Sexo Prohibido En El Campo — Parte 3
El agua cayó sobre los hombros de Rocío como una caricia tibia. La letrina de ladrillos estaba iluminada apenas por una vela que María había apoyado en el borde del balde, y la luz amarilla bailaba sobre las paredes de cemento dibujando sombras que parecían moverse solas. El vapor subía en espirales lentos, empañando el ambiente y volviendo todo más íntimo, más denso.
Rocío tenía los ojos cerrados mientras el agua le resbalaba por la cara, por el cuello, por los pezones que todavía estaban sensibles de la noche anterior. Su cuerpo era una geografía de sensaciones recientes: las marcas de los dedos en sus caderas, el ardor entre las piernas, el peso de algo que no terminaba de irse. Junto a ella, María se desnudó sin vergüenza y entró al agua tibia que caía de la pava calentada al fuego.
El cuerpo de María era distinto al de Rocío. Más oscuro, más trabajado. La piel tostada por el sol del campo, los hombros anchos de quien está acostumbrada a cargar peso, las tetas pequeñas pero firmes, los pezones color tierra cocida. Su cintura era más ancha que la de Rocío, y sus caderas más pronunciadas, como si estuvieran hechas para parir. El vello púbico, oscuro y abundante, asomaba apenas por encima de la línea del agua, y cuando se movía, los talimanes que todavía llevaba puestos en el cuello sonaban con un tintineo que se mezclaba con el ruido del agua.
—Contame —dijo María, mientras pasaba un trapo mojado por los brazos de Rocío—. Decime todo lo que te dijo.
Rocío abrió los ojos y miró a su prima. Por un momento, las dos jóvenes estuvieron en silencio, una frente a la otra, desnudas, con el vapor envolviéndolas como un manto secreto. Rocío sintió que algo se quebraba dentro de ella, alguna muralla que había construido sin saberlo.
—Dijo que tengo que complacerlos —susurró Rocío, y su voz sonó ronca—. A sus descendientes. Son tres, dijo. Una mujer y dos hombres.
María no se sorprendió. Siguió pasando el trapo por la espalda de Rocío, bajando lentamente, deteniéndose en la curva de los riñones, en la hendidura de sus nalgas.
—Seguramente somos nosotros —dijo María, y su tono era tan natural como si estuviera hablando del clima—. Mi papá, mi hermano y yo. Somos los únicos descendientes de esa tribu en kilómetros a la redonda.
—No me va a costar, con ustedes —dijo Rocío seria.
María levantó la vista. La miró a los ojos. Y en la penumbra de la letrina, con el agua cayendo sobre sus cuerpos y el vapor pegándoseles en la piel. —Si no lo hacés —dijo María, y su voz se volvió grave, casi un susurro— los espíritus te van a perseguir, prima. Te van a perseguir a vos y a toda tu familia. No es joda. Yo conozco a gente que quiso escaparse y terminó encerrada en un psiquiátrico, o peor.
Rocío sintió que el estómago se le encogía. Quería creer que era mentira. Quería creer que todo era una exageración de su prima, un cuento de campo para asustar a las visitas. Pero las manos frías que la habían tocado, la voz robótica, el placer que todavía la tenía temblando... todo eso era real. Demasiado real.
—No sé qué hacer —dijo Rocío, y su voz se quebró—. No sé si puedo. Con ustedes... son mi familia, María. Tu papá, tu hermano...
—No te estamos pidiendo que te cases con nadie —dijo María, y una sonrisa se dibujó en sus labios morenos—. Solo tenés que complacerlos. Una vez. Y listo. Después los espíritus quedan contentos y vos te volvés a Buenos Aires tranquila.
Rocío dudó. Se mordió el labio inferior, ese gesto que tenía desde chica y que nunca pudo sacarse. El agua le corría por el pelo castaño, por las ondas suaves de las puntas, y se le pegaba a la cara como un velo líquido.
"Es mi familia", pensó. "No debería ni estar considerando esto."
Pero lo estaba considerando. Y lo peor era que, en el fondo de su vientre, algo caliente empezaba a moverse. Esa misma humedad que la había acompañado las últimas dos noches. Esa misma necesidad que no sabía nombrar.
María se acercó. Estaban tan cerca que sus tetas casi se tocaban. El agua resbalaba entre los dos cuerpos y se perdía en el piso de cemento. María levantó una mano y le acarició la mejilla a Rocío. Los dedos morenos, ásperos por el trabajo del campo, le rozaron la piel suave y cálida.
—Podés empezar conmigo —dijo María, y su voz era tan baja que Rocío tuvo que esforzarse para escucharla—. Si querés. Como para ir practicando. No tiene que ser nada del otro mundo. Solamente... chúpame una teta.
Rocío abrió los ojos grandes, oscuros, y miró a su prima. Los labios pequeños se le separaron como si quisieran decir algo, pero ninguna palabra salió. En su lugar, sintió que la cabeza le daba vueltas. El vapor, el calor, la voz de María, todo se mezclaba en una masa espesa que le nublaba los pensamientos.
—No sé —atinó a decir, pero su cuerpo ya se estaba moviendo.
María no insistió. Solo se quedó ahí, firme, con las manos colgando a los costados, el pecho erguido, los pezones oscuros apuntando hacia Rocío como dos pequeños imanes. Y Rocío, sin saber muy bien cómo había llegado hasta ahí, inclinó la cabeza y acercó los labios a la teta izquierda de su prima.
El primer contacto fue suave. Apenas un roce de labios sobre la piel morena. Rocío sintió la textura del pezón contra su boca, áspera y suave a la vez, y el olor a jabón barato y a mujer caliente. Cerró los ojos y se dejó llevar. Abrió un poco más la boca y chupó.
María emitió un sonido. No era un gemido, era más bien un suspiro, una exhalación larga que salía del fondo de sus pulmones. Sus manos subieron y se apoyaron en los hombros desnudos de Rocío, no para guiarla, no para empujarla, solo para sostenerse.
Rocío chupó con más fuerza. Pasó la lengua alrededor del pezón, sintió cómo se endurecía contra su paladar, cómo el cuerpo de María se tensaba y se relajaba al mismo tiempo. El sabor era salado, limpio, nuevo. Nunca había chupado una teta que no fuera la suya, y la sensación la sorprendió. No era asqueroso, como había temido. Era íntimo. Era prohibido. Y le gustaba.
—Así —susurró María—. Así está bien.
Rocío siguió un rato más. Cambió de teta, lambió la derecha con la misma dedicación, sintió cómo los dedos de María se le clavaban en los hombros y cómo la respiración de su prima se volvía más rápida, más corta. Cuando por fin levantó la cabeza, los ojos de María estaban cerrados y sus labios entreabiertos.
—Listo —dijo Rocío, y se apartó.
María abrió los ojos. La miró con una intensidad que Rocío no supo leer. Había deseo ahí, sí, pero también algo más. Algo que parecía gratitud o tal vez triunfo.
—Ahora andá a descansar —dijo María, y su voz sonaba distinta, más grave—. Esta noche vas a necesitar energías.
Rocío asintió. Salió de la letrina con el cuerpo todavía mojado, sin secarse, y caminó desnuda hasta la habitación de María. Se tiró en la cama sin vestirse, con la manta de lana apenas cubriéndole la mitad del cuerpo. El cansancio le pesaba en los huesos, pero la cabeza no paraba de dar vueltas.
"Le chupé la teta a mi prima", pensó. "Le chupé la teta y me gustó."
Cerró los ojos, pero el sueño no venía. En cambio, una sensación caliente empezó a crecer entre sus piernas. La misma humedad de las noches anteriores. La misma necesidad que no entendía. Movió los muslos, los apretó, los separó, y el roce de la piel le provocó un escalofrío que le recorrió la espalda.
Sin pensarlo, metió una mano entre sus piernas. Los dedos encontraron la humedad, la calidez, y empezaron a moverse solos. Se masturbó despacio al principio, casi sin convicción, como si estuviera comprobando algo. Después más rápido, más hondo, mordiéndose el labio para no hacer ruido. Pensó en las manos del espíritu, en la voz robótica, en la fuerza brutal con que la habían penetrado contra el tronco. Y también pensó en María. En sus tetas morenas, en sus pezones duros contra su lengua. En el sonido que había hecho cuando ella los chupaba.
El orgasmo le llegó silencioso, un temblor que le sacudió las piernas y le hizo arquear la espalda sobre la cama. Se quedó inmóvil un rato, con la mano todavía entre los muslos, sintiendo cómo los espasmos se iban apagando uno por uno.
"Qué mierda me está pasando", pensó. Y no tuvo respuesta.
Afuera, el sol del mediodía pegaba con fuerza en el patio de tierra. Domingo estaba sentado en su silla de madera, la misma de siempre, con un termo al lado y un mate en la mano. Los ojos claros, casi celestes, miraban el horizonte sin verlo. Estaba esperando.
María salió de la letrina con el pelo mojado y la pollera larga enganchada a la cintura. Se sentó enfrente de su padre, cruzó las piernas, y los talimanes sonaron con un tintineo que a Domingo le pareció más suave que de costumbre.
—Ya está —dijo María, sin preámbulos—. La prima está adentro. Durmiendo.
—¿Y? —preguntó Domingo, cebando otro mate con movimientos parsimoniosos.
—Y que está muy metida. Se comió toda la historia. Me contó lo que le dijo el "espíritu" anoche. Está cagada en las patas.
Domingo sonrió. La sonrisa le arrugó la cara entera y le mostró los dientes amarillentos por el tabaco y el mate.
—¿Hizo algo? —preguntó, y la curiosidad le brillaba en los ojos.
María se inclinó hacia adelante. Bajó la voz hasta convertirla en un susurro.
—Me chupó una teta, viejo. Así, sin que se lo pidiera. Bueno, se lo pedí yo, pero ella lo hizo. Y le gustó. La vi.
Domingo dejó el mate en el aire, a mitad de camino entre el platillo y la boca. Los ojos se le abrieron un poco más, y por un instante, en ese instante, María vio en su padre algo que no había visto nunca. No era deseo exactamente. Era otra cosa. Era como si una idea vieja, guardada en un cajón cerrado con llave, de repente se abriera y saliera a la luz.
—Si tu plan funciona —dijo Domingo, dejando el mate por fin— toda tu familia materna va a estar de rodillas.
María rió. Fue una risa corta, seca, que se perdió en el aire caliente del mediodía.
—No te imaginás —dijo—. Con Rocío enganchada, podemos hacer que nos mande plata desde Buenos Aires. Y si sumamos a algún amigo de ella, algún compañero de laburo, algún conocido con guita... la prima puede ser nuestra llave de entrada a todo.
—¿Y los espíritus? —preguntó Domingo, y en su voz había una carcajada contenida.
—Los espíritus hacen lo que les digo yo —dijo María, y se tocó el pecho con el índice—. Los espíritus soy yo.
Los dos se rieron juntos. La risa fue más larga esta vez, más relajada, como si después de años de esperar por fin estuvieran cosechando algo que habían sembrado sin saberlo.
Cuando la risa se apagó, Domingo la miró de una forma distinta. María conocía esa mirada. Era la misma que tenía cuando miraba a Rocío, la misma que tenía Matías. Era una mirada que recorría, que medía, que calculaba.
—Mirá —dijo Domingo, y su voz se volvió más baja, más íntima—. Si vos querés... si necesitás seguir practicando con alguien... yo también puedo ayudarte.
María levantó una ceja.
—¿Cómo decís?
—Digo que si querés que te chupen las tetas de vuelta —dijo Domingo, y ahora no había risa en su voz, solo un deseo crudo, directo—, yo puedo hacerlo. Si lo necesitás. Para el plan. Para que estés entrenada.
María lo miró fijo. El sol le pegaba en la cara y le hacía entrecerrar los ojos. Sus labios morenos se apretaron en una línea delgada.
"Es mi papá", pensó. "Esto está mal."
Pero la humedad que sentía entre las piernas desde la letrina no se había ido. Al contrario, cuando su padre dijo esas palabras, sintió que se intensificaba. Un calor húmedo que le recorría el vientre y se le instalaba en el sexo como una mano caliente.
—Bueno —dijo María, y su voz apenas fue un susurro—. Con ternura.
Domingo asintió. Se levantó de su silla y caminó hacia donde estaba su hija. Sus pasos eran lentos, pesados, como si cada uno fuera una decisión. María no se movió. Lo dejó acercarse. Sintió el olor a su padre: a humo de asado, a tierra, a viejo. Y también algo más. Algo que no había olido nunca. Deseo.
Domingo se arrodilló frente a ella. Con manos temblorosas —las manos grandes que la habían cargado de chica, que le habían enseñado a atar los cordones, que la habían sujetado cuando aprendió a andar a caballo— le bajó la tela de la pollera hasta la cintura. Las tetas de María quedaron al descubierto: pequeñas, firmes, con los pezones oscuros ya erectos por la anticipación.
Domingo las miró. Las miró como si fuera la primera vez que las viera, aunque las había visto miles de veces en la infancia de su hija, cuando la cambiaba, cuando la bañaba, cuando la vestía. Pero no era lo mismo. Nunca había sido lo mismo.
—Siempre quise mirarlas así —dijo Domingo, y su voz era tan baja que parecía una confesión.
María no respondió. Solo cerró los ojos y dejó que su padre hiciera lo que tenía que hacer.
Las manos grandes de Domingo tocaron sus tetas con una suavidad que la sorprendió. No eran las manos del hombre que trabajaba la tierra, que cortaba leña, que faenaba animales. Eran manos nuevas, manos de amante, que acariciaban la piel morena como si fuera de porcelana. Los dedos recorrieron el contorno de cada teta, dibujaron círculos alrededor de los pezones, y cada vez que rozaban el centro, María sentía una descarga eléctrica que le bajaba hasta el vientre.
Después, la boca. Domingo se inclinó y pasó la lengua por el pezón izquierdo de su hija. Fue un contacto suave, apenas un roce, y sin embargo María sintió que las piernas se le aflojaban. La lengua de su padre era áspera, caliente, y se movía con una lentitud que volvía loca. Lamía alrededor, por los bordes, por los laterales, y después pasaba por el centro, una y otra vez, hasta que el pezón se puso tan duro que parecía una piedrita.
—Así —musitó María, y la palabra le salió entre dientes.
Domingo chupó. Con más fuerza ahora, con una determinación que María no esperaba. La teta entera le entraba en la boca, y su padre la mordía suavemente, apenas apretaba los dientes, y después volvía a chupar, y después volvía a morder. La otra mano, mientras tanto, apretaba la teta derecha, la masajeaba, la retorcía con una delicadeza que era casi cruel.
María sintió que se mojaba. No un poco. Mucho. El líquido caliente le empapó la tanga y comenzó a escurrirle por los muslos. Nunca nadie la había hecho sentir así. Ni los novios del pueblo, ni los encuentros furtivos, ni las veces que se había tocado sola pensando en quién sabe qué. Su padre, con sus manos grandes y su lengua áspera, la estaba volviendo loca.
—Papá —dijo, y la palabra sonó a pecado.
Domingo levantó la vista. Sus ojos claros estaban nublados por el deseo. Tenía la boca húmeda, los labios brillantes.
—¿Querés que pare? —preguntó.
"No", pensó María. "No quiero que pares nunca."
—Seguí —dijo.
Y Domingo siguió. Cambió de teta, le dio el mismo trato a la derecha, la lamió, la chupó, la mordió, la apretó. Las manos de María se clavaron en los hombros de su padre, y sus caderas empezaron a moverse solas, buscando un roce que no llegaba.
Entonces María bajó una mano. Sin pensar. Sin medir las consecuencias. Bajó la mano y buscó la entrepierna de su padre. Sus dedos encontraron la tela gruesa del pantalón de trabajo, y debajo, algo duro, enorme, que parecía no terminar nunca.
Domingo gimió cuando los dedos de su hija lo tocaron. Fue un gemido ronco, animal, que salió del fondo de su garganta y se perdió entre las tetas de María.
—Sacámelo —dijo Domingo, y era una orden más que un pedido.
María obedeció. Con manos temblorosas —las mismas manos que habían acariciado a Rocío en la letrina, las mismas que habían cebado miles de mates— desabrochó el botón del pantalón y bajó el cierre. El miembro de Domingo saltó hacia afuera como un animal encerrado. Era grande. Muy grande. Más de lo que María había imaginado. Grueso, venoso, con la cabeza morada y brillante por la humedad.
—Ay, papá —susurró María, y no pudo evitar mirarlo fascinada.
—¿Te gusta? —preguntó Domingo, y en su voz había un orgullo que a María le pareció ridículo y conmovedor al mismo tiempo.
—Sí —dijo ella, y era verdad.
María envolvió el miembro de su padre con los dedos. La piel era caliente, suave, y se movía bajo su mano como si tuviera vida propia. Comenzó a masturbarlo con movimientos lentos, de arriba abajo, sintiendo cómo la sangre latía bajo la superficie. Domingo cerraba los ojos y apretaba las mandíbulas. Sus manos, mientras tanto, seguían en las tetas de María, apretando, soltando, apretando de nuevo.
—Vos también —dijo Domingo, y metió una mano entre las piernas de su hija.
Los dedos ásperos encontraron la humedad, la abundancia de líquido caliente que empapaba a María por completo. Sin pedir permiso, sin preguntar, Domingo empezó a masturbarla con la misma técnica con la que ella lo estaba haciendo a él. El pulgar le rozaba el clítoris, los dedos entraban y salían de su interior, y todo el tiempo su boca no dejaba de chuparle las tetas.
María sintió que se iba. Que su conciencia se desdibujaba en una mancha de placer que le nublaba la vista y le aflojaba las piernas. Su mano, sobre el miembro de su padre, se movía más rápido, más desesperada. Y la mano de él, entre sus piernas, hacía lo mismo.
—Vamos juntos —dijo Domingo, y su voz era apenas un gemido.
—Juntos —repitió María.
Llegaron al mismo tiempo. El orgasmo de María fue un terremoto que le sacudió el cuerpo entero, que le hizo arquear la espalda y apretar las piernas alrededor de la mano de su padre. El orgasmo de Domingo fue más silencioso, una contracción profunda que hizo que su miembro se tensara y un chorro de líquido espeso saltara por el aire y cayera sobre la pollera de María.
Se quedaron abrazados. Domingo con la cabeza apoyada en el pecho de su hija, María con las manos enredadas en el pelo canoso de su padre. Ninguno de los dos habló. No había palabras para lo que acababan de hacer.
"Estamos locos", pensó María. "Mamá se fue, nos dejó, y nosotros estamos más locos que ella."
Pero la sensación de placer todavía le cosquilleaba en el vientre, y el olor de su padre le llenaba la nariz, y por un momento, solo un momento, se preguntó por qué no lo habían hecho antes.
Rocío despertó sin saber qué hora era. La luz que entraba por la ventana era distinta, más anaranjada, como si el sol estuviera empezando a bajar. Había dormido horas, tal vez todo el día. El cuerpo le pesaba, pero la cabeza estaba más clara, como si el sueño hubiera lavado algo adentro de ella.
Abrió los ojos. La primera imagen que vio fue la de Matías, sentado en una silla al lado de la cama, mirándola fijo.
El grito se le atragantó en la garganta. Se incorporó de golpe, llevándose la manta de lana al pecho, cubriéndose las tetas desnudas. El corazón le latía tan fuerte que podía sentirlo en las sienes.
—¿Qué hacés acá? —preguntó, y su voz sonó más enojada de lo que realmente estaba.
Matías no se movió. Estaba sentado con las piernas abiertas, los brazos apoyados en los muslos, la cabeza ladeada. Vestía la misma remera vieja del día anterior, y los jeans le marcaban la entrepierna de una manera que a Rocío, a pesar del susto, no se le escapó.
—Nada —dijo Matías, y su voz era tan tranquila que parecía falsa—. Solo quería saber si estabas bien. Anoche te fuiste medio hecha pedazos.
Rocío quiso enojarse. Quiso decirle que se fuera, que no tenía derecho a entrar a la pieza sin permiso, que era un maleducado y un entrometido. Pero las palabras no le salían. Porque mientras pensaba en esas cosas, también pensaba en lo que el espíritu le había dicho. "Tenés que complacer sexualmente a mis descendientes." Y Matías era uno de ellos.
"Si me enojo con él, el espíritu se va a enojar conmigo", pensó. "Y si el espíritu se enoja, me persigue para siempre."
La contradicción le retorcía el estómago. Quería mandarlo a la mierda, pero también quería... ¿qué? No sabía qué quería. Pero su cuerpo parecía saberlo, porque otra vez la humedad empezó a crecer entre sus piernas, y sus pezones se endurecieron bajo la manta de lana.
Matías la miró. La miró a los ojos, y después bajó la mirada hacia la manta, hacia el bulto que sus tetas formaban bajo la tela, hacia la línea de su cadera que se marcaba apenas. No dijo nada. Solo esperó.
Rocío tomó una decisión. No fue una decisión racional. Fue más bien una rendición, un dejar de luchar contra algo que ya estaba escrito. Soltó la manta. La manta cayó sobre la cama y dejó su cuerpo al descubierto: las tetas pequeñas con los pezones duros, la cintura estrecha, el vello púbico oscuro, los muslos apretados. Matías no apartó la mirada.
Sin que él se lo pidiera, sin que mediara una palabra, Rocío se inclinó hacia adelante. Sus manos temblaban mientras le bajaba el cierre del pantalón. Matías levantó las caderas para ayudarla, y el pantalón cayó hasta sus tobillos. El calzoncillo quedó a la vista, y debajo, algo que crecía y se movía.
Rocío metió la mano. Los dedos le rozaron el miembro de su primo, todavía dormido, caliente, blando. Lo agarró con una timidez que no era ensayada, lo sacó del calzoncillo, y lo miró. Era grande también, como el de su tío aunque ella no podía saberlo, y tenía la cabeza rosada y suave.
Cerró los ojos y se lo metió en la boca.
El sabor era salado, ligeramente amargo. La piel era suave y caliente, y cuando pasó la lengua por la cabeza, sintió cómo el miembro se movía, cómo empezaba a endurecerse contra su paladar. Lo chupó suavemente al principio, apenas rozándolo, sintiendo cómo crecía entre sus labios. Después con más fuerza, con más determinación, mientras su lengua recorría el largo del fuste y sus dedos masajeaban los testículos con una suavidad que no sabía de dónde había aprendido.
Matías gimió. Un gemido grave, contenido, que se le escapó entre los dientes. Su mano bajó y se enredó en el pelo de Rocío, largo y castaño, con ondas suaves en las puntas. No la empujó, no la obligó. Solo la guió, marcando el ritmo, diciéndole sin palabras cuándo más rápido, cuándo más lento.
Rocío levantó la vista. Lo miró mientras lo chupaba, con los ojos grandes y oscuros abiertos como los de una gata que pide comida. Esa mirada hizo que Matías apretara los dedos en su cuero cabelludo y empujara un poco más, metiéndole el miembro hasta el fondo de la garganta.
La sensación de asfixia fue breve, un segundo de pánico que se convirtió en placer cuando Rocío se dio cuenta de que podía respirar igual, de que su cuerpo sabía hacer esto aunque su cabeza no supiera. Pasó la lengua a lo largo de todo el miembro, desde los testículos hasta la cabeza, y después se lo volvió a tragar entero.
—Así —dijo Matías, y su voz era un gruñido—. Así, prima.
Matías la agarró de los pelos con más fuerza y empezó a mover las caderas. Empujaba hacia adelante cada vez que Rocío se llevaba el miembro a la boca, y el ritmo se volvió frenético, desordenado. La remera vieja se le subió por la espalda, y Rocío podía ver su vientre moreno, la línea de vello que le subía desde el pubis hasta el ombligo.
En un momento, Matías detuvo el movimiento. Sacó el miembro de la boca de Rocío, chorreando saliva, y se lo pasó por la cara. Primero por una mejilla, después por la otra, después por los labios pequeños y rosados. Rocío sintió el calor en la piel, el olor intenso, la humedad. Y cuando él volvió a metérselo en la boca, ella lo recibió con los labios abiertos y la lengua lista.
La eyaculación fue repentina. Un chorro caliente y espeso que le llenó la boca y la garganta antes de que pudiera reaccionar. Rocío tragó por instinto, sin pensar, y después siguió tragando mientras Matías se vaciaba dentro de ella. El sabor era fuerte, salado, y le dejó un regusto que sabía que no iba a olvidar.
Cuando terminó, Matías se echó hacia atrás en la silla. Tenía los ojos cerrados y la respiración agitada. El miembro, todavía semiduro, colgaba entre sus piernas manchado de saliva y de lo que acababa de salir de él.
Rocío se limpió la boca con el dorso de la mano. Lo miró. Y en sus ojos no había deseo ni vergüenza. Había otra cosa. Una frialdad que ella misma no reconoció hasta que escuchó su voz saliendo de sus labios.
—Esto no fue nada especial —dijo, y su sonó extraña, como si no fuera ella quien hablaba—. Solo me lo pidió el espíritu.
Matías abrió los ojos. La miró un momento, y después sonrió. Era una sonrisa lenta, cómplice, que le arrugó los ojos oscuros.
—Como digas, prima —dijo.
Se levantó, se subió el pantalón con una tranquilidad que a Rocío le pareció obscena, y salió de la habitación sin mirar atrás.
Rocío se quedó sola. El sabor de su primo todavía le llenaba la boca, y la humedad entre sus piernas era tan abundante que sintió que las sábanas se le pegaban a los muslos. Se tocó por encima de la manta, apenas un roce, y la sensación fue tan intensa que tuvo que morderse el labio para no gemir.
"Estoy mojada", pensó. "Más mojada que nunca en mi vida. Y me acabo de tomar la leche de mi primo."
La contradicción le retumbaba en el pecho. Había dicho que no era nada especial, pero su cuerpo decía lo contrario. Había actuado con frialdad, pero su sexo ardía como una brasa. "Nunca en mi vida me mojé tanto y tan seguido", pensó, y la constatación la llenó de una vergüenza que se mezclaba con el deseo de una forma que no podía desenredar.
Cerró los ojos. El sabor de Matías todavía estaba en su lengua. Y en el fondo de su cabeza, una pregunta empezaba a formarse, insistente, peligrosa.
"Matías era uno", pensó. "María fue otra. Pero el espíritu dijo que tenía que complacer a tres descendientes."
Abrió los ojos. La luz anaranjada del atardecer entraba por la ventana y pintaba las paredes de madera con un color de fuego.
"El tercero es Domingo", pensó. "Mi tío. El padre de María."
El pensamiento le heló la sangre y le encendió el vientre al mismo tiempo. "¿Tengo que chupársela también a él?"
La pregunta quedó flotando en la habitación vacía, mientras el sol se seguía poniendo y la noche se preparaba para caer otra vez sobre el campo.
Continuara...


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