las fue moldeando con la misma paciencia de un escultor. Las llevaba a su casa desordenada, las vestía con trajes de mucama, las hacía limpiar y cocinar y arrodillarse. Y luego, cuando ya no podía sacar más de ellas, las entregaba a otros hombres como se entrega un objeto usado pero aún valioso. 


Así, las amigas de Esther se convirtieron en perfectas amas de casa. Mujeres que dejaron sus carreras, que abandonaron sus sueños, que aprendieron a sonreír mientras servían la mesa y a callar mientras sus maridos hablaban. Se encontraron en los supermercados, en las reuniones escolares, en las tardes de café donde antes compartían secretos de juventud. Ahora compartían recetas de cocina y consejos para planchar. 


Sus miradas se cruzaban, y en ese cruce había un entendimiento tácito. Ninguna nombraba a Humberto. Ninguna mencionaba el auto, el callejón, la casa desordenada. Pero todas sabían. Todas llevaban la misma marca invisible en el cuerpo, el mismo recuerdo grabado en la memoria. 


Esther, a veces, las miraba y sentía una extraña hermandad. No eran víctimas, se decía. Habían encontrado su lugar, como ella. Habían aceptado su naturaleza, como ella. Y en esa aceptación, había una paz que el mundo moderno no podía ofrecer. 


Juan era un buen esposo, según los estándares de ese mundo. Nunca le levantó la mano, nunca le faltó el respeto en público. Pero en la intimidad, cuando la noche caía y los niños dormían, él reclamaba su derecho con la misma certeza que Humberto había reclamado el suyo en aquel auto. Esther se entregaba sin protestar, y a veces, cuando él se dormía a su lado, ella se quedaba despierta mirando el techo y sintiendo que su vida tenía un sentido que no podía explicar con palabras. 


"Servir", pensaba. "Eso es lo que soy. Eso es lo que siempre fui." 


Los años siguieron pasando. Los hijos crecieron, el pelo de Esther se tiñó de canas prematuras, su cuerpo se volvió más pesado y menos firme. Juan se volvió un hombre de hábitos, un hombre que esperaba su cena caliente y su cama tibia. Y Esther, fiel a su naturaleza, siempre estaba allí. 


A veces, en las noches de insomnio, se levantaba y caminaba hasta la ventana. Miraba la calle vacía y recordaba los pasos de aquella noche, cuando caminó hacia el auto de Humberto sabiendo que no podía escapar. Se preguntaba qué habría sido de ella si hubiera corrido en la otra dirección. Pero la pregunta se desvanecía rápido. 


No había otro camino. No había otra vida. El mundo era simple, y ella había aprendido a moverse en él. 


Un día, muchos años después, recibió una llamada. Era una de sus amigas de la universidad, una de las que también había conocido a Humberto. Su voz sonaba distante, casi etérea. 


"—Esther—, dijo la amiga. —¿Te acordás de aquel hombre? 


Esther sintió que el corazón se le detenía. 


"—Sí—, respondió, y su voz era un susurro. 


"—Murió—, dijo la amiga. —Hace una semana. Un ataque al corazón. Estaba en su casa, en el sillón. 


Esther cerró los ojos. Vio el sillón, los cojines, la luz tenue de la tarde. Vio sus rodillas en el piso, su boca alrededor de él, sus manos aferradas a su cabello. 


"—¿Vas al entierro?—, preguntó la amiga. 


Esther abrió los ojos y miró su casa, sus hijos, su vida. Sintió el peso de los años en sus hombros. 


"—No—, respondió. —No voy a ir. Ya no tengo nada que hacer allí. 


Colgó el teléfono y se quedó mirando la pared. Por un momento, sintió que algo se rompía dentro de ella, un hilo que la había atado a ese hombre toda su vida. Pero luego, como siempre, el hilo se reemplazó por otro: el deber, la rutina, la obediencia. 


Se levantó y fue a la cocina. La cena de Juan la esperaba, y los niños, y la vida que había elegido. 


"No era especial", pensó mientras cortaba verduras. "Nunca lo fui." 


Y en esa certeza, encontró la paz.

 


FIN. 



— Si esta historia te calentó, imaginá las próximas… 🔥 Seguime.

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