Sexo Prohibido En El Campo — Parte 5

 


La noche cayó sobre el campo como una sábana de terciopelo negro. Rocío sintió el cambio en el aire antes de verlo: la humedad que subía desde la tierra, el olor a pasto recién cortado, el frío que empezaba a meterse por debajo de la ropa. Se había preparado con cuidado, como si fuera a una cita, aunque sabía que lo que la esperaba no era una cita. Era otra cosa. Era un ritual. Era una condena. Era lo único que la hacía sentir viva en las últimas semanas. 


Se puso una pollera corta, negra, de tela tan fina que parecía líquida. La pollera le llegaba apenas a la mitad de los muslos, y cuando caminaba, dejaba ver la curva inferior de sus nalgas, esas nalgas paraditas que el gimnasio de Buenos Aires había esculpido con paciencia. Arriba, una blusa roja, sin mangas, con un escote que llegaba hasta el inicio de sus tetas pequeñas. No usó corpiño. Quería sentir la tela rozándole los pezones, quería que se marcaran con el frío, quería que los espíritus —o lo que fueran— la vieran así: vulnerable, expuesta, lista. 


El pelo castaño, largo, con ondas suaves en las puntas, lo dejó suelto. Le caía sobre los hombros y la espalda como un manto líquido, y cada vez que se movía, el pelo se movía con ella, como si fuera parte de su cuerpo. Los ojos oscuros, grandes, miraban el sendero que se abría detrás de la casa con una mezcla de miedo y ansiedad. Los labios pequeños, pintados de un rojo oscuro que combinaba con la blusa, se apretaban cada tanto, mordiéndose, liberándose, mordiéndose de nuevo. 


María la esperaba en la puerta. También se había preparado. Usaba una pollera larga, pero diferente a las que usaba siempre. Esta era más liviana, más transparente, y la luz de la luna se filtraba a través de la tela y dibujaba la silueta de su cuerpo moreno. Arriba, solo un corpiño de cuentas y plumas, que le dejaba los hombros y el vientre al descubierto. Los aros de plumas colgaban a los costados de su cara, y los talinanes de semillas y piedras le sonaban con cada paso, como un anticipo del ritual. 


—Vamos —dijo María, y su voz era firme, como la de una guía espiritual que lleva a su discípula hacia el sacrificio. 


Caminaron juntas hacia el bosque. La linterna de María dibujaba un cono de luz amarilla sobre el camino de tierra, y las sombras de los árboles se estiraban como dedos que querían atraparlas. El silencio era absoluto, roto solo por el crujir de las hojas secas bajo sus pies y el tintineo de los talimanes de María. 


Cuando llegaron al claro, todo estaba igual que las noches anteriores. La fogata esperaba, con la leña ya acomodada en círculo, como si alguien la hubiera preparado antes. María la prendió con un fósforo, y las llamas crecieron rápidamente, iluminando el círculo de árboles alrededor. El sendero oscuro se abría al fondo, negro como la boca de un animal hambriento. 


María sacó la botella de vodka de la mochila. Era la misma marca barata, el mismo líquido transparente que brillaba a la luz del fuego. Tomó un trago largo y se la pasó a Rocío. 


—Tomá —dijo—. Te va a hacer falta. 


Rocío bebió. El alcohol le quemó la garganta y le llenó el estómago de calor. Bebió otro trago, y otro más. Quería emborracharse. Quería que la cabeza le diera vueltas. Quería que el miedo se disolviera en el alcohol como el azúcar en el café. 


Bebieron en silencio. Las horas pasaron lentas, pegajosas, como miel que se resiste a caer. La luna subió en el cielo, y las estrellas se fueron apagando una por una, como velas que se consumen. El fuego crepitaba y lanzaba chispas hacia arriba, y el humo subía en espirales grises que se perdían entre las ramas de los árboles. 


Cuando la medianoche llegó, Rocío sintió que algo cambiaba. No era el alcohol. Era otra cosa. Era una tensión en el aire, una electricidad que le recorría la piel y le erizaba los vellos de los brazos. 


—Es hora —dijo María, y se puso de pie. 


Rocío también se puso de pie. Las piernas le temblaban, pero no del frío. Dio los primeros pasos hacia el sendero, y sintió cómo la oscuridad la tragaba entera. El bosque se cerró detrás de ella, y la luz de la fogata se fue apagando hasta convertirse en un punto anaranjado que después desapareció del todo. 


Caminó unos minutos. El sendero se hizo más angosto, más oscuro. Las ramas de los árboles le rozaban los hombros, la cara, el pelo. El olor a tierra mojada y hongos le llenaba la nariz, y la humedad entre sus piernas empezaba a crecer, como una flor que se abre sin permiso. 


—Detente —dijo la voz. 


La voz robótica, metálica, sonó detrás de ella, tan cerca que sintió el aliento frío en la nuca. Rocío se quedó inmóvil. El corazón le latía tan fuerte que podía sentirlo en las sienes, en el cuello, en el hueco de las rodillas. 


—Desnúdate —dijo la voz—. Lentamente. 


Rocío tragó saliva. Las manos le temblaban mientras subían a la blusa roja. Los dedos encontraron el borde de la tela y la subieron, centímetro a centímetro, dejando al descubierto su vientre liso y plano, sus costillas marcadas, la línea de su columna vertebral. La blusa pasó por encima de su cabeza y cayó al suelo de hojas secas. Sus tetas pequeñas quedaron al descubierto, con los pezones ya duros por el frío y la excitación, rosados como dos pequeños botones. 


Bajó las manos a la pollera negra. Los dedos se engancharon en el elástico y tiraron hacia abajo, con la misma lentitud deliberada. La tela se deslizó por sus caderas, por sus nalgas, por sus muslos, y se amontonó en sus tobillos. Rocío se sacó la pollera de las piernas de una patada suave, y quedó solo con la tanga negra, la única prenda que la separaba de estar completamente desnuda. 


Dudó un segundo. La voz no dijo nada. Esperó. 


Rocío metió los pulgares por debajo del elástico de la tanga y la bajó. La tela negra se deslizó por el vello púbico oscuro, por la humedad que ya empezaba a brillar entre sus piernas, y cayó al suelo. Rocío quedó desnuda, completamente desnuda, en el medio del sendero oscuro. El aire frío le rozaba la piel, los pezones, el sexo expuesto. Y esa sensación de vulnerabilidad, esa exposición total, la excitaba más de lo que estaba dispuesta a admitir. 


"Me gusta", pensó, y la vergüenza se mezcló con el deseo como dos ríos que se encuentran y no pueden separarse. "Me gusta que me vean así. Me gusta que me obliguen." 


La voz robótica no dijo nada. En lugar de palabras, sintió una tela negra que le cubría los ojos, atada firme detrás de la cabeza. La oscuridad se hizo total, absoluta. Después, otra tela, más áspera, le ató las manos a la espalda, apretando las muñecas hasta que la circulación casi se cortaba. 


Rocío no se resistió. Había aprendido a obedecer. 


—De rodillas —dijo la voz. 


Rocío se arrodilló sobre las hojas secas. Sintió la tierra húmeda bajo sus rodillas, las ramitas que se clavaban en la piel. Abrió la boca sin que nadie se lo pidiera, con la lengua afuera, como una ofrenda. 


El miembro llegó antes de que pudiera prepararse. Entró en su boca de golpe, tan profundo que la cabeza le rozó la garganta y el reflejo de vomitar la hizo toser. Las lágrimas le brotaron debajo de la venda, pero no se apartó. No podía. Tenía las manos atadas y los ojos vendados, y ese miembro enorme llenaba su boca como si fuera lo único que existiera. 


El espíritu era violento. No había otra palabra. Empujaba su miembro hasta el fondo de su garganta, la sacaba casi por completo, y la volvía a meter con la misma fuerza brutal. Rocío sentía que se ahogaba, que los pulmones le ardían por falta de aire, pero en medio de esa asfixia, en medio de ese vértigo, algo caliente se encendía en su vientre. Una humedad que ya no podía controlar, que le escurría por los muslos y mojaba las hojas secas bajo sus rodillas. 


"Me gusta", pensó otra vez, y esta vez no sintió vergüenza. "Me gusta que me traten así." 


Intentó mover la lengua, lamiendo el fuste mientras entraba y salía, recorriendo los bordes, los pliegues, la cabeza. Quería complacerlo, quería que ese miembro se sintiera bien adentro de su boca, quería ser buena, quería ser la putita que el espíritu quería que fuera. Pero la violencia de las embestidas no le permitía hacer mucho más que abrir la boca y recibir. 


El espíritu se detuvo. Sacó el miembro de su boca, chorreando saliva, y Rocío sintió que el aire fresco le llenaba los pulmones. Tosió, respiró hondo, tosió de nuevo. 


El espíritu se puso detrás de ella. Rocío sintió el calor de su cuerpo, la respiración agitada, las manos frías que le apretaban las nalgas y las separaban. Algo duro, grande, caliente, se posó en la entrada de su ano, y antes de que pudiera pensar, empujó. 


El grito que salió de Rocío fue un aullido. No de dolor, o no solo de dolor. Era sorpresa, placer, miedo, todo mezclado en un sonido que se perdió entre los árboles. La sensación era extraña, completamente nueva. No se parecía a nada que hubiera sentido antes. Era más intensa, más profunda, como si el espíritu estuviera tocando un lugar de su cuerpo que ella misma no sabía que existía. 


—¡Despacio! —gritó Rocío, pero el espíritu no la escuchó. 


Las envestidas eran salvajes, brutales. El miembro entraba y salía de su ano con una fuerza que la hacía temblar entera. Las manos frías le apretaban las tetas, las retorcían, los dedos le pellizcaban los pezones hasta que le dolía. Una de esas manos bajó a sus nalgas y las apretó, las duras nalgas paraditas que el gimnasio había formado, y las separó todavía más para que el miembro entrara más hondo. 


—¡Así! —gritó Rocío, y no sabía si estaba pidiendo que parara o que siguiera—. ¡Así, así, así! 


El orgasmo llegó sin avisar. No necesitó que nadie la tocara, no necesitó estimular su clítoris ni sus tetas. El simple acto de ese miembro enorme entrando y saliendo de su ano, la violencia de las embestidas, la sensación de estar completamente a merced de ese espíritu, todo eso la empujó a un orgasmo tan intenso que perdió el conocimiento por un segundo. Cuando volvió en sí, estaba temblando en el suelo, con las piernas abiertas y las nalgas en alto, y el espíritu seguía ahí, todavía duro, todavía listo. 


—No he terminado —dijo la voz. 


El espíritu la levantó del suelo como si fuera una muñeca de trapo. La llevó hasta un árbol grande, de tronco áspero, y la apretó contra la corteza. Después, ató sus manos a la espalda alrededor del tronco, y luego ató sus tobillos, abriéndole las piernas hacia los costados. Rocío quedó expuesta de una manera que nunca había estado: el pecho pegado al árbol, las nalgas hacia afuera, el sexo y el ano completamente abiertos a la noche y al espíritu. 


La sensación de humedad entre sus piernas era tan intensa que podía sentir cómo el líquido le escurría por los muslos y goteaba en el suelo. Su propia excitación la avergonzaba y la enorgullecía al mismo tiempo. 


—¿Te gusta que te traten así, putita? —preguntó la voz, y había una risa contenida en esas palabras robóticas. 


—Sí —dijo Rocío, y no había duda en su voz—. Sí, me encanta. 


El espíritu la penetró en el ano otra vez, de golpe, sin aviso. Rocío gritó, y el grito se mezcló con el crujir de las hojas y el silencio del bosque. El miembro entró completo, hasta el fondo, y después salió, y después volvió a entrar. Cada embestida era un mundo, cada embestida la llevaba un poco más lejos de sí misma. 


—¡Más fuerte! —gritó Rocío, y las palabras le salían entre jadeos, entre gemidos, entre espasmos—. ¡Más fuerte, más hondo, más! 


El espíritu obedeció. La agarró de las caderas y clavó su miembro en ella con una fuerza que la hizo ver estrellas. Rocío sentía que se iba, que su conciencia se desdibujaba en una mancha blanca de placer, que su cuerpo ya no era suyo sino del espíritu, que la estaba usando como un juguete, que la estaba rompiendo y volviendo a armar a cada segundo. 


—¡Me voy a venir! —gritó Rocío, y su voz era un alarido que se escuchó en todo el bosque—. ¡Me vengo, me vengo, me vengo! 


El segundo orgasmo fue más largo que el primero. Duró lo que parecieron minutos enteros, un temblor interminable que le sacudía las piernas y la espalda y la cabeza. Cuando por fin terminó, colgó de las ataduras como un trapo mojado, sin fuerzas, sin aire, sin nada. 


Pero el espíritu no había terminado. La volvió a penetrar, y después otra vez, y después otra vez. El miembro entraba y salía de su ano con un ritmo implacable, y Rocío, que ya no podía más, seguía gimiendo, seguía jadeando, seguía pidiendo más. 


Cuatro veces la penetraron esa noche. Siete orgasmos. Un récord que ella misma no podía creer. Cuando el sol empezó a asomar por el horizonte, tiñendo el cielo de un rosa pálido, Rocío sintió que el espíritu se apartaba de ella. Las ataduras de las manos y los tobillos se aflojaron, y cayó al suelo de rodillas, desnuda, temblando, con el líquido caliente escurriéndole por los muslos y el culo ardiendo como una brasa. 


—Sigue complaciendo a mis descendientes —dijo la voz, y esta vez sonaba cansada, como si el distorsionador se estuviera quedando sin batería—. Por cinco años. Pero además, tienes que hacer que nuestra historia sea conocida. Que no nos olviden. 


Rocío asintió, aunque no podía ver a quién le estaba asintiendo. El espíritu se fue. Los pasos se perdieron en la distancia. Y ella quedó sola, desnuda, en el medio del sendero, con el sol subiendo lentamente y pintando todo de dorado. 


—Cinco años —susurró Rocío, y la palabra sonó a condena y a promesa al mismo tiempo. 


— 


Mientras Rocío vivía su propia noche de placer y violencia en la profundidad del sendero, la fogata del claro seguía ardiendo. Las llamas habían bajado, convertidas en brasas anaranjadas que lanzaban un calor suave y constante. El humo subía en espirales perezosos, y el olor a leña quemada llenaba el aire. 


Domingo llegó caminando despacio, sin hacer ruido. Sus pies descalzos pisaban las hojas secas con una parsimonia que parecía ensayada. Vestía el mismo pantalón de dormir de algodón viejo, y el torso desnudo, velludo, brillaba con el sudor de la noche. Los ojos claros, casi celestes, miraban a su hija con una intensidad que no era nueva, pero que esa noche se sentía diferente. 


María estaba sentada junto a la fogata, con las piernas cruzadas y la pollera larga transparente apenas cubriéndole el cuerpo. Los aros de plumas colgaban inmóviles, y los talismanes de semillas y piedras descansaban sobre su pecho, subiendo y bajando con cada respiración. 


—Hola, hija —dijo Domingo, y su voz sonó ronca, gastada. 


—Hola, papi —respondió María, sin levantarse—. ¿No te aguantaste? 


Domingo sonrió. Era una sonrisa cansada, pero también cómplice. Se acercó a la fogata y se arrodilló frente a su hija. La luz de las brasas le iluminaba la cara desde abajo, dibujándole sombras que lo hacían parecer más viejo y más joven al mismo tiempo. 


—Hace cinco días —dijo Domingo, y su voz era apenas un susurro— que vengo con ganas de que pase algo más. Algo más que una chupada de tetas. 


—Yo también —dijo María, y cuando las palabras salieron de su boca, sintió que un peso enorme se le caía de los hombros. 


No hacía falta decir más. Los dos sabían lo que iba a pasar. Lo habían sabido desde aquella tarde, desde que las manos de Domingo habían tocado las tetas de María y las de María habían tocado el miembro de Domingo. Algo se había abierto entre ellos, algo que no podían cerrar, algo que no querían cerrar. 


Domingo se acercó más. Sus manos grandes subieron a los hombros de María y le deslizaron los tirantes del corpiño de cuentas. El corpiño cayó hacia adelante, dejando al descubierto las tetas morenas de María, los pezones oscuros ya erectos. Domingo las miró un momento, como si fuera la primera vez, y después bajó la mirada al resto del cuerpo de su hija. 


—Sácate la pollera —dijo, y no era una orden. Era una invitación. 


María se levantó. Con movimientos lentos, casi ceremoniales, se desprendió de la pollera transparente y la dejó caer al suelo. Quedó completamente desnuda frente a su padre: la piel tostada, las caderas anchas, el vello púbico oscuro y abundante, las piernas fuertes de la mujer que había trabajado la tierra desde niña. No sintió vergüenza. Con Domingo, ya no sentía vergüenza de nada. 


Domingo también se desnudó. El pantalón de dormir cayó a sus pies, y su miembro apareció, enorme, semierecto, esperando. María lo miró y sintió que la humedad se le acumulaba entre las piernas. Sabía lo que iba a pasar, pero no sabía cómo. 


Domingo se acercó a ella. Sus cuerpos se rozaron: el vello del pecho de él contra las tetas de ella, el vientre abultado contra el vientre plano, los muslos gruesos contra los muslos fuertes. Domingo la besó en la boca. Fue un beso largo, profundo, con lengua, un beso de amantes, no de padre e hija. María se dejó besar, y mientras lo hacía, sintió que el mundo se reducía a ese beso, a ese momento, a esa fogata que ardía a sus espaldas. 


Domingo separó los labios y la miró. 


—Quiero que sea especial —dijo María, y su voz era un susurro—. No quiero que me lo hagas como a Rocío. Quiero algo especial. 


Domingo la miró un momento. Sus ojos claros brillaron con una luz que María no sabía leer. 


—A Rocío —dijo Domingo, y las palabras salieron despacio— no se la metí por el culo. 


María se quedó en silencio. El significado de esas palabras le cayó encima como un balde de agua fría y caliente al mismo tiempo. Su padre no había penetrado a Rocío por el ano. Había usado otro orificio. Pero ahora, con ella, estaba proponiendo... 


"Nunca lo hice por ahí", pensó María. "Nunca confié lo suficiente en nadie." 


Pero miró a Domingo, a su padre, al hombre que la había cuidado desde que nació, al hombre que la había visto crecer, al hombre que la había sostenido cuando su mamá se fue. Y si no podía confiar en él, ¿en quién podía confiar? 


—Me encantaría —dijo María, y la voz le tembló apenas— que fueras el primero. 


Domingo asintió. No dijo nada. Solo la tomó de la mano y la guio hasta un tronco caído al borde del claro. María se puso en cuatro, apoyando las manos en la corteza rugosa del tronco, con las nalgas en alto y la espalda arqueada. La posición la hacía sentir vulnerable, expuesta, pero también deseada. 


Domingo se arrodilló detrás de ella. Sus manos grandes le acariciaron las nalgas, las separaron, y María sintió el aire frío en su ano. Después, algo caliente y húmedo: la lengua de su padre, que pasaba una y otra vez sobre ese orificio cerrado, humedeciéndolo, preparándolo. 


—Despacio —dijo María, y la palabra le salió entre dientes—. Papi, despacio o me vas a romper. 


Domingo levantó la cabeza. Le acarició las nalgas con una suavidad que contrastaba con la rudeza de sus manos. 


—Siempre te voy a cuidar —dijo, y su voz era tan tierna que a María se le llenaron los ojos de lágrimas. 


Domingo se enderezó. María sintió la cabeza de su miembro en la entrada de su ano, caliente, enorme, amenazante. Empujó. Apenas un centímetro, y María sintió que el dolor la atravesaba como un cuchillo. Se mordió el labio, apretó los dientes, pero no se quejó. 


—Escupí —dijo, y su voz era un hilo de aire—. Escupí mucho. 


Domingo escupió sobre su propio miembro, sobre el ano de María, una y otra vez. La saliva resbalaba por la piel y lubricaba el camino. Empujó de nuevo. Esta vez entró un poco más, la cabeza entera, y María sintió que se abría, que se estiraba, que su cuerpo se adaptaba a algo que parecía imposible. 


El dolor era intenso, pero no era un dolor malo. Era un dolor que la desafiaba, que le decía que su cuerpo podía más de lo que ella creía. Y en medio de ese dolor, empezaba a asomar algo caliente, algo que no sabía nombrar. 


Domingo empezó a moverse. Adelante y atrás, adelante y atrás, con movimientos cortos, suaves, que ayudaban a lubricar. El miembro entraba un poco más cada vez, y María sintió cómo su cuerpo se iba acostumbrando, cómo el dolor se transformaba lentamente en placer. 


—Así —dijo María, y su voz ya no era un hilo de aire, era un gemido—. Así, papi, así. 


Domingo siguió moviéndose. Sus manos recorrieron el cuerpo de María: le apretaron las tetas, le acariciaron el pelo moreno, le rozaron la espalda. Sus dedos encontraron el clítoris de María y lo estimularon mientras seguía moviendo las caderas. 


—Te quiero —dijo Domingo, y la palabra salió de algún lugar profundo—. Te quiero, hija. 


María sintió que las lágrimas le caían por las mejillas. No era tristeza. Era emoción. Era la sensación de estar completamente entregada, completamente confiada, completamente amada. 


Domingo empezó a ser un poco más brusco. Los movimientos se hicieron más largos, más profundos. El miembro entraba y salía, y cada vez que entraba, María sentía que llegaba a un lugar adentro suyo que nunca había sido tocado. Los testículos de Domingo empezaron a chocar contra el cuerpo de María, y ese sonido húmedo y rítmico se mezcló con los gemidos de ella y la respiración agitada de él. 


—Me voy a venir —dijo María, y su voz era un grito contenido—. Papi, me voy a venir. 


—Venite —dijo Domingo—. Venite conmigo. 


El orgasmo de María fue un terremoto. Su cuerpo se tensó entero, las paredes de su ano se contrajeron alrededor del miembro de Domingo, y un grito largo y agudo se escapó de su garganta y se perdió entre los árboles. Domingo sintió esa contracción, ese calor, ese apretar, y terminó también, llenando a su hija con su leche caliente y espesa. 


Se quedaron un momento inmóviles, él dentro de ella, ella apoyada en el tronco. La respiración de los dos se fue calmando, y el silencio volvió al claro, roto solo por el crepitar de las brasas. 


Domingo se apartó. Se sentó en el suelo, con la espalda apoyada en un árbol, y María se acostó a su lado, apoyando la cabeza en su pecho velludo. Los dos miraron el cielo, que empezaba a clarear. 


—Nunca imaginé que se podía sentir así —dijo María, y su voz era apenas un susurro. 


—Yo tampoco —dijo Domingo, y la apretó un poco más fuerte. 


Se quedaron así, abrazados, mientras el sol subía lentamente y el bosque despertaba a su alrededor. Los pájaros empezaron a cantar, y el rocío de la mañana mojaba sus cuerpos desnudos. No hablaron más. No hacía falta. 


Cuando el sol ya estaba alto, Domingo se incorporó. Miró hacia el sendero, hacia donde sabía que Rocío seguía en el bosque, y después miró a María. 


—Me tengo que ir —dijo—. No quiero que me vea acá. 


María asintió. No preguntó por qué. Lo sabía. La mentira de los espíritus tenía que seguir intacta, y si Rocío veía a Domingo en el claro, si Rocío sospechaba que el "espíritu" era Matías o que María y su padre estaban haciendo lo que estaban haciendo, todo se derrumbaría como un castillo de naipes. 


—Andá —dijo María—. Yo me quedo. 


Domingo se vistió rápido. Antes de irse, se inclinó y la besó en la frente. Fue un beso suave, casi paternal, pero cargado de algo que no era paternal. 


—Hasta luego, hija —dijo. 


—Hasta luego, papi —respondió María. 


Domingo se perdió entre los árboles, y María se quedó sola junto a la fogata apagada. A su alrededor, el bosque estaba despierto, verde, brillante. El sol le calentaba la piel desnuda, y el viento le movía el pelo. 


— 


Rocío llegó al claro cuando el sol ya estaba alto. Caminaba desnuda, con las piernas temblorosas y el cuerpo cubierto de moretones y marcas de dedos. El pelo castaño le caía enmarañado sobre los hombros, y los ojos oscuros, grandes, miraban el claro con una mezcla de agotamiento y algo que parecía paz. 


María seguía sentada junto a la fogata apagada. También estaba desnuda. Su piel morena brillaba con el rocío de la mañana, y los aros de plumas colgaban a los costados de su cara. Los talismanes de semillas y piedras estaban en el suelo, a su lado, como si ella misma se los hubiera sacado. 


Rocío se detuvo frente a su prima. Las dos mujeres se miraron en silencio. Rocío notó que María tenía las mejillas húmedas, como si hubiera llorado, y las marcas de dedos en las caderas. También notó la forma en que María estaba sentada, con las piernas apenas separadas, con una incomodidad que ella misma conocía bien. 


—¿Qué te pasó, prima? —preguntó Rocío, y su voz sonó ronca, gastada. 


María sonrió. Fue una sonrisa lenta, cómplice, que le arrugó los ojos oscuros. 


—Los espíritus —dijo María, y su voz era tan natural como si estuviera hablando del clima— también me pidieron algo. 


Rocío abrió los ojos un poco más. Quiso preguntar, quiso saber qué, quiso saber cómo, pero las palabras no le salían. En su lugar, sintió que algo se cerraba y se abría dentro de ella al mismo tiempo. Una comprensión que no terminaba de formarse, una sospecha que no se atrevía a nombrar. 


—¿A vos qué te pidieron? —preguntó María, y su voz era suave, curiosa, como si no supiera. 


Rocío se quedó en silencio un momento. Miró el cielo, el sol, los árboles. Miró su cuerpo desnudo, marcado, usado. Y después miró a su prima, que también estaba desnuda, también marcada, también usada. 


—Los espíritus —dijo Rocío, y las palabras salieron despacio, como si estuviera descubriendo su significado en el mismo momento en que las pronunciaba— son muy malos. 


Hizo una pausa. Sus ojos grandes, oscuros, brillaron con una luz que no era miedo. Era otra cosa. Era deseo. Era rendición. Era el reconocimiento de que algo en ella había cambiado para siempre. 


—Pero también son muy buenos —dijo. 


María la miró. En sus ojos también brillaba esa luz. Las dos primas, desnudas, exhaustas, cómplices, se quedaron en silencio un largo rato, mientras el sol seguía subiendo y el bosque seguía cantando, ajeno a todo lo que había pasado ahí adentro. 

 


Continuara... 

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