Chica Joven Sometida — Sexo y obediencia 🖤 — Parte 2
El dolor despertó a Esther antes que el sol. Un latido sordo que subía desde la entrepierna hasta la cadera, como un eco de las embestidas de la noche anterior. Abrió los ojos y el techo de su habitación se dibujó borroso. Parpadeó. El recuerdo llegó sin permiso: el auto, la penumbra, las manos de Humberto en sus caderas, el olor a cigarro mezclado con su propio perfume.
Se incorporó de golpe, como si pudiera escapar de sí misma. Las sábanas resbalaron y descubrieron su piel morena, marcada en los costados con pequeños hematomas violáceos. Los dedos de él. Recordó la presión exacta, el modo en que la sostuvo para que no escapara, aunque ella no había intentado moverse. Apretó los muslos y sintió el ardor. Un ardor que no era solo físico.
"¿Qué me hizo?", susurró al vacío.
Pero no era eso lo que la atormentaba. Lo que la atormentaba era la otra sensación, la que crecía mientras el recuerdo se instalaba en su vientre como un animal dormido que despertaba. La imagen de él penetrándola, el sonido de su respiración ronca, la forma en que sus caderas se alzaban para recibirlo. Cerró los ojos y su mano izquierda viajó hasta su pecho, apretando el seno a través del camisón. Sintió el pezón endurecerse.
—Basta—, se dijo en voz alta, pero su voz sonó débil, desprovista de convicción.
Se levantó y caminó al baño con las piernas temblorosas. Frente al espejo se quitó el camisón. Su cuerpo reflejaba la evidencia de lo sucedido: moretones, piel irritada en la cadera, la marca de los dedos de él en su muñeca. Pero también el brillo de sus ojos, el color húmedo de sus labios. Tocó su vientre, plano y firme, descendió hasta el vello púbico y sintió que se humedecía.
Abrió la ducha y el agua caliente golpeó su espalda, relajando los músculos. El vapor llenó el pequeño cuarto y ella se dejó estar, palmas contra la pared de azulejos, cabeza gacha. Pero la imagen de Humberto no se iba. Veía sus manos gruesas abriéndola, su boca en su nuca, el peso de su cuerpo sobre el suyo.
Una mano bajó por su abdomen, lentamente. Sabía que no debía hacerlo, pero el impulso era más fuerte. Sus dedos encontraron el clítoris, hinchado y sensible. Tocó con suavidad y un espasmo recorrió su columna.
"Estás enferma", pensó, pero no detuvo el movimiento.
Apoyó la frente contra la pared, el agua cayendo sobre su espalda, y se masturbó con la furia silenciosa de quien se entrega a un pecado a solas. Sus dedos trazaban círculos cada vez más rápidos, su pelvis se movía contra su propia mano imitando el ritmo de él. Imaginó las embestidas de Humberto, imaginó que sus dedos eran los de él, imaginó que no estaba sola. Los gemidos se escapaban entre sus labios, ahogados por el chorro del agua.
Llegó al orgasmo con un grito apagado. Sus rodillas cedieron y se deslizó por la pared hasta quedar sentada en el suelo de la ducha, jadeando, con el agua golpeándole la cabeza. El placer se retiró como una marea, dejando tras de sí un residuo viscoso de culpa.
—Dios mío—, susurró, y el agua se llevó sus lágrimas.
Permaneció allí hasta que el agua se enfrió. Luego se levantó y se secó con movimientos lentos, casi ceremoniales. Se miró al espejo otra vez, pero esta vez la imagen era distinta: una mujer que había cruzado una línea invisible. Se preguntó si algún día podría regresar.
Se vistió con deliberada sensualidad, como un acto de rebeldía contra su propia conciencia. Un vestido rojo, corto, con escote pronunciado. Tacones altos que hacían sonar su paso sobre el piso de madera. Se pintó los labios de carmín y se alisó el pelo, una melena que le caía hasta la mitad de la espalda.
"Voy a caminar", se dijo. "Solo quiero distraerme".
Pero sabía que mentía. Quería ser mirada. Quería que otros hombres la devoraran con los ojos, quería sentir que era deseada, que el encuentro de la noche anterior no había sido un accidente sino una revelación.
El sol de la tarde la recibió con su luz amarilla. Caminó por las calles del barrio y sintió cómo las miradas se posaban sobre ella. Hombres que giraban la cabeza al pasar, que detenían su paso, que dejaban que sus ojos viajaran desde sus piernas hasta su rostro. A Esther le gustaba. Le gustaba la forma en que la deseaban, la forma en que sus miradas se volvían hambrientas. Y en cada una de esas miradas buscaba la intensidad de Humberto, el modo en que él la había mirado la noche anterior, como si ella fuera un objeto y él su único dueño.
Tomó un café en una esquina y un hombre mayor le regaló una sonrisa cómplice. Ella sostuvo su mirada unos segundos más de lo necesario, sintiendo ese calor en el vientre que ya le resultaba familiar. "¿Qué me pasa?", se preguntó. Pero no quería la respuesta.
El día se fue desvaneciendo, y ella lo pasó en un estado de inquietud constante. Cada vez que un hombre la rozaba al pasar, cada vez que sentía una mirada en su espalda, su cuerpo respondía con la misma humedad, la misma tensión. Se masturbó en el baño de una heladería, con los dedos apretados contra la pared, pensando en él. Se masturbó en el cine, en la oscuridad de la sala, cuando la escena de una película mostró a una mujer siendo tomada por la fuerza. Se masturbó al llegar a su casa, antes de dormir, con la imagen de Humberto clavada en sus párpados.
Tres veces. Tres veces se entregó al recuerdo, y tres veces el orgasmo llegó acompañado de una culpa más profunda, un vacío que no se llenaba.
El lunes llegó como una sentencia. La universidad se presentó como una rutina que ya no le pertenecía. Esther caminó por los pasillos con su mochila al hombro, saludando a compañeros, escuchando las clases como si fuera un robot. Los apuntes en su cuaderno eran garabatos sin sentido. No podía concentrarse. En cada silencio, en cada pausa del profesor, la imagen de Humberto regresaba.
"—¿Esther?—", preguntó un compañero. "—¿Estás bien?"
Ella levantó la cabeza, parpadeó, sonrió con la máscara de siempre.
—Sí, claro. Solo estoy cansada.
Mentira. No era cansancio. Era una ansiedad que le mordía las entrañas, una espera que no sabía definir. ¿Esperaba qué? ¿Que él apareciera? ¿Que sucediera otra vez? "Ojalá no", pensó, pero al mismo tiempo "ojalá sí".
La tarde cayó y con ella la noche. Esther caminó de regreso a su casa, las calles iluminadas por faroles que proyectaban sombras alargadas. La ciudad dormía, y ella caminaba con el corazón en un puño, sintiendo que algo iba a pasar.
A dos cuadras de su casa lo vio.
El auto. El auto de Humberto. Estacionado bajo un farol, como una bestia agazapada.
El corazón se le detuvo. Todo su cuerpo se paralizó. Podía correr hacia otra calle, podía dar la vuelta y fingir que no lo había visto, podía huir. Pero no lo hizo.
"Estoy enferma", pensó, y el pensamiento tenía un filo de verdad.
Caminó hacia el auto. Cada paso era un latido. Cada paso era un sí. Sus tacones sonaban contra el pavimento como un tambor que marcaba su propio destino.
El auto la esperaba.
Cuando llegó al costado, la puerta del conductor se abrió. Humberto se bajó. Su figura se recortó contra la luz del farol: corpulento, tosco, sucio en el borde de lo aceptable. Olía a cigarro y a algo más, a deseo.
No dijo nada. No hubo saludos. Solo su mirada, esa mirada que la desnudaba, que la reclamaba.
—Ven—, dijo, y su voz era un roce de gravilla.
Esther no se quejó. Claro que no. Había estado esperando esto todo el día.
Él la tomó del brazo, con fuerza, pero sin brusquedad, como si supiera que ella ya era suya. La guio hacia el callejón oscuro que se abría enfrente del auto. Un espacio de sombras y olores a humedad, donde la luz no llegaba. Allí, contra la pared de ladrillos, Humberto la detuvo.
Ella dejó que él la girara, que la enfrentara a la pared. Sintió su cuerpo contra su espalda, el calor de su pecho, la dureza de su entrepierna presionando sus nalgas. Su respiración se aceleró.
—Tan bonita andabas hoy, tan provocadora—, murmuró cerca de su oído. —¿Para quién te vestiste, Esther? ¿Para mí?
Ella no respondió, pero su cuerpo sí. Un temblor recorrió sus piernas.
Humberto metió una mano bajo su vestido, rasgando las medias. El sonido del nylon rompiéndose fue un grito en la oscuridad. Esther gimió. Él le arrancó la ropa interior, la dejó al descubierto, y la empujó contra la pared. Sus manos recorrieron su cuerpo con fiereza, apretando sus senos, sus caderas, separando sus nalgas con rudeza.
Ella estaba quieta. Sumisa. Disfrutando el modo en que él la trataba, como si ella fuera un objeto y él no tuviera que pedir permiso.
Sintió la humedad entre sus piernas, sintió que su cuerpo se abría para él. Él escupió en su mano y Esther sintió el roce de sus dedos en su entrada, luego en su ano. Se tensó un instante.
—Relájate—, dijo él, y su voz era una orden.
Ella intentó obedecer, pero el miedo y la excitación se mezclaban. Sintió la cabeza de su pene presionando, la incomodidad inicial, la sensación de ser abierta en un lugar que apenas conocía.
Y entonces él entró.
El dolor fue breve, sofocado por un placer que no pidió permiso para florecer. Humberto la penetró con brutalidad, sus embestidas profundas y rítmicas. El sonido de sus cuerpos chocando llenaba el callejón, y Esther gemía sin control, su frente contra los ladrillos, sus dedos arañando la pared.
—Sí—, gimió, y la palabra escapó como una confesión. —Sí, así, más fuerte.
Él obedeció, sus manos apretando sus nalgas, abriéndolas más. Esther sintió que se deshacía, que el placer era una ola que la arrastraba y la rompía. Sus gemidos se volvieron gritos ahogados, y cuando el orgasmo llegó, fue como una explosión que la dejó sin aliento.
—No pares—, jadeó, y su voz sonó extraña, ajena. —No pares, por favor.
Humberto sonrió, aunque ella no podía verlo. Siguió embistiendo, su ritmo implacable. Esther sintió cómo su cuerpo se adaptaba a él, cómo su ano se acostumbraba a su tamaño, cómo cada embestida la acercaba a un segundo orgasmo. No era solo placer, era algo más. Era la certeza de que había nacido para esto, para ser tratada así, para ser usada y devorada.
—Te gusta, ¿verdad?—, preguntó él, y su voz era un gruñido.
—Sí—, susurró Esther. —Me gusta, me encanta.
Y era verdad. Odiaba la verdad, pero era verdad.
El segundo orgasmo llegó acompañado de un grito largo, mientras Humberto seguía moviéndose dentro de ella, su ritmo cada vez más rápido, más desesperado. Esther sintió que él se tensaba, que su respiración se volvía un jadeo, y entonces él gimió y la llenó.
Un instante de silencio, roto solo por la respiración pesada de ambos.
Él se retiró despacio, casi con cuidado, y ella sintió el vacío como una pérdida. Se giró, tambaleante, y lo vio arreglándose el pantalón, su rostro iluminado apenas por la luz lejana del farol.
No había ternura en su mirada. Solo satisfacción. Solo deseo.
—Pronto te volveré a visitar, putita—, dijo, y la palabra cayó como un beso.
Giró y se fue, caminando hacia su auto con paso seguro, sin mirar atrás.
Esther quedó en el callejón, su vestido rojo subido hasta la cintura, sus medias rotas, su cuerpo tembloroso y sus marcas. Apoyó la espalda contra la pared y cerró los ojos.
"Cuando me volverá a sorprender", pensó, y el pensamiento era un deseo y un miedo, un pecado y una oración.
Se enderezó con lentitud, arregló su ropa como pudo, y caminó hacia la salida del callejón. La noche la envolvía, cómplice.
Sabía que él regresaría. Y sabía que ella estaría esperando.
Continuara...



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