Sexo Prohibido En El Campo — Final.

 


El sol entró por la ventana sin cortinas y pegó de lleno en la cara de Rocío. Parpadeó varias veces, desorientada, sin saber qué día era ni a qué hora había cerrado los ojos por última vez. El cuerpo le pesaba como si hubiera cargado piedras durante semanas, y cada músculo le dolía con un dolor que ya no era dolor sino memoria. Memoria de las manos que la habían tocado, de los miembros que la habían llenado, de los orgasmos que la habían roto y vuelto a armar. 


A su lado, María seguía durmiendo. Estaba boca abajo, con la pollera larga enredada entre las piernas y el pelo moreno desparramado sobre la almohada. Los talismanes de semillas y piedras descansaban en la mesa de luz, y los aros de plumas colgaban del respaldo de la silla. La respiración de María era profunda, pareja, la de alguien que está en un sueño del que no quiere despertar. 


Rocío se incorporó con esfuerzo. La manta de lana cayó hasta su cintura, dejando al descubierto sus tetas pequeñas, los pezones todavía sensibles, las marcas de los dedos en sus costillas. Miró el techo de madera, las velas en los rincones, el altar con las fotos de gente que no conocía. Y por un momento, un solo momento, se preguntó cómo había llegado hasta ahí. 


"Vine por una semana", pensó. "Vine para distraerme de la ciudad. Y ahora estoy desnuda en la cama de mi prima, después de haberme acostado con su padre, su hermano y con ella misma." 


La pregunta flotó en el aire como una mosca molesta. "¿Soy víctima o cómplice?" No supo responder. Tal vez las dos cosas. Tal vez ninguna. 


María se movió a su lado. Abrió los ojos despacio, parpadeó, y cuando vio a Rocío mirándola, sonrió. Era una sonrisa cansada, pero también feliz. 


—¿Qué hora es? —preguntó María, con la voz pastosa. 


—Ni idea —dijo Rocío—. El sol está alto. Debe ser mediodía, o más. 


—No me quiero levantar —dijo María, y se acurrucó contra Rocío, apoyando la cabeza en su hombro. 


Rocío la abrazó. Sintió el cuerpo caliente de su prima contra el suyo, las tetas morenas rozándole las costillas, el vello púbico enredándose con el suyo. Y no sintió vergüenza. No sintió asco. Sintió una ternura extraña, una intimidad que no sabía que podía existir entre dos mujeres, y mucho menos entre primas. 


—¿Tenemos que hacer algo hoy? —preguntó Rocío. 


—No —dijo María, y cerró los ojos—. Hoy no hacemos nada. Dormimos todo el día. 


Y así lo hicieron. Se levantaron cerca del mediodía, apenas para comer algo. Domingo les había dejado un plato de empanadas en la cocina, tapadas con un repasador para que no se enfriaran. Matías había cebado mates y los había dejado en el termo, con las hojas ya usadas. Los dos hombres, en un acto de discreción que a Rocío le pareció conmovedor, se habían ido a trabajar al campo y no volvieron hasta la noche. 


Rocío y María comieron en silencio, con los codos apoyados en la mesa de madera y las miradas perdidas en algún punto del patio. Después se bañaron juntas en la letrina, como ya era costumbre. El agua tibia les resbaló por los cuerpos cansados, y María le lavó el pelo a Rocío con una paciencia que la hizo llorar otra vez. No sabía por qué lloraba. Tal vez porque alguien la estaba cuidando. Tal vez porque se sentía cuidada por primera vez en mucho tiempo. 


Después del baño, volvieron a la cama. Durmieron todo el resto del día y toda la noche siguiente. El sueño fue profundo, sin sueños, o con sueños que no recordaron al despertar. Cuando volvieron a abrir los ojos, el sol de la mañana les pegaba de nuevo en la cara, y las dos supieron que habían dormido más de veinticuatro horas. 


—Nunca estuve tan cansada en mi vida —dijo Rocío, estirándose como una gata. 


—Yo tampoco —dijo María—. Pero valió la pena. 


Rocío la miró. En los ojos oscuros de su prima vio algo que no vio antes. No era solo deseo. Era complicidad. Era un secreto compartido que las unía más que cualquier lazo de sangre. 


—Sí —dijo Rocío—. Valió la pena. 


Las dos se quedaron en la cama un rato más, escuchando los ruidos de la casa. El canto de los pájaros afuera. El viento moviendo las ramas de los árboles. El silencio, ese silencio del campo que antes la asustaba y que ahora la envolvía como una manta. 


La puerta se abrió de golpe. Domingo y Matías entraron sin golpear, como si la habitación fuera pública. Domingo vestía la ropa de siempre, el pantalón de trabajo y la remera gastada. Matías tenía el pelo mojado, como si acabara de bañarse, y los ojos negros brillaban con una luz que Rocío ya conocía demasiado bien. 


—¿Están bien? —preguntó Domingo, y su voz tenía un dejo de preocupación genuina. 


María se incorporó rápido, llevándose la manta al pecho. A su lado, Rocío también se cubrió, aunque ya era un gesto vacío, casi teatral. Después de todo lo que había pasado, esconder el cuerpo de los hombres que la habían visto desnuda una y otra vez era una hipocresía que las dos reconocían. 


—Ahora muy bien —dijo María, y su tono fue cortante, como un cuchillo que corta justo donde duele—. Dormimos un montón. Pero ya estamos despiertas. 


Domingo y Matías se quedaron en la puerta, sin atreverse a entrar. Intercambiaron una mirada rápida, un diálogo silencioso que Rocío no alcanzó a descifrar. Después, sin decir nada más, se dieron media vuelta y se fueron a la cocina. 


María suspiró. Se dejó caer sobre la cama, con los brazos abiertos y la mirada fija en el techo. 


—¿Qué te pidieron los espíritus? —preguntó María, y su voz sonó casual, como si estuviera preguntando por el pronóstico del tiempo—. No nos has contado nada. 


Rocío también se dejó caer. Las dos primas quedaron boca arriba, una al lado de la otra, mirando el mismo techo de madera. Rocío se pasó la mano por el pelo castaño, largo y enmarañado, acomodando las ondas suaves de las puntas. 


—Que tengo que complacerlos durante cinco años —dijo Rocío, y las palabras sonaron más livianas de lo que esperaba—. Y también que tengo que hacer que su historia sea reconocida, que nadie los olvide. 


María se incorporó de golpe. Sus ojos oscuros se abrieron como si fuera la primera vez que escuchaba eso, aunque Rocío no podía saber que ya lo sabía. Ella lo había planeado todo desde antes de que llegue Rocio. Pero María era una excelente actriz. 


—¿Cinco años? —preguntó María, y su voz sonó aterrada, como correspondía—. ¿Vas a tener que quedarte acá cinco años? 


—Parece que sí —dijo Rocío, y su voz no sonó aterrada. Sonó resignada, y en esa resignación había algo que parecía calma. 


—¿Y lo otro? —preguntó María—. ¿Cómo vas a hacer para que la historia sea reconocida? 


Rocío se quedó en silencio. Las horas pasaron. El sol subió en el cielo y empezó a bajar. Los cuatro comieron juntos, charlaron de cosas sin importancia, y Rocío sintió que la idea le daba vueltas en la cabeza como una mosca que no encuentra la salida. "Cinco años complaciéndolos es fácil", pensó. "Ya me acostumbré. Ya me gusta. Pero lo otro... ¿cómo hago para que la historia de unos espíritus muertos sea reconocida?" 


La siesta los encontró a todos dormidos en diferentes rincones de la casa. Rocío soñó con manos frías y voces robóticas, pero cuando despertó, el sol de la tarde entraba por la ventana y todo estaba en calma. 


A las cuatro, cuando el calor ya no era tan pesado, se juntaron en el patio. Domingo había cebado mates, y el termo humeaba sobre la mesa de madera. El cielo estaba despejado, de un azul intenso que parecía pintado a mano, y el viento movía las ramas de los árboles con una suavidad que daba paz. 


Rocío se había puesto una pollera corta de jean, tan corta que cuando se sentaba dejaba ver la curva inferior de sus nalgas. Arriba, una blusa blanca, suelta, sin mangas, con botones de madera que apenas disimulaban la dureza de sus pezones bajo la tela. El pelo castaño lo había recogido en una cola de caballo alta, y los ojos oscuros, grandes, brillaban con la luz de la tarde. 


María, al lado de su prima, vestía una pollera larga de colores tierra, bordada con figuras geométricas como todas las que usaba. Pero arriba, en lugar del corpiño de cuentas, llevaba una blusa corta que dejaba al descubierto su vientre moreno y el aro de plata que tenía en el ombligo. Los aros de plumas colgaban de sus orejas, y los talismanes de semillas y piedras tintineaban con cada movimiento. 


Los dos hombres no podían dejar de mirarlas. Domingo miraba a Rocío con la misma intensidad de siempre, pero ahora había algo diferente. No era solo deseo. Era posesión. Era la mirada de un hombre que sabe que algo le pertenece. Matías miraba a su hermana, y en sus ojos negros había una lujuria que ya no disimulaba. 


María tomó un mate, lo sopló, y lo pasó a Rocío. Después, con un gesto que pareció casual pero que estaba ensayado desde hacía días, se llevó una mano a la barbilla y frunció el ceño. —Se me acaba de ocurrir una idea —dijo María, y su voz sonó como si la luz se hubiera prendido en su cabeza—. ¿Por qué no subís un video a tus redes sociales? Explicando la vida de mis antepasados. La masacre, los espíritus, todo. 


Rocío abrió los ojos. Las redes sociales. Había llegado al campo decidida a no usarlas, a desconectarse de la ciudad, de los likes, de los comentarios, de la vida falsa que había construido en Buenos Aires. Pero esto era diferente. Esto no era para mostrar su cuerpo o su vida vacía. Esto era para cumplir con la orden de los espíritus. 


"Tengo más de cien mil seguidores", pensó Rocío. "Nunca me sirvieron para nada. Pero ahora..." 


—Tenés razón —dijo Rocío, y la emoción le tembló en la voz—. ¿Por qué no se me ocurrió antes? 


—Porque estuviste muy ocupada complaciendo espíritus —dijo Matías, y su risa fue corta, apenas un resoplido. 


Rocío lo miró. En sus ojos negros vio algo que no supo leer. No le importó. Se levantó de la silla, dejó el mate a un lado, y entró a la casa a buscar su celular. El aparato estaba apagado, en el fondo de su valija, cubierto de ropa sucia. Lo prendió y sintió cómo la vibración de los mensajes acumulados le recorría la palma de la mano. Decenas de notificaciones, cientos de mensajes, miles de preguntas de gente que se preguntaba dónde estaba, qué hacía, con quién. Los ignoró todos. 


Salió al patio con el celular en la mano y una determinación que no sabía de dónde había salido. 


—Hagamos el video ahora —dijo—. Antes de que se vaya la luz. 


Los cuatro se pusieron a trabajar como un equipo aceitado. Matías, que tenía buena mano para la cámara, se encargó de filmar. Domingo, que no entendía nada de tecnología, se sentó a un costado y los miró con una mezcla de orgullo y deseo. María y Rocío se colocaron frente al lente, una al lado de la otra, como dos figuras de un cuadro antiguo. 


—Yo hago de chamana —dijo María, y su voz cambió. Se volvió más grave, más profunda, como si realmente estuviera conectada con algo más grande—. Vos hacés de periodista. Me preguntas sobre la historia, sobre los espíritus, sobre lo que hay que hacer para honrarlos. 


Rocío asintió. El celular empezó a grabar. 


—Hola a todos —dijo Rocío, y su voz sonó segura, como si estuviera hablando frente a un estadio—. Hoy estoy en el campo, en la tierra de los antepasados de mi prima María. Quiero contarles una historia que pocos conocen... 


María tomó la palabra. Habló de la tribu guerrera, de la masacre en el sendero, de los espíritus que todavía vagaban por el bosque pidiendo justicia. Habló de la sangre derramada, de las deudas que se pagan con el cuerpo y con el dinero, de la necesidad de no olvidar. Habló con una convicción que a Rocío le pareció real, aunque en el fondo de su cabeza una vocecita le decía que todo era mentira. 


Al final del video, María miró a la cámara con sus ojos oscuros y dijo: 


—Los que quieran visitar la tierra de mis antepasados los fines de semana deberán pagar una pequeña entrada. Y si alguien necesita una guía espiritual personalizada, yo ofrezco ese servicio. Pero por una suma mayor. Porque los espíritus no se conforman con migajas. 


Matías dejó de filmar. Rocío tomó el celular y revisó el video. La luz era buena, el sonido también, y las dos mujeres se veían hermosas: Rocío con su pollera corta y su blusa blanca, María con sus aros de plumas y sus talismanes. Era un video que iba a funcionar. Lo sabía. 


—Publícalo —dijo María, y su voz sonó tranquila, como si estuviera pidiendo un vaso de agua. 


Rocío lo publicó. Subió el video a todas sus redes sociales: Instagram, TikTok, Twitter. Escribió una leyenda larga y emotiva, con emojis de hojas y de manos juntas, y apretó el botón de publicar. El celular vibró con las primeras reacciones: me gusta, comentarios, corazones. Pero Rocío no tuvo tiempo de verlas. 


Porque en ese momento, María se levantó de su silla, se paró frente a ella, y levantó la pollera larga hasta la cintura. 


Debajo no llevaba nada. El vello púbico oscuro y abundante brillaba con la humedad del deseo, y los labios de su sexo estaban abiertos, rosados, esperando. 


—Prima —dijo María, y su voz era un susurro—. Es hora de satisfacer a los descendientes de los espíritus. 


Rocío sintió que la humedad le brotaba entre las piernas en el mismo instante en que escuchó esas palabras. No dudó. No pensó. Su cuerpo ya sabía lo que tenía que hacer. 


Se arrodilló frente a María, que seguía parada con la pollera levantada, y metió la cabeza entre sus piernas. Era la primera vez que lo hacía. Nunca había estado con una mujer, nunca había probado el sabor de un sexo que no fuera el suyo. Pero cuando su lengua tocó esos labios abiertos, calientes, húmedos, supo que le gustaba. 


El sabor era intenso, ácido, dulce. No se parecía a nada que hubiera probado antes. Era el sabor de María, de su prima, de su cómplice. Rocío pasó la lengua de abajo arriba, una y otra vez, sintiendo cómo el clítoris de María se endurecía contra su paladar. María gimió y la agarró de los pelos, apretándola contra su sexo como si quisiera ahogarla. 


—Así —dijo María, y su voz era un gemido—. Así, prima. No pares. 


Mientras Rocío la complacía en cuatro patas, las manos en el suelo y la lengua en el cielo, sintió que otras manos empezaban a recorrer su cuerpo. Eran manos grandes, ásperas, las de Domingo y Matías. Los dos hombres estaban a su lado, arrodillados también, desvistiéndola con una parsimonia que era casi cruel. 


Matías le desabrochó la blusa blanca, botón por botón, dejando al descubierto sus tetas pequeñas. Domingo le bajó la pollera corta de jean, que cayó a sus tobillos, y después la tanga negra, que se deslizó por sus piernas como una serpiente. Rocío quedó desnuda, en cuatro patas, con la cabeza metida entre las piernas de su prima y los dos hombres tocándola por detrás. 


Las manos de Domingo le apretaron las nalgas, las separaron, metieron un dedo en su sexo húmedo y otro en su ano. Las manos de Matías le acariciaron la espalda, le pellizcaron los pezones, le bajaron por el vientre hasta encontrar el clítoris. Rocío gimió contra el sexo de María, y la vibración de ese gemido hizo gemir a María también. 


Domingo abrió las piernas de Rocío, que estaba en cuatro, y se metió debajo de ella. Su miembro enorme, erecto, se posó a centímetros de la entrada de Rocío. Desde esa posición privilegiada, Domingo podía ver cómo la lengua de Rocío jugaba con el clítoris de María, cómo los labios de su prima se abrían y cerraban, cómo la humedad de las dos mujeres se mezclaba en un solo líquido brillante. 


—Miralas —dijo Matías, y su voz era un gruñido—. Mirá cómo se chupan, viejo. 


Domingo no dijo nada. Empujó. Su miembro entró en Rocío de golpe, tan profundo que ella dejó de respirar por un segundo. El gemido que soltó se perdió entre las piernas de María, que la agarró de los pelos con más fuerza y la apretó contra su sexo como si fuera el fin del mundo. 


Matías no se aguantó más. Se puso detrás de Rocío, a la par de su padre, y posó su miembro en el ano de la prima. Sin aviso, sin preparación, empujó. El miembro entró hasta el fondo, y Rocío sintió que se llenaba por completo, por todos los lados, como nunca en su vida. 


"Estoy llena", pensó. "Estoy completamente llena." 


Domingo empujaba desde abajo, su miembro entraba y salía del sexo de Rocío con un ritmo parejo y profundo. Matías empujaba desde atrás, su miembro entraba y salía del ano de Rocío con una violencia que la hacía temblar entera. Los dos hombres se movían en direcciones opuestas: cuando Domingo entraba, Matías salía; cuando Matías entraba, Domingo salía. Y en el medio, Rocío, con la boca pegada al sexo de María, lengüeteando sin parar, era el centro de todo, el eje de esa máquina de carne y placer. 


Matías la nalgueó. Una, dos, tres veces, al ritmo de las envestidas. Las nalgas de Rocío, duras, paraditas, se movían como dos masas de gelatina, y cada nalgada dejaba una marca roja sobre la piel blanca. Domingo le pellizcó los pezones, los retorció, los estiró, y el dolor se mezcló con el placer de una forma que a Rocío le nublaba la vista. 


María, sentada en una silla, ya no podía mover las caderas. Estaba agarrando a Rocío de los pelos con las dos manos, apretándola contra su sexo como si quisiera fundirse con ella. Su respiración era entrecortada, y los gemidos que salían de su boca eran cada vez más agudos, más desesperados. 


—Me vengo —dijo María, y fue un grito—. ¡Me vengo, prima, me vengo! 


Rocío sintió el líquido caliente de María en su lengua, en su cara, en sus manos. El orgasmo de su prima fue largo, ruidoso, convulsivo, y mientras María se venía, los dos hombres también aceleraron el ritmo. Domingo empujaba más fuerte, más hondo, y Matías golpeteaba su ano con una violencia que a Rocío le parecía divina. 


El primer orgasmo de Rocío llegó sin avisar. Fue una explosión blanca que le sacudió el cuerpo entero, que la hizo arquear la espalda y apretar los músculos del sexo alrededor del miembro de Domingo. Gritó, pero el grito se perdió entre las piernas de María, que seguía temblando. 


El segundo orgasmo llegó apenas segundos después, cuando Matías la penetró con una fuerza que la hizo ver estrellas. Fue un orgasmo más corto, pero más intenso, como un latigazo que la dejó sin aire. 


—Ya voy —dijo Domingo, y su voz era un gruñido animal—. Ya voy, ya voy. 


Terminó dentro de ella, con un chorro caliente y espeso que le llenó el interior. Matías terminó apenas un segundo después, dentro de su ano, y la leche de los dos hombres se mezcló dentro de Rocío, caliente, abundante, como un río que la desbordaba. 


Rocío se derrumbó sobre el suelo de tierra. Estaba en cuatro patas, con la cabeza gacha, jadeando. María también se derrumbó en la silla, con las piernas abiertas y la pollera levantada, el sexo brillante, los muslos manchados de su propio líquido y del de Rocío. Domingo y Matías se sentaron en el suelo, con las piernas abiertas, los miembros todavía semiduros, la respiración agitada. 


Los cuatro se quedaron en silencio, enredados en el medio del campo, con el sol de la tarde cayendo lentamente sobre ellos. Las sombras se alargaron, el viento se detuvo, y el mundo, por un momento, dejó de existir.


—Epílogo —


Tres años después, Rocío miraba el campo desde la ventana de la cocina. El sol estaba bajando, tiñendo todo de naranja y violeta, y el olor a asado llegaba desde el patio. Domingo estaba en la parrilla, con un vaso de vino tinto en la mano y una sonrisa que no se borraba. Matías estaba sentado en una silla de madera, con las piernas abiertas y los brazos cruzados, mirando a su sobrino —que también era su hermano— jugar en el suelo con un caballo de madera. 


María entró a la cocina con el celular en la mano. 


—Rocío —dijo, y su voz tenía un dejo de emoción contenida—, llegaron cincuenta mensajes nuevos. Todos preguntando por la guía espiritual del fin de semana. 


Rocío sonrió. Agarró el celular y empezó a leer los mensajes. Había mujeres jóvenes, sobre todo, pero también algunas mayores. Mujeres que se sentían atraídas por el misterio, por la historia de los espíritus, por la posibilidad de conectarse con algo más grande. Mujeres que no sabían que detrás de esa conexión espiritual había un hombre con un distorsionador de voz y un miembro enorme esperando para penetrarlas. 


—Esta semana hay cinco —dijo Rocío, pasándole el celular a María—. Todas piden la guía premium. 


María sonrió. Era la misma sonrisa cómplice que Rocío había visto la primera vez que se besaron. Ahora, tres años después, esa sonrisa era parte de su paisaje cotidiano. 


—Bárbaro —dijo María—. Son cinco mil dólares por cabeza. Más las donaciones de los videos, más las entradas de los turistas... este mes vamos a superar los cincuenta mil. 


Rocío asintió. El dinero ya no era un problema. Hacía mucho que había dejado de serlo. El video que subió aquella tarde se había vuelto viral, y después vinieron otros: entrevistas, documentales, notas en revistas. Rocío se había convertido en una activista de la memoria ancestral, una influencer con más de un millón de seguidores que la seguían a donde fuera. Y detrás de ella, siempre, estaba María. La chamana. La guía espiritual. La que cobraba miles de dólares para conectar a las "descendientes de asesinos" con los espíritus de sus antepasados. 


Lo que esas mujeres no sabían era que el espíritu era Matías. Que el que las penetraba con violencia, haciéndose pasar por un ser de otro mundo, era un muchacho del campo con un distorsionador de voz y demasiado tiempo libre. Lo que no sabían era que María las elegía con cuidado, siempre jóvenes, siempre solas, siempre vulnerables. Y lo que no sabían, sobre todo, era que después de la sesión espiritual, cuando estaban desnudas y llorando y agradecidas, María les pedía una "compensación económica para aplacar la ira de los espíritus". Y las mujeres pagaban. Siempre pagaban. 


—¿Cómo están los nenes? —preguntó Rocío, mirando hacia el patio. 


—Julián está durmiendo la siesta —dijo María—. Tomás está jugando con su padre. 


Julián y Tomás. Los hijos de Rocío y Domingo. Dos varones, de dos años y un año el menor, que eran al mismo tiempo primos y hermanos de María y Matías, porque el padre era el mismo. Rocío los había parido en el pueblo, en la misma cama donde había dormido tantas noches, y Domingo había llorado de emoción cuando los tuvo en brazos. 


Rocío ya no volvió a Buenos Aires. El campo era su casa ahora. Iba al pueblo una vez por semana para ir al gimnasio —no podía descuidar esas nalgas que tanto le gustaban a Domingo— y el resto del tiempo se quedaba en la casa de María, subiendo videos, atendiendo seguidores, criando a sus hijos. Se había vuelto la amante oficial de su tío, aunque Matías también la usaba cuando quería, y María la usaba cuando necesitaba. Todos usaban a todos, y a nadie le importaba. 


"Encontré la paz", pensaba Rocío a veces, cuando miraba el horizonte y sentía el viento en la cara. "Encontré la paz en el lugar más oscuro." 


María y Domingo, mientras tanto, seguían siendo amantes en secreto. El ano de María le pertenecía a su padre, y los dos se encontraban en la madrugada, cuando todos dormían, para hacer el amor de una forma rara y profunda que ninguno de los dos podía explicar. Se amaban de una manera que el mundo no entendería. No les importaba. 


Los cuatro vivían en una burbuja de deseo y manipulación, de mentiras y verdades a medias, de placer y culpa. Pero la culpa se había ido diluyendo con el tiempo, como se diluye un caramelo en la boca, hasta que no quedó nada de ella. Lo que quedó fue la costumbre. La rutina. La felicidad. 


Porque eran felices. Por extraño que pareciera, en medio de todo ese caos, de todas esas mentiras, de todos esos cuerpos enredados en la oscuridad, eran felices. 


Rocío nunca se enteró de la verdad. Nunca supo que el espíritu era Matías, que la voz robótica era un distorsionador comprado en una tienda de electrónica, que María había planeado todo desde el principio, que Domingo y Matías eran cómplices, que los únicos espíritus que habitaban ese bosque eran los de la codicia y el deseo. Nunca supo nada. 


Pero en el fondo, en ese lugar oscuro donde no llegaba la conciencia, algo le susurraba que todo era demasiado perfecto. Que los rituales siempre ocurrían cuando Domingo estaba en la casa. Que María nunca estaba sola en el bosque, aunque dijera que sí. 


El susurro estaba ahí, pero Rocío eligió no escucharlo. 


Y los otros tres, tampoco se sentían culpables. Porque al final, después de todo, la línea entre la víctima y el victimario se había borrado tanto que ya no había línea. Rocío había disfrutado cada segundo. Rocío se había mojado con cada orden. Rocío había suplicado por más. No la habían obligado. La habían guiado, tal vez. Pero no la habían obligado. 


Así que los cuatro siguieron adelante. Las mujeres jóvenes siguieron llegando los fines de semana, pagando miles de dólares para ser penetradas por un "espíritu" que no existía. Las donaciones siguieron llenando las cuentas bancarias. Los hijos de Rocío y Domingo crecieron en el campo, fuertes y sanos, destinados a seguir el legado familiar. 


FIN. 

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