Chica Joven Sometida — Sexo y obediencia 🖤 — Parte 1

 

El agua caliente resbalaba por la espalda de Esther, dibujando caminos sobre su piel que el vapor convertía en ríos de niebla. Cerró los ojos, apoyando la frente contra los azulejos fríos mientras el chorro golpeaba su nuca, el cabello rojo se pegaba a sus hombros como algas de fuego. El viernes por fin había llegado, y con él, la promesa de una noche diferente, lejos de los libros de anatomía y las posturas de yoga que llenaban sus días. 


Salió de la ducha envolviéndose en una toalla que apenas llegaba a cubrir sus muslos. Las gotas de agua se deslizaban por la curva de su cintura, por el arco de sus caderas, mientras caminaba descalza hacia el espejo empañado. Con la palma de la mano limpió un círculo en el vaho. Sus ojos oscuros la miraron desde el otro lado, grandes, curiosos, con esa chispa de algo que ni ella misma terminaba de comprender. 


"No pienses demasiado", se murmuró. "Solo una fiesta. Una noche normal." 


Pero las manos le temblaban ligeramente cuando abrió el cajón donde guardaba la ropa interior. El negro encaje del sostén contrastaba con la palidez de sus dedos. Lo sostuvo unos segundos, sintiendo la textura áspera y delicada al mismo tiempo. La tanga acompañaba al conjunto, una mínima pieza de hilos y encaje que apenas pesaba nada. 


Se vistió frente al espejo, sin prisa, observando cada movimiento. 


El sostén se ajustó a sus senos, levantándolos apenas, marcando el borde del encaje contra su piel. Los dedos recorrieron la cintura estrecha mientras se ponía las medias blancas, largas, que llegaban hasta los muslos, el elástico presionando suavemente contra la carne blanda. El buzo corto marrón cayó sobre su torso, dejando al descubierto un triángulo de vientre plano, el ombligo apenas insinuado. La falda negra subió por sus piernas, por sus caderas, quedándose tan corta que las nalgas redondas y firmes quedaban a un suspiro de ser vistas. 


Su cabello rojo, largo y lacio, lo recogió en dos coletas altas, el flequillo recto cayendo sobre sus cejas. 


"Perfecta", pensó. 


Y en esa palabra hubo algo que no supo nombrar. Una tensión oculta, un deseo que no entendía, una pregunta que no se atrevía a formularse. 


Bajó las escaleras de la casa de sus padres con un paso ligero, las medias largas susurrando contra el mármol frío. 


— Hija, ¿vas a andar así por la calle? 


La voz de su madre la detuvo en el último escalón. Esther giró la cabeza, una sonrisa fácil en los labios. 


— No pasa nada, me voy a tomar un Uber. —Su tono era ligero, casi burbujeante. Se acercó a su madre, le dio un beso en la mejilla. — Te prometo que vuelvo temprano. 


Su madre la miró, los ojos cargados de algo que no era reproche, sino ese saber antiguo que las mujeres transmiten en silencio. 


— No vuelvas sola, hija. 


— No soy una niña, mamá. 


La puerta se cerró tras ella y el aire de la noche acarició sus piernas desnudas. El cielo se teñía de violeta y naranja, los últimos destellos del sol muriendo en el horizonte. Esther sacó el teléfono, abrió la aplicación, y esperó. 


El auto llegó rápido. Un sedán oscuro, algo viejo, pero limpio. Ella se inclinó hacia la ventanilla del acompañante, y cuando el vidrio bajó, se encontró con un hombre de unos cincuenta años, canoso, de rostro ancho, con una seguridad en los ojos que la hizo dudar un segundo. 


— ¿Esther? —preguntó él, la voz grave, midiendo cada sílaba. 


— Sí, soy yo. —Abrió la puerta y se deslizó en el asiento. 


El interior del auto olía a tabaco y a algo más, algo masculino, caliente. Cerró la puerta y se ajustó el cinturón, sintiendo la mirada del hombre sobre ella mientras él se incorporaba al tráfico. No era una mirada cualquiera. Era una mirada que pesaba, que tocaba, que recorría cada centímetro de su cuerpo sin permiso. 


Esther desvió la vista, fingiendo mirar el paisaje por la ventana. 


Pasaron varios minutos en silencio. Ella sentía la tensión en la nuca, la forma en que él la miraba cuando creía que no lo notaba. Sus ojos oscuros se encontraban en el espejo retrovisor, y ella desviaba la mirada rápidamente. 


— ¿Vas a una fiesta? —preguntó él finalmente, rompiendo el silencio. Su voz era pausada, segura. 


— Sí, con mis amigas de la universidad —respondió ella, la voz más suave de lo que pretendía. 


— Lindo viernes para eso. —Él hizo una pausa. — Te queda bien el rojo. El color de tu cabello, digo. 


Esther sintió un cosquilleo en la nuca. Algo entre incomodidad y... algo más. No supo qué. 


— Gracias. 


— ¿Estudias? 


— Medicina. 


— Eso es bueno. ¿Te gusta? 


— Sí, supongo. 


— "Supongo". —Él repitió la palabra con una sonrisa que le dejó ver el hueco de un diente faltante. No era una sonrisa bonita, pero tampoco era fea. Era una sonrisa que decía: yo sé algo que tú no sabes. — Una chica como vos, que se viste así, no debería estar estudiando. Debería estar siendo mirada. 


El tono no era ofensivo. Era... descriptivo. Como si dijera algo obvio, como si hablara del clima. 


Esther no supo qué responder. Sus dedos jugaban con el borde de la falda. 


— ¿Te gusta que te miren? —preguntó él, sin mirarla, con la vista fija en el camino. 


— No sé —respondió ella, y fue sincera. 


— Claro que te gusta. Por eso te vestís así. Por eso te pintás así el pelo. Porque te gusta. 


— ¿Cómo sabe eso? 


— Porque yo sé leer a las mujeres. —Él sonrió nuevamente. — Llevo muchos años en esto. 


El auto se detuvo frente a la dirección que ella le había dado. La fiesta se escuchaba a media cuadra: música, risas, el bullicio de una noche que prometía. Esther se alivió al ver el jardín iluminado, las siluetas moviéndose detrás de las ventanas. 


— Gracias por el viaje —dijo, abriendo la puerta. 


— Disfrutá tu noche, Esther. 


Él dijo su nombre con una lentitud que lo hizo sonar a caricia. Un escalofrío recorrió la columna de la muchacha. 


Salió del auto sin mirar atrás. Pero sintió los ojos de él clavados en su espalda, en la curva de sus caderas, en la forma en que la falda se levantaba apenas con el viento. Antes de entrar, miró por encima del hombro. Él estaba ahí, en el auto, mirándola. No sonreía. Solo la miraba. 


Y en esa mirada, Esther sintió algo que la asustó. 


Algo que la excitó. 


— 


Tres amigas la recibieron en la entrada con abrazos y gritos. 


— ¡Esther, al fin! 


Luz era la primera en abrazarla, su cabello castaño claro cayendo en ondas suaves sobre sus hombros. Tenía los ojos verdes y una sonrisa que iluminaba el jardín. 


— Llegaste perfecto, recién empieza —dijo Valeria, la más audaz del grupo, su melena negra recogida en un moño alto, los ojos color miel brillando con el reflejo de las luces. 


— Y te ves increíble, como siempre. —La tercera era Celeste, la más tranquila, con el cabello rubio platino recogido en una trenza lateral y los ojos grises. — ¿Ese Uber de quién era? Vi que el conductor se quedó mirándote. 


— Un random —respondió Esther, encogiéndose de hombros. — No le di bola. 


Pero las cuatro sabían que no era cierto. Esther sintió cómo las miradas de sus amigas se cruzaban, cómplices, llenas de ese conocimiento silencioso que las mujeres comparten. 


— Bueno, vamos adentro. La noche es joven —dijo Luz, tomándola del brazo. 


Las cuatro entraron a la fiesta. La música era alta, los cuerpos se movían en la penumbra de la sala, luces de colores bailaban sobre las paredes. La casa era grande, con un jardín en la parte trasera donde la gente se agolpaba alrededor de una piscina iluminada. 


Y ellas eran las más lindas del lugar. Cualquier persona que las miraba lo sabía. Las cuatro se movían con esa confianza de la juventud, esa seguridad que solo dan los veinte años y un cuerpo que sabe que es deseado. 


Bailaron juntas, sus cuerpos pegados, las manos enredándose, el movimiento de sus caderas sincronizándose en el ritmo de la música. De vez en cuando, algún chico intentaba acercarse, ponerle una mano en la cintura, invitarlas a bailar. Pero las cuatro sonreían, negaban con la cabeza, y seguían bailando entre ellas. 


— ¿Y esos? —preguntó Valeria, señalando a un grupo de chicos en la esquina. 


— Muy jóvenes —dijo Celeste, riendo. 


— Muy obvios —completó Luz. 


Y Esther, entre ellas, sintió una extraña tristeza. Un vacío que no sabía cómo llenar. Un deseo que no se atrevía a nombrar. 


La noche avanzó. Las copas se llenaron y vaciaron. Las cuatro amigas perdieron la cuenta de cuánto habían bebido. 


Valeria fue la primera en irse. 


— Me voy, chicas. El novio me espera. 


— ¿Ya? —preguntó Luz, con una sonrisa borracha. 


— Llamé un Uber. ¡Nos vemos! 


Valeria se fue con un beso en la mejilla de cada una, su cabello negro brillando bajo la luz de la luna. 


Luz se fue media hora después. 


— Tengo clase temprano mañana —dijo, aunque su voz no era convincente. 


— Mentira —señaló Celeste. 


— Sí, pero igual me voy. Estoy cansada. 


Celeste se fue poco después. 


— Mi mamá me está llamando, dice que vuelva. —Puso los ojos en blanco. — Es una pesada. Pero bueno, no quiero problemas. 


Y así, una a una, las amigas se fueron. La fiesta se vaciaba lentamente. La música seguía sonando, pero los cuerpos eran menos, las risas más espaciadas. 


Esther se quedó sola, sentada en una silla del jardín, el teléfono en la mano. Había tomado demasiado. Su cabeza daba vueltas. No estaba acostumbrada. Ella era más de estudios, de gimnasio, de yoga. No de fiestas. 


"Solo una noche", pensó. "Solo esta noche." 


Abrió la aplicación. Llamó un Uber. 


El auto llegó rápido. Demasiado rápido. 


Esther se levantó, tambaleándose ligeramente, y caminó hacia la calle. La puerta del auto se abrió desde adentro y ella se deslizó en el asiento trasero, dejándose caer contra el cuero frío. 


— Gracias... —murmuró, sin siquiera mirar al conductor. 


— ¿Esther? 


La voz la sobresaltó. Conocía esa voz. 


Alzó la mirada y lo vio en el espejo retrovisor. Era él. El mismo hombre. El del viaje de ida. 


— ¿Usted? —balbuceó. 


— Parece que el destino nos quiere juntos. —Él sonrió, esa sonrisa con el diente faltante. — ¿Dónde la llevo? 


Ella dio su dirección, la voz le temblaba. No quería estar en ese auto. Pero tampoco quería bajarse. Era una contradicción que no podía explicar. 


— ¿Qué pasó con sus amigas? —preguntó él mientras arrancaba. 


— Se fueron —respondió ella, cerrando los ojos. La cabeza le daba vueltas. El alcohol y el cansancio comenzaban a ganarle la batalla. 


— ¿Todas solas? 


— Sí... todas solas. 


— Y usted, ¿por qué se queda sola? 


— No sé. —Esther ya casi no podía hablar. — Quería... dormir. 


Y se durmió. O eso creyó. 


El sueño la envolvió como una niebla pesada. Los sonidos del auto se volvieron lejanos, los baches del camino se convirtieron en un balanceo que la mecía como a un barco. La conciencia se desdibujaba, y en algún momento entre el sueño y la vigilia, sintió que el auto se detenía. 


— ¿Dónde...? —logró murmurar. 


Pero no hubo respuesta. 


Solo el sonido del motor apagándose. 

— ¿Llegamos? —preguntó, la lengua trabada. 


Su cabeza cayó hacia un costado. Vio a través de la ventanilla el horizonte vacío. No había luces de casas. No había casas. Solo el puente a lo lejos, los faroles titilando en la distancia, y la oscuridad alrededor. 


— No estamos... en mi casa —susurró. 


Escuchó la puerta del conductor abrirse y cerrarse. Luego, la puerta trasera. El auto se inclinó por el peso de su cuerpo. 


— ¿Qué... qué hace? —preguntó ella, su voz apenas un hilo. 


Él se inclinó sobre el asiento, su cuerpo llenando el espacio que la rodeaba. Podía sentir su olor, el tabaco, el alcohol, algo más oscuro y caliente. 


— Es tu culpa —dijo él, la voz grave, sin emociones. — Por vestirte como una puta esta noche. 


El miedo la atravesó como un cuchillo. De repente, el alcohol en su sangre no era un sueño, era una trampa. Trató de mover el brazo para abrir la puerta, pero él ya estaba sobre ella. 


— No, por favor... 


Sus dedos se enredaron en la falda negra, en las medias blancas, en su piel. Todo fue rápido y lento al mismo tiempo. La falda se subió por sus muslos. Sus piernas largas patalearon en el aire, los pies calzados con zapatillas deportivas buscando un apoyo que no encontraban. 


— ¿Qué hace? ¡Bájese! 


El no respondió con palabras. Sus manos la agarraron, la giraron, la pusieron boca abajo sobre el asiento. La cara de Esther se estrelló contra el cuero, su nariz presionada, el aliento escapándose en ráfagas cortas y calientes. Sus dedos rasguñaron el asiento. 


— ¡No! —gritó, pero fue un grito ahogado. 


— ¡Cállate! —la voz de él sonó gruesa, apenas contenida. 


Sus manos fueron firmes, precisas, como si hubiera hecho eso mil veces. Le bajó las medias blancas a la fuerza, la tela se arrugó y enredó alrededor de sus tobillos, atándolos, inmovilizándola. 


Esther se retorció. Su cuerpo se movía con desesperación, las caderas buscando escapar, pero él la sujetó con una mano en la cintura, apretando los dedos en la carne blanda. 


— No te muevas —dijo él, la orden dicha en un tono que no admitía réplica. 


El sonido de la tela rasgándose fue violento en el silencio del auto. La tanga negra de encaje se rompió con un chasquido, y los hilos colgaron de una de sus piernas. Él la tiró al piso. 


Y entonces sintió sus dedos. Gruesos, ásperos, hundiéndose en sus nalgas redondas y firmes. Los apretó, los separó. Su carne cedió bajo la presión. Y algo en Esther, algo profundo y enterrado, se agitó. 


Sus manos seguían golpeando el asiento, pero los golpes eran más débiles ahora. Su cuerpo ya no se retorcía con la misma fuerza. Era como si algo dentro de ella hubiera decidido esperar. 


Él la inmovilizó con una mano en la nuca. Su cara contra el cuero. La sensación de ser completamente controlada, de no tener escapatoria, le produjo un hormigueo extraño en el estómago. 


— Esto no está bien... —susurró ella, pero sus labios apenas se movían. 


Oyó el sonido del cierre bajándose. El roce de la tela contra la piel. Y entonces sintió algo caliente y duro presionando en el lugar más íntimo. 


— No... 


La palabra se perdió en un gemido. 


— Espera... no... 


Pero el no esperó. 


La cabeza de su miembro presionó en su ano, un lugar que nadie había tocado antes. La presión era extraña, una sensación que ella no sabía cómo procesar. Abrió la boca para gritar, pero el aire se le escapó en un jadeo. 


Él empujó. La cabeza entró. 


El dolor fue agudo, como una cuchilla que la atravesaba. Su espalda se arqueó, su cuerpo se tensó entero. Los dedos rasguñaron el asiento buscando un punto de apoyo, un lugar donde aferrarse. 


Pero él no esperó. Siguió empujando. 


Su miembro entró entero en un solo movimiento seco y profundo. Esther sintió cómo la llenaba por completo, cómo su cuerpo se abría para algo que jamás había imaginado. Una lágrima rodó por su mejilla. 


— Duele... —susurró. 


Pero él ya estaba moviéndose. 


Las embestidas fueron cortas y profundas. El sonido de la piel contra piel llenó el auto. Sus caderas chocaban contra las nalgas de ella con un ritmo que no pedía permiso, que no esperaba respuesta. 


— Me la pones más dura mientras más lloras —dijo él, la voz ronca y entrecortada. 


Esther lloraba. Las lágrimas caían sobre el asiento de cuero, pequeñas manchas oscuras que se mezclaban con el sudor. Pero algo extraño comenzaba a ocurrir en su interior. 


"Esto es normal", pensó. "Siempre supe que esto iba a pasar." 


No entendía de dónde venía esa idea. No era verdad. Pero en ese momento, con el cuerpo de ese desconocido dentro del suyo, con sus manos sujetándola con tanta fuerza, con el dolor y la humillación mezclándose en su pecho, algo en ella empezaba a ceder. 


"Es normal. Que un desconocido me use. Que alguien me tome sin permiso." 


La idea era absurda. Pero su cuerpo la creía. 


Él la mordió. En la nuca, sintió sus dientes hundiéndose en la carne. En el hombro. Dejó marcas, pequeños círculos de dolor que ardían en su piel. 


Sus manos subieron por debajo del buzo marrón, encontraron sus senos cubiertos por el encaje negro. Los apretaron, los moldearon con una familiaridad que aterraba. Y luego, el encaje se rasgó. El sostén cayó a un lado, dejando sus pechos al descubierto. 


Sus dedos encontraron sus pezones y los pellizcaron. Un gemido salió de su boca. ¿Era de dolor? ¿O de algo más? 


— ¿Te gusta? —preguntó él, su aliento caliente contra su oreja. 


Esther no respondió. No podía. 


Él la agarró del cabello rojo, de las coletas altas que ella había hecho con tanto cuidado. Tiró de ellas hacia atrás, arqueando aún más su espalda. Su cuello quedó expuesto. 


Él lamió su cuello. La mordió. Sus testículos golpeaban su cuerpo con cada embestida, y ella sentía ese golpe, ese impacto, hasta en los huesos. 


Sus labios rozaron su oreja. Susurró algo que ella no entendió. O tal vez no quiso entender. 


Esther cerró los ojos. Sus manos ya no golpeaban el asiento. Se aferraban a él. A sus brazos. A sus hombros. Sus dedos apretaban la tela de su camisa. 


Él la volteó. 


Esther sintió el cambio de posición como un torbellino. De repente estaba boca arriba sobre el asiento, sus piernas largas abiertas, las medias blancas arrugadas en sus tobillos. Él la miró desde arriba, sus ojos oscuros brillando en la penumbra. 


La penetró de nuevo. Esta vez de frente. Por el mismo lugar. 


Sus ojos se encontraron. Pero ella no lo veía a él. Miraba a través de él, a algún lugar en su interior que no sabía que existía. 


Él la besó. Fue un beso violento, sus labios aplastando los de ella, su lengua forzando su entrada. Esther giró la cara, pero él la sujetó por el mentón, obligándola a recibir el beso. 


Su lengua encontró la de ella. Esther mordió su labio, pero no fue una mordida fuerte. Fue un gesto, una resistencia que sabía que era inútil. 


Él siguió moviéndose. Más rápido. Más profundo. Sus pechos rebotaban con cada embestida. Las coletas rojas se deshicieron, el cabello largo y lacio se esparció sobre el asiento como un río de fuego. 


Él bajó su boca a su pecho. Chupó sus pezones. Los mordió. 


Esther arqueó el pecho hacia él. No supo por qué lo hizo. Fue un movimiento instintivo, una ofrenda. Sus dedos se enredaron en su cabello canoso, lo apretaron. 


Él levantó una de sus piernas, la apoyó sobre el respaldo del asiento. La penetró desde otro ángulo. Más hondo. 


Esther jadeó. Su cuerpo se estremeció. 


Y entonces sintió su mano en su garganta. 


Apretó apenas. Esther abrió los ojos con sorpresa. Él la miró, sus dedos presionando suavemente la piel sensible de su cuello. 


Apretó un poco más. 


El aire se volvió un lujo. Una sensación de vértigo la envolvió. Su cuerpo se tensó, las nalgas redondas se contrajeron alrededor de su miembro. Él sintió esa contracción y empujó más fuerte. 


— Así —dijo él, la voz casi un gruñido. — Así me gusta. 


Esther sintió que se ahogaba. Que la vida se escapaba por sus dedos. Y en ese momento, la mano de él desapareció de su garganta. 


Bajó. Sus dedos encontraron su clítoris. 


Los movió rápido, circulares, mientras seguía penetrándola. Su cuerpo reaccionó antes de que ella pudiera pensar. Su cadera se movió sola, buscando más. Buscando ese punto que sus dedos estaban tocando con tanta precisión. 


Sus manos se aferraron a sus hombros, sus uñas marcaron su piel. 


Él levantó las dos piernas de ella sobre sus hombros. Se inclinó sobre ella. Su peso la aplastó contra el asiento. 


La penetró desde arriba. Vertical. Como si quisiera atravesarla. 


Esther sintió que la partían en dos. Abrió la boca. Jadeó. Sus manos recorrieron la espalda de él, bajaron hasta sus nalgas, las apretaron, lo acercaron más. 


— Más... —susurró. 


La palabra salió de sus labios sin permiso. No era ella la que hablaba. Era otra. 


— Más... —repitió, la voz rota. 


Él sonrió. Sintió su sonrisa contra su piel. 


Y entonces, algo en ella explotó. 


Su cuerpo se arqueó como un arco. Los músculos se tensaron, los dedos se clavaron en la espalda de él, un gemido largo y ronco salió de su garganta. 


El orgasmo la atravesó como una ola, sacudiendo cada fibra de su ser. Su espalda se arqueó, sus muslos temblaron, su pelvis se levantó para encontrarse con él. 


— ¡Ah! —gritó. — ¡Oh, Dios! ¡No... no puedo...! 


Y mientras su cuerpo temblaba, él siguió moviéndose. Empujando. Tomándola. 


Esther sintió el placer y el dolor mezclados en un torbellino que la deshacía y la reconstruía al mismo tiempo. 


— ¡No pares! —gritó, las palabras escapándose sin control. — ¡No pares, no pares, no pares! 


Él empujó una, dos, tres veces más. Su ritmo se aceleró, se volvió errático. Su miembro latió dentro de ella. Se contrajo. 


Él terminó en su interior con un gruñido sordo, su cuerpo cayendo sobre el de ella, la respiración ronca. 


Quedó quieto un momento. Pegado a ella. 


La respiración de ambos fue la única música. 


Él se retiró. 


Esther sintió el vacío como una ausencia. Su cuerpo quedó tendido sobre el asiento, desnudo, las medias rotas en sus tobillos, el sostén colgando de un brazo, el flequillo pegado a la frente por el sudor. 


Sus ojos grandes miraban el techo del auto. 


Su cuerpo temblaba en pequeñas sacudidas. 


Él se sentó en el asiento, el cierre del pantalón subido, la respiración aún agitada. Sacó un pañuelo de su bolsillo y se limpió la frente. 


No la miró. 


Le arrojó el buzo marrón sobre el vientre desnudo. 


— Vístete —dijo. 


Esther no se movió. Solo respiró. 


El motor del auto arrancó. El vehículo comenzó a moverse lentamente, alejándose de aquel descampado, de aquel puente, de aquella oscuridad. 


— ¿Entendiste? —preguntó él, la voz fría. — Vístete. 


Ella obedeció. 


Sus manos temblorosas se movieron lentamente. Subió las medias blancas, aunque estaban rotas y no cubrían nada. Se puso el buzo marrón sobre el torso desnudo, el sostén roto desapareciendo en el bolsillo de su chaqueta. La falda negra apenas cubría su sexo. 


Pero no encontró la tanga. Se había perdido en algún lugar del auto. 


Se sentó, su espalda apoyada contra la puerta. Sus piernas largas recogidas, sus brazos rodeándolas. Miraba por la ventanilla el paisaje que pasaba, las luces de la ciudad acercándose. 


¿Qué había pasado? 


¿Qué había hecho? 


¿Qué había sentido? 


El cuerpo aún le temblaba. El lugar donde él había estado ardía, una sensación extraña que no podía nombrar. Sintió el líquido caliente resbalando por sus muslos, y la vergüenza la atravesó como una aguja. 


Pero también... algo más. 


"¿Por qué me gustó?" 


La pregunta era un cuchillo en su pecho. No quería hacérsela. Pero estaba ahí, clavada, imposible de ignorar. 


El auto se detuvo frente a su casa. Las luces de la calle iluminaban el jardín, la puerta de su hogar. Su hogar. El lugar donde su madre la esperaba, donde todo era seguro y normal. 


— ¿No estuvo nada mal, cierto? —preguntó él, la voz neutra, casi amable. 


Esther lo miró. Sus ojos oscuros se encontraron con los de él. Quería decir algo. Quería gritar. Quería preguntarle por qué. Quería odiarlo. 


Pero solo sonrió. 


La sonrisa fue leve, apenas un movimiento de labios. Pero fue suficiente. Fue una respuesta. 


Abrió la puerta. Se bajó con lentitud, sus piernas aún débiles. Caminó hacia la puerta de su casa sin mirar atrás. 


Entró. 


Subió las escaleras a oscuras, sin encender las luces. Llegó a su habitación y cerró la puerta. Se dejó caer sobre la cama, la ropa aún rasgada, el cuerpo aún tembloroso. 


Cerró los ojos. 


Y en la oscuridad de su mente, la imagen de él se repetía. El sonido de su voz. El peso de su cuerpo. El sabor de su boca. 


"¿Por qué me gustó?", se preguntó nuevamente. 


Y mientras el sueño la vencía, supo que esa pregunta no tendría respuesta. O tal vez sí, pero no quería escucharla. 


Algo oscuro se había despertado en su interior. Algo que siempre había estado ahí, esperando. 


Y ahora que lo había sentido, no podía olvidarlo. 


Se durmió con la ropa rasgada, con la piel marcada, con el cuerpo todavía vibrando por el eco que le había provocado su violador.

 


Continuara... 

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