Chica Joven Sometida — Sexo y obediencia 🖤 — Parte 3
El eco de sus pasos resonaba en el callejón vacío mientras Esther se alejaba, el vestido pegado a su piel sudorosa, las medias rotas rozando sus muslos. Cada paso era un recordatorio de lo que acababa de suceder, una punzada que subía desde su interior y se instalaba en su garganta como una pregunta sin respuesta.
"¿Por qué él?", se preguntó mientras cruzaba la calle, sintiendo la mirada de algún transeúnte nocturno posarse sobre su figura desaliñada. "¿Por qué ese hombre, tan ordinario, tan brutal, logra que me derrita?"
No encontraba explicación. Humberto no era atractivo en el sentido convencional: sus manos ásperas, su rostro marcado por el tiempo y el exceso, su olor a tabaco barato. Pero algo en él la desarmaba. Algo en la forma en que la miraba, en que la tomaba, en que la usaba como si ella fuera un objeto, la hacía sentir más viva que nunca.
Llegó a su casa con las piernas temblorosas. Cerró la puerta tras de sí y apoyó la espalda contra la madera, respirando hondo. El silencio del departamento la envolvió, y en ese silencio, los sonidos del callejón regresaron: el roce de la ropa, los gemidos, la voz de él llamándola "putita".
Se desnudó frente al espejo del baño, sin prisas. Su cuerpo era una geografía de marcas recientes: los dedos de él en sus caderas, el roce de los ladrillos en sus rodillas, el moretón en su nuca donde él la había mordido. Sus senos colgaban ligeramente, firmes y redondos, y sus pezones aún estaban erectos, como si el deseo no quisiera irse. Su vientre plano se contrajo cuando sus manos viajaron hacia abajo, sintiendo la humedad que aún no se secaba.
Abrió la ducha y el agua caliente cayó sobre su espalda. Se lavó con lentitud, casi con devoción, sintiendo cómo el jabón resbalaba por sus curvas, por la hendidura de su espalda, por la redondez de sus nalgas que aún ardían. Sus dedos se demoraron en la entrada de su ano, todavía sensible, y un escalofrío la recorrió.
"Me usó como a un objeto", pensó. "Y me encantó."
Apoyó la frente contra la pared de azulejos y cerró los ojos. Las dudas eran un enjambre en su cabeza. ¿Qué clase de mujer se excitaba con eso? ¿Qué clase de mujer deseaba volver a ser humillada? Pero las preguntas se desvanecían cuando recordaba el peso de él, la forma en que la había tomado sin pedir permiso, la certeza en sus manos.
Salió de la ducha y se envolvió en una toalla. Se miró al espejo otra vez, y esta vez no vio a la estudiante aplicada, a la hija ejemplar. Vio a una mujer que había descubierto un abismo dentro de sí y que, en lugar de huir, quería saltar.
El martes amaneció con un sol pálido y un viento frío. Esther se levantó temprano, aún adolorida, pero con una energía extraña que la impulsaba a moverse. Se puso su ropa habitual: jeans ajustados, una blusa blanca, el cabello recogido en una cola de caballo. Se maquilló con cuidado, tratando de recuperar la imagen de la chica normal que había sido antes de que Humberto apareciera.
Pero cuando abrió la puerta de su edificio, se quedó paralizada.
El auto de Humberto estaba estacionado en la vereda, el motor encendido, el humo del escape elevándose en el aire frío. Él estaba apoyado contra el capó, fumando un cigarrillo, con esa expresión de paciencia depredadora que ya le resultaba familiar.
Esther sintió que el corazón se le aceleraba. Podía dar media vuelta. Podía fingir que no lo veía. Pero sus pies, traidores, la llevaron hacia él.
—Buenos días—, dijo él, soltando el humo con lentitud. —Dormiste bien, ¿nena?
Esther tragó saliva. Su voz sonó débil.
—Buenos días.
Humberto apagó el cigarrillo contra el auto y la miró de arriba abajo. Sus ojos se detuvieron en sus piernas, en sus caderas, en el escote de su blusa. Ella sintió que la desnudaba con la mirada, y su cuerpo respondió con un calor inmediato.
—Hoy no vas a la universidad—, dijo, y no era una sugerencia. —Vas a venir conmigo.
Esther abrió la boca para protestar, pero la palabra se quedó atascada. No quería protestar. Quería saber qué tenía planeado. Quería ver hasta dónde llegaba.
—¿A dónde?—, preguntó, y su voz sonó como un susurro.
—A mi casa—, respondió él, abriendo la puerta del acompañante. —Subí.
Ella obedeció. Claro que obedeció.
El viaje fue corto, pero cada minuto fue una tensión que crecía en su vientre. Humberto conducía en silencio, con una mano en el volante y la otra descansando en su muslo, como si tuviera derecho a tocarla. Esther no se movió. No quería moverse.
Llegaron a una casa modesta, de esas que el tiempo y la falta de cuidado habían vuelto grises. Un jardín descuidado, una puerta de madera despintada, cortinas sucias. Nada que ver con los lugares a los que Esther estaba acostumbrada. Y sin embargo, el corazón le latía con fuerza mientras él abría la puerta.
El interior era igual de descuidado: muebles viejos, ropa tirada, platos sucios en la cocina. Olor a cigarro y a comida rancia. Pero Esther apenas lo notó. Su atención estaba fija en Humberto, que caminaba hacia un armario y sacaba algo.
—Ponéte esto—, dijo, arrojándole un montón de tela.
Esther lo atrapó al vuelo y lo desplegó. Era un traje de mucama, pero no uno cualquiera: el corsé era diminuto, apenas cubría sus senos, y la falda era tan corta que dejaba ver sus nalgas. Delantito blanco con volados, medias de red y un pequeño lazo en el cuello.
—Vestite—, ordenó él.
Esther sintió un rubor que le subía por el cuello. Pero no dudó. Se quitó la blusa y los jeans frente a él, con movimientos lentos, casi provocadores. Sintió la mirada de él recorriendo su cuerpo desnudo, sintió que esa mirada era una caricia y una posesión. Se puso el traje con cuidado, ajustándose el corsé, sintiendo cómo la tela apretaba sus senos y los elevaba.
—Así—, dijo él, aprobando con la cabeza. —Ahora limpiá.
Esther tomó una escoba y comenzó a barrer. Cada movimiento hacía que su falda se levantara, mostrando la liga de las medias, la piel morena de sus muslos, la sombra de su sexo apenas cubierto por un pequeño cachetero. Se agachaba para recoger algo y sentía el frío del aire en sus nalgas. Sabía que él la miraba. Sabía que disfrutaba viéndola así, servil, expuesta.
Limpió la sala, la cocina, el baño. El polvo se acumulaba en sus dedos, el sudor en su frente, pero una excitación creciente la mantenía en movimiento. Nunca en su vida había limpiado así, nunca había sido sirvienta de nadie. Pero la humillación era un placer que no podía explicar. Cada vez que él la miraba, sentía un estremecimiento que bajaba hasta su entrepierna.
—Ahora cocina—, ordenó él cuando ella terminó, y ella obedeció.
Preparó un almuerzo simple: arroz, pollo, una ensalada. Humberto se sentó a la mesa y comió con lentitud, observándola desde el otro lado. Cuando terminó, empujó el plato hacia ella.
—Tu turno.
Esther comió las sobras, sintiendo cómo la humillación se mezclaba con el deseo. Cada bocado era un recordatorio de su lugar: ella servía, él recibía. Y a ella le gustaba.
Luego lavó los platos, secó la mesa, guardó los cubiertos. Cada tarea era un acto de sumisión, un paso más hacia ese lugar oscuro que había descubierto en sí misma.
Cuando terminó, él la llamó.
—Vení.
Esther se acercó al sillón donde él estaba sentado. Él hizo un gesto con la cabeza, señalando el piso frente a él.
—Arrodillate.
Y ella lo hizo. Cayó de rodillas como si hubiera estado esperando esa orden toda la vida. Sus manos descansaron sobre sus muslos, su cabeza gacha. Sintió el peso de la mirada de él sobre ella, y esa mirada era más pesada que cualquier otra cosa.
—Decime—, dijo él, inclinándose hacia adelante, su voz baja y ronca. —¿Por qué crees que la pasas tan bien obedeciendo?
Esther abrió la boca, pero no salió ninguna palabra. No sabía la respuesta. O la sabía, pero no quería decirla.
—No sé—, susurró.
—Claro que sabés—, insistió él. —Es tu naturaleza. La naturaleza femenina. Las mujeres nacieron para obedecer, para servir, para ser tomadas. La sociedad moderna les dice que deben ser libres, pero ¿mirá cómo terminan? Infelices, solas, amargadas. Hay estudios, ¿sabés? Lo comprueban.
Esther levantó la cabeza apenas, sus ojos encontrándose con los de él. Una duda genuina se formó en sus labios.
—¿Cuál es mi deber?—, preguntó, y su voz sonó pequeña, casi infantil.
Humberto alzó una mano y acarició su rostro, con una suavidad que contrastaba con todo lo que había hecho antes. Sus dedos ásperos rozaron su mejilla, su barbilla, sus labios.
—Tu deber es obedecerme—, dijo, y su voz era una caricia y una amenaza. —Porque yo reclamé tu cuerpo en mi auto. Desde esa noche, sos mía. ¿Entendés? Mía.
Esther sintió que su corazón se aceleraba. Una parte de ella quería rebelarse, decir que no era de nadie, que era libre. Pero esa voz era un susurro frente al grito de su cuerpo, que la empujaba a inclinarse hacia él, a buscar más.
—¿Por qué yo?—, preguntó, y en su voz había una fragilidad que no había mostrado antes. —¿Por qué yo y no otras?
Humberto soltó una risa grave, seca, que heló un poco la sangre de ella.
—No sos tan especial, nena—, dijo, y la palabra "especial" sonó como una burla. —No sos la primera a la que le muestro su lugar en el mundo. Y seguramente no serás la última.
El golpe fue duro, más duro de lo que ella esperaba. Pero en lugar de ofenderse, sintió algo extraño: alivio. Alivio de no ser especial, de no tener que cargar con la responsabilidad de ser única. Alivio de ser solo una más, de poder entregarse sin expectativas.
Humberto no dijo más. Se reclinó en el sillón y, con movimientos lentos y deliberados, se bajó el pantalón. Su miembro apareció, semierecto, y Esther sintió que la boca se le secaba.
—Sabés lo que tenés que hacer—, dijo.
Ella se inclinó hacia adelante, el corazón golpeándole el pecho. Su lengua, tímida al principio, tocó la punta del miembro. Sintió el sabor salado, el calor de la piel, y un gemido escapó de sus labios antes de que pudiera contenerlo.
—Buena perrita—, murmuró él, y las palabras fueron una caricia.
Esther se sintió invadida por una ola de calor. Comenzó a chupar con más ganas, su lengua recorriendo el glande, sus labios apretándose alrededor de la cabeza. Dio chupones, sintiendo cómo él se endurecía en su boca. Luego se lo tragó entero, y la sensación de ahogo la hizo toser, pero volvió a intentarlo, una y otra vez, hasta que pudo hacerlo sin dificultad.
Humberto la agarró de los cabellos, guiando su cabeza con firmeza. El dolor en el cuero cabelludo era un placer que se mezclaba con todo lo demás. Ella chupó un testículo, luego el otro, mientras su mano masajeaba lo que quedaba. Sentía que se entregaba por completo, que no había límites.
—Suficiente—, dijo él, y la tiró hacia arriba por el pelo.
Esther gimió cuando él la puso en cuatro patas sobre el sillón, arrancándole el cachetero con violencia. Escuchó el sonido de él escupiendo, sintió el roce de sus dedos en su ano, y entonces la penetración llegó, brutal y directa.
El dolor fue agudo, pero se desvaneció casi de inmediato, reemplazado por una sensación de plenitud que la hizo jadear. Humberto la tomaba sin contemplaciones, sus embestidas profundas y rítmicas, y Esther sentía que su cuerpo se abría para él como si hubiera sido diseñado para eso.
—Sí—, gemía ella, su rostro presionado contra el cojín del sillón. —Sí, así, así, no pares.
Era extraño, ese placer que nacía del dolor, esa sumisión que se volvía libertad. Sintió las manos de él en sus nalgas, apretando, separándolas más. Sintió sus dedos en sus senos, retorciendo sus pezones. Cada movimiento era un recordatorio de que él era el dueño, de que ella solo era su objeto.
El orgasmo la tomó por sorpresa, un grito ahogado en el cojín, su cuerpo convulsionándose alrededor del miembro de él. Pero él no se detuvo. Siguió embistiendo, y cada embestida la acercaba a un segundo pico que no sabía si podría soportar.
—¡Mirá!—, gritó él, y su mano la agarró del cabello, tirando de su cabeza hacia atrás. —¿Para qué naciste?
Esther entreabrió los ojos, sus pupilas dilatadas, su respiración entrecortada.
—Para obedecer—, jadeó, y la palabra fue un beso y una condena.
En ese momento Humberto se tensó, un gruñido animal escapó de su garganta, y la llenó con su calor.
Quedaron así, ella en cuatro patas, él aún dentro de ella, la respiración de ambos llenando el silencio de la casa desordenada. Luego él se retiró, y ella sintió que parte de sí misma se iba con él.
Esa tarde se repitió dos veces más. Humberto la tomó en el sillón, en la cama, contra la pared de la cocina. Cada vez era más bruto, cada vez ella gemía más fuerte, y cada vez el placer era más intenso, como si su cuerpo se hubiera rendido por completo.
Cuando la noche cayó, él la llevó de regreso a su casa. Estacionó frente a su edificio y la miró con esos ojos que ya conocía tan bien.
—Pasame el celular—, dijo.
Ella obedeció, y él guardó su número.
—Estate atenta—, le dijo. —Pronto vas a tener noticias mías.
Esther asintió, una sonrisa tímida en sus labios. Bajó del auto y caminó hacia su puerta, sintiendo su cuerpo adolorido, sus marcas, el calor de él aún dentro de ella.
"Ahora sé para qué sirvo", pensó mientras abría la puerta.
Y esa noche, cuando se miró al espejo, ya no vio a la estudiante normal. Vio a la sumisa, a la perra, a la mujer que había sido tomada y que, en lugar de lamentarse, esperaba la próxima orden.
Continuara...



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