Sexo Prohibido En El Campo — Parte 4
La cena transcurrió entre silencios que antes no estaban. Los cuatro ocupaban la misma mesa de madera, los mismos lugares de siempre, pero algo en el aire había cambiado. Era como si todos supieran algo que ninguno se atrevía a decir, y ese secreto compartido flotaba sobre ellos como una nube baja.
Rocío apenas tocó la comida, solo le quedaba un día para rendir cuenta con los espíritus. Movía la carne en el plato con el tenedor, cortaba pedazos minúsculos, los llevaba a la boca sin hambre. Una pregunta clavada en la cabeza como una astilla: "¿Me obligarán a hacerlo con él también?" Sus ojos se levantaban a escondidas hacia Domingo, que estaba sentado enfrente, masticando con calma, los ojos claros fijos en algún punto de la pared.
Domingo no la miraba. Esa era la diferencia. Desde que llegó, el tío había sido un devorador de miradas, siempre recorriéndole el cuerpo con esa lentitud que a Rocío le erizaba la piel. Pero esa noche no. Esa noche Domingo miraba el plato, el vaso, el techo, cualquier cosa menos a ella. Y ese desvío, ese silencio deliberado, le pareció más intenso que cualquier mirada.
Matías, en cambio, no podía dejar de mirarla. Sus ojos negros brillaban a la luz de la vela que María había puesto en el centro de la mesa, y su mirada bajaba desde los labios pequeños de Rocío hasta el escote de la remera que se había puesto para cenar: una remera blanca, holgada, que no marcaba nada pero que de alguna manera lo sugería todo. Rocío sentía esa mirada como un peso físico, como una mano que le recorría el cuerpo sin tocarlo. Y lo peor era que no le molestaba. Algo en el fondo de su vientre se tensaba cada vez que los ojos de Matías se posaban en ella.
María servía el vino con parsimonia. Llenaba los vasos, los vaciaba, los volvía a llenar. Hablaba del campo, del calor, de la cosecha de maíz que se venía. Cosas sin importancia que llenaban el vacío como se llena un pozo con tierra. Pero cada tanto, cuando el silencio se hacía demasiado denso, sus ojos se encontraban con los de su padre, y en ese encuentro había un diálogo que Rocío no podía descifrar.
"Algo pasa", pensó Rocío mientras masticaba un pedazo de pan. "Algo entre ellos. Algo que no entiendo."
Terminó de comer sin haber comido casi nada. La carne se le había enfriado en el plato, y la grasa formaba una película blanca sobre la superficie. Se excusó diciendo que estaba cansada —y era verdad, el cuerpo le pesaba como si hubiera cargado bolsas de cemento— y se fue a la habitación de María. Se tiró en la cama sin cambiarse, con la remera blanca puesta y los jeans ajustados que le marcaban las nalgas cuando se movía. Cerró los ojos, pero no podía dormir.
Matías se fue poco después. Dijo que tenía que hacer algo al salir el sol, que necesitaba dormir temprano, y se retiró a su habitación sin dar más explicaciones. Sus pasos resonaron en el piso de madera, se perdieron en el fondo del pasillo, y después hubo un silencio que parecía esperar.
María y Domingo se quedaron solos en la cocina. La vela seguía prendida, y la luz amarilla bailaba sobre las paredes de madera, sobre las manos grandes de Domingo apoyadas en la mesa, sobre los dedos morenos de María que giraban el vaso de vino sin llevarlo a la boca.
El silencio fue largo. No incómodo, pero sí pesado. Como una manta mojada que los cubría a los dos y los obligaba a estar cerca.
—Cuando Rocío pruebe tu miembro —dijo María, y su voz sonó extraña en la penumbra— se va a volver loca.
Domingo la miró. En sus ojos claros había un brillo que María conocía bien. No era el brillo del padre que mira a su hija. Era otro.
—¿Y a vos te gustó? —preguntó Domingo, y la pregunta era directa, cruda, sin adornos.
María sintió que las mejillas se le encendían. Bajó la vista al vaso, a ese círculo de vino tinto que se movía cuando ella temblaba.
—Sí —dijo, y la palabra fue apenas un susurro—. Sí, me gustó.
Domingo sonrió. No era una sonrisa de triunfo ni de burla. Era una sonrisa cansada, como de alguien que por fin encuentra algo que no sabía que estaba buscando.
—A mí también me gustó —dijo. Y después de una pausa, más bajo: —Nunca me imaginé que se iba a sentir así. Con vos, digo. Es raro.
—Es rarísimo —dijo María, y esta vez sí levantó la vista—. Pero está bueno.
Se quedaron en silencio otro rato. El vino se acabó. La vela parpadeó.
—Me voy a dormir —dijo María, levantándose—. Ya está.
Domingo asintió. No dijo nada más. María caminó hacia la puerta de la cocina, pero antes de salir se detuvo. Dio media vuelta. Miró a su padre.
—La vas a hacer mierda, papá —dijo, y no era una amenaza. Era una constatación.
Domingo sonrió de nuevo. Y esa sonrisa, en la penumbra de la cocina, fue la respuesta más honesta que podía dar.
—
La noche avanzó lenta, como un animal viejo que arrastra las patas. El campo quedó en silencio, ese silencio profundo de los lugares donde no hay autos ni sirenas, solo el viento moviendo las ramas y los grillos que cantan a destiempo.
En la habitación de María, las dos primas dormían en la misma cama, como habían hecho las últimas noches. Rocío estaba acurrucada de costado, con las rodillas dobladas y una mano debajo de la almohada. La remera blanca se le había subido hasta la cintura, dejando al descubierto la tanga negra que se hundía entre sus nalgas redondas y firmes. María dormía de espaldas, con la pollera larga enredada entre sus piernas y los talinanes todavía puestos, que tintineaban apenas cuando respiraba.
La luna entraba por la ventana sin cortinas y dibujaba un cuadrado plateado en el piso de madera. Todo estaba quieto. Todo estaba en orden.
La voz llegó como un trueno en un cielo despejado.
—Rocío —dijo. Robótica, metálica, idéntica a la de las noches anteriores. Pero había algo distinto. Más clara. Como si el aparato que la producía fuera nuevo, mejorado—. Rocío, despierta.
Las dos mujeres abrieron los ojos al mismo tiempo. Rocío se incorporó de golpe, con el corazón saltándole en el pecho. Miró hacia la ventana, hacia la oscuridad, pero no vio nada. Solo la noche, la luna, las estrellas.
María tosió. Fue una tos seca, corta, que pareció casual. Pero Rocío, en su estado de alerta, notó que había algo intencional en ese sonido.
Del otro lado de la ventana, oculto entre los arbustos, Matías recibió la señal. Apretó el distorsionador de voz contra su boca —el nuevo, que había comprado en la ciudad, con baterías nuevas y un alcance mucho mejor que el anterior, que fallaba a cada rato— y volvió a hablar.
—Te falta complacer a uno de mis descendientes —dijo la voz, y cada sílaba resonaba en el aire como una sentencia—. Si antes de que caiga la noche no lo haces, tu familia lo pagará.
Rocío sintió que el mundo se le venía abajo. Su familia. Su mamá en Buenos Aires, en el departamento pequeño, sola. Su papá, que trabajaba de chofer de colectivo. Su hermana menor, que todavía iba al colegio. "Ellos no tienen la culpa", pensó, y las lágrimas le quemaron los ojos.
—¿Qué familia? —atinó a preguntar, pero la voz ya no estaba.
El silencio volvió a llenar la habitación. Matías se retiró en silencio, escondiéndose entre los arbustos, volviendo a su habitación por la ventana trasera, dejando atrás el distorsionador de voz apagado y un rastro de pisadas en la tierra húmeda.
Rocío y María se quedaron en la cama, las dos sentadas, las dos en silencio. La luna las iluminaba a medias: a Rocío le dibujaba el perfil fino, los labios pequeños apretados, los ojos grandes y oscuros brillando con las lágrimas contenidas; a María le marcaba los pómulos altos, la piel morena, los aros de plumas que colgaban inmóviles.
—Te dije —dijo María, rompiendo el silencio—. Los espíritus no perdonan.
—¿Qué hago? —preguntó Rocío, y su voz sonó como la de una nena chica—. Ya complací a Matías. Y a vos también, de alguna forma. Me falta uno.
María la miró. En sus ojos oscuros había algo que Rocío no podía descifrar. Podía ser compasión. Podía ser cálculo. Podía ser las dos cosas al mismo tiempo.
—Vas a tener que ir a la pieza de papá —dijo María, y su voz era tan natural como si estuviera diciendo "vas a tener que ir a la cocina a buscar un vaso de agua"—. Y le vas a chupar la verga, por lo menos.
Rocío sintió que el estómago se le encogía. "A mi tío", pensó. Pero después recordó que Domingo era su tío por qué se había casado con Elena, la hermana mayor de su mamá, la que se había ido. Domingo no era su tío biológico. Eso no lo hacía menos su tío, pero algo en el fondo de su cabeza, algún mecanismo de defensa empezó a usar ese dato como un salvavidas.
"No es mi sangre", pensó. "No es mi sangre. No es tan terrible."
Pero lo era. Y lo sabía.
Quiso decir que no. Quiso levantarse y salir corriendo de la casa, cruzando el campo descalza, llegando al camino de tierra, parando un colectivo, volviendo a Buenos Aires, olvidándose de los espíritus y de las manos frías y de las voces robóticas. Pero su cuerpo no se movía. O se movía, pero en otra dirección.
Sin saber cómo, se encontró de pie. Sin saber cómo, se encontró caminando hacia el pasillo. Sin saber cómo, se encontró frente a la puerta de la habitación de Domingo.
"Esto no está pasando", pensó. "Esto es una pesadilla."
Pero la madera de la puerta era real bajo sus dedos. El picaporte era frío y metálico. La respiración de Domingo, del otro lado, era un ronquido profundo y parejo.
Abrió la puerta sin hacer ruido.
La habitación de Domingo era más grande que la de María. Una cama de dos plazas, con sábanas blancas arrugadas, ocupaba el centro. Un ropero de madera oscura cerraba una pared. En la mesa de luz, un vaso de agua, una cajetilla de tabaco, un encendedor. El olor a hombre, a tabaco, a sueño, llenaba el aire.
Domingo estaba acostado boca arriba, con los brazos a los costados y la cabeza ladeada. Roncaba con la boca abierta, y la luz de la luna que entraba por la ventana le iluminaba el pecho velludo, el vientre abultado, la piernas abiertas. El pantalón de dormir, de esos de algodón viejo y gastado, le formaba una carpa apenas visible.
Rocío se acercó. Sus pies descalzos no hacían ruido en el piso de madera. Cada paso era una decisión, y cada decisión la llevaba más adentro de un territorio del que sabía que no iba a poder volver.
Se arrodilló al borde de la cama. Las manos le temblaban mientras bajaba el elástico del pantalón de dormir de Domingo. La tela se deslizó sin resistencia, dejando al descubierto el miembro dormido, flácido, envuelto en un vello gris y abundante.
"Es enorme", pensó Rocío, y el pensamiento la asustó y la excitó al mismo tiempo. "Incluso dormido es enorme."
Cerró los ojos. Abrió la boca. Y se lo metió.
El miembro de Domingo estaba tibio, blando, con un sabor que Rocío no supo describir. A tabaco, a sudor, a hombre viejo. Algo en ese sabor la repugnaba y la atraía en la misma medida. Usó la lengua, recorrió la cabeza dormida, lamió los bordes, la comisura donde la piel se unía con el cuerpo. Y mientras lo hacía, sintió cómo el miembro empezaba a crecer.
Fue lento al principio, apenas un endurecimiento casi imperceptible. Después más rápido, más pronunciado. La cabeza se redondeó contra su paladar, el fuste se alargó y se puso duro como una piedra, y la sangre que llenaba cada centímetro de esa carne le transmitía un calor que le subía por la lengua y le bajaba por la garganta. Rocío chupó con más fuerza, tragándose la mitad, después dos tercios, después casi todo. El miembro de Domingo era tan grande que llegaba hasta el fondo de su garganta y todavía sobraba.
Domingo dejó de roncar. Su respiración cambió, se volvió más corta, más agitada. Rocío sintió una mano en su nuca, grande y pesada, que no la empujaba, pero tampoco la apartaba.
—Rocío —dijo Domingo, y su voz era un gruñido de sueño y deseo—. Sos vos.
Rocío quiso responder, pero tenía la boca llena. En lugar de palabras, emitió un sonido que pudo ser un gemido o un sí.
Domingo no perdió tiempo. Con una agilidad que Rocío no esperaba de un hombre de su edad, se incorporó, la agarró de los hombros y la dio vuelta sobre la cama. Rocío cayó boca arriba sobre las sábanas blancas, con los brazos abiertos y las piernas separadas. La remera blanca se le había subido hasta el cuello, dejando sus tetas pequeñas al descubierto. La tanga negra, la única prenda que le quedaba, se marcaba contra su sexo húmedo.
—Suave —atinó a decir Rocío, pero la palabra apenas le salió—. Suave, tío.
Domingo la miró. Sus ojos claros brillaban en la penumbra como los de un lobo.
—Voy a ser suave —dijo—. Al principio.
Se puso sobre ella, abriéndole las piernas con las rodillas. El miembro, enorme, erecto, con la cabeza brillante por la saliva de Rocío, se posó en la entrada de su sexo. Rocío sintió el calor, la presión, y una humedad que ya la estaba empapando por completo.
Domingo empujó. Suave, como había prometido. Pero "suave" para un hombre del tamaño de Domingo era como un terremoto para cualquier otra. La cabeza del miembro entró, apenas, y Rocío sintió que las paredes de su interior se abrían para recibirlo como una flor que se abre a la fuerza.
—Es muy grande —dijo Rocío, y su voz era un hilo de aire—. Es el más grande que vi en mi vida.
Domingo no respondió. Empujó un poco más. Rocío sintió que se partía en dos, que su cuerpo se estiraba hasta un límite que no sabía que tenía. Pero el dolor no era dolor. Era otra cosa. Era una sensación tan intensa que el cerebro no sabía si catalogarla como sufrimiento o como placer.
"Me parte", pensó Rocío. "Me parte y me gusta."
Domingo empezó a moverse. Lento al principio, con un ritmo que parecía medido, calculado. Cada embestida hundía el miembro un poco más, y cada vez que entraba, Rocío sentía que llegaba a un lugar adentro suyo que nadie había tocado nunca. Las manos de Domingo subieron a sus tetas, las apretaron, las moldearon como si fueran plastilina. Su boca bajó a sus pezones y los chupó con la misma intensidad con que antes los había chupado de su hija.
—Más fuerte —dijo Rocío, y no pudo creer que esas palabras salieran de su boca.
Domingo obedeció. Las embestidas se volvieron más profundas, más rápidas. El miembro entraba y salía con un sonido húmedo que a Rocío le parecía obsceno y hermoso al mismo tiempo. Sus gemidos se hicieron más fuertes, más descontrolados, y cuando sintió que el miembro de Domingo llegaba al fondo, cuando sintió que ese fondo se abría para recibir la última parte que todavía faltaba, gritó.
—No entra todo —gritó, y las lágrimas le corrían por las mejillas sin que supiera bien por qué.
—Ya va a entrar todo —dijo Domingo, y su voz era un susurro ronco en su oído.
Se lo sacó de golpe. Rocío sintió el vacío, la ausencia, una pérdida que le dolió más que cualquier penetración. Pero antes de que pudiera quejarse, Domingo se lo volvió a meter, entero, de una sola vez.
El grito de Rocío atravesó la pared de madera y llegó hasta la habitación de María. María, que estaba despierta, con los ojos abiertos en la oscuridad, escuchó el grito de su prima y sintió que una corriente eléctrica le recorría la espalda.
"Papá se está vengando de mamá", pensó María, y la idea la llenó de un morbo oscuro que no podía controlar. "Se está cogiendo a su sobrina como a una puta."
En la cama de al lado, Matías también escuchó. Su miembro se endureció en el acto, y una sonrisa se dibujó en su cara mientras imaginaba a su padre empujando dentro de la prima de la ciudad.
Rocío ya no podía pensar. Las embestidas de Domingo eran un martillo que la golpeaba una y otra vez, llevándola a un lugar donde las palabras no existían, donde solo quedaba la sensación de ese miembro enorme abriéndola, llenándola, rompiéndola. El primer orgasmo llegó como un aluvión, una ola caliente que le subió desde el vientre y le explotó en la cabeza. Gritó el nombre de nadie, apretó las piernas alrededor de la cintura de Domingo, y sintió cómo él seguía moviéndose adentro de ella, incansable, implacable.
—¿Ves? —dijo Domingo, y su voz sonaba distinta, más joven—. Entra todo.
Domingo no paró. Siguió empujando, sintiendo cómo las paredes del sexo de Rocío se contraían alrededor de su miembro, masajeándolo, pidiéndole más. Bajó la boca al cuello de ella, pasó la lengua por la piel clara y cálida, mordió suavemente la unión del cuello con el hombro. Rocío gimió otra vez.
"¿Cómo hace un hombre tan poco atractivo para hacerme sentir así?", pensó Rocío. "Es feo. Es viejo. Es mi tío. Y sin embargo..."
Pero los pensamientos se le borraron cuando Domingo, en un movimiento más fuerte que todos los anteriores, metió su miembro completo en ella. No quedaba nada afuera. Todo ese pedazo de carne enorme, grueso, venoso, estaba adentro, tan adentro que Rocío sintió que le llegaba al estómago.
El grito que soltó fue tan fuerte que los perros del campo vecino empezaron a ladrar. Fue un grito de dolor y placer, de terror y éxtasis, una contradicción hecha sonido. María lo escuchó desde su habitación y se mordió el labio para no gemir. Matías lo escuchó desde la suya y apretó el miembro con la mano para no venirse solo.
Domingo siguió embistiéndola, recorriendo todo el camino de afuera hacia adentro y de adentro hacia afuera, cada vez más rápido, cada vez más fuerte. Rocío ya había perdido la cuenta de los orgasmos. Había tenido uno, tal vez dos, tal vez los que vinieron después ya eran parte de una misma ola interminable.
—Voy a terminar —dijo Domingo, y su voz era una advertencia—. ¿Tomás pastillas?
Rocío asintió sin entender bien la pregunta. Después, cuando sintió el líquido caliente llenándola por dentro, entendió.
—Espero que tomes —dijo Domingo contra su oído—. Porque si no, te voy a preñar.
Rocío se quedó inmóvil, sintiendo cómo la leche de su tío se derramaba dentro de ella, caliente y espesa. Las lágrimas le corrían por las mejillas, pero no lloraba de tristeza. Lloraba por la intensidad, por la vergüenza, por el placer que no terminaba de irse.
Se quedaron en la cama un rato. Domingo seguía dentro de ella, perdiéndose tamaño, volviéndose blando. Su respiración se iba calmando, y el peso de su cuerpo sobre el de Rocío era una presión que a ella no le molestaba.
—Perdóname —dijo Domingo después de un largo silencio—. No tendría que haber pasado.
Rocío lo miró. Los ojos claros de su tío estaban nublados por algo que parecía arrepentimiento. O tal vez no. Tal vez era otra cosa.
—No sé qué me pasa —dijo Rocío, y su voz sonaba frágil, como la de una nena—. Hace días que no pienso con claridad. Los espíritus, las voces, las órdenes. No sé si lo que hago está bien o está mal.
Domingo la abrazó. Sus brazos grandes, velludos, la rodearon por completo. El olor a tabaco y a sudor le llenó la nariz.
—Está bien —dijo Domingo, y su voz era firme, tranquilizadora—. Todo esto es normal. Los espíritus te pidieron algo y vos lo estás haciendo. No hay nada malo en obedecer.
"¿Normal?", pensó Rocío. "¿Qué tiene de normal que me haya cogido mi tío?"
Pero las palabras de Domingo tenían un peso que no podía ignorar. Tal vez porque las necesitaba escuchar. Tal vez porque, en el fondo, quería creer que todo lo que estaba haciendo estaba justificado.
—¿En serio? —preguntó, y su voz era un susurro.
—En serio —dijo Domingo, y la apretó un poco más fuerte—. No te culpes. No tenés la culpa de nada. Estás haciendo lo que tenés que hacer para proteger a tu familia.
Rocío cerró los ojos. Las lágrimas siguieron cayendo, pero ya no era un llanto. Era un alivio, una rendición.
—Necesito más —dijo, y la palabra salió de algún lugar oscuro que no sabía que existía dentro de ella.
Domingo la miró. Una sonrisa lenta se dibujó en su cara.
—Date la vuelta —dijo.
Rocío obedeció. Se puso en cuatro sobre la cama, con las nalgas en alto y la cara apoyada en las sábanas. La posición la hacía sentir vulnerable, expuesta, pero también poderosa de alguna forma que no podía explicar.
Domingo se puso detrás de ella. El miembro, ya erecto de nuevo, se posó en su entrada húmeda. Esta vez no hubo "suave". Esta vez fue directo, fuerte, salvaje.
La penetró de golpe, y Rocío sintió que su cuerpo ya se había acostumbrado a ese tamaño. No dolió. O dolió, pero el dolor era parte del placer. Domingo empezó a embestir con un ritmo implacable, y cada vez que entraba, una de sus manos grandes le pegaba en la nalga izquierda. El sonido de la nalgada se mezclaba con el de los gemidos de Rocío y los gruñidos de Domingo.
—Así, putita —dijo Domingo, y la palabra que antes la habría ofendido ahora la encendía como un fósforo.
La agarró de los pelos, los castaños largos y con ondas suaves, y le tiró hacia atrás. Rocío arqueó la espalda y sintió cómo el miembro de su tío entraba todavía más profundo. Domingo le giró la cara hacia un costado, y cuando ella abrió la boca para gemir, él la escupió.
La saliva le cayó en los labios, en la mejilla, en la comisura de la boca. Rocío sintió el asco y el placer luchando dentro de ella, y el placer ganó por goleada. Pasó la lengua y se limpió la saliva de su tío como si fuera un manjar.
"Me está tratando igual que los espíritus", pensó Rocío. "Nadie en la vida me trató así."
Las embestidas se hicieron más rápidas, más brutales. Domingo la nalgueaba al ritmo de cada penetración, y las nalgas paraditas de Rocío, esas nalgas formadas en el gimnasio de Buenos Aires, se movían como dos masas de gelatina firme. La habitación se llenó de ruidos: el chasquido de la piel contra la piel, los gemidos de Rocío que ya eran aullidos, la respiración agitada de Domingo que sonaba como un motor a punto de explotar.
El segundo orgasmo llegó sin avisar. Rocío sintió que todo su cuerpo se tensaba, se arqueaba, se rompía en mil pedazos que volvían a unirse en una explosión de calor blanco. Gritó tan fuerte que las paredes de madera vibraron.
Domingo terminó después de ella. Un chorro caliente le llenó el interior otra vez, y Rocío sintió cómo el líquido se derramaba y escurría por sus muslos, mojando las sábanas blancas.
Cayeron los dos sobre la cama, agotados, pegajosos de sudor y de todo lo demás. Domingo la abrazó por detrás, con el miembro todavía dentro de ella, y se quedó dormido en segundos.
Rocío no podía dormir. Miraba el techo de madera, la luna que se movía lentamente por la ventana, las sombras que bailaban en las paredes. El cuerpo le dolía en lugares que ni sabía que tenía, y la humedad entre sus piernas era un río que no terminaba de secarse.
"Seis veces", pensó más tarde, cuando el sol ya empezaba a asomar por el horizonte. "Lo hicimos seis veces."
No podía creerlo. Seis veces. Desde que amaneció hasta que el sol se puso otra vez. Seis veces había sentido a Domingo dentro de ella, llenándola, rompiéndola, volviéndola a armar. Seis veces había gritado su nombre o el de nadie. Seis veces había sentido que se moría y resucitaba en el mismo acto.
Cuando el atardecer pintó el cielo de naranja y violeta, Rocío salió de la habitación de Domingo. Caminó descalza por el pasillo, con la remera blanca manchada y la tanga negra perdida en algún rincón de la cama. Tenía el pelo enmarañado, la cara marcada por las sábanas, los ojos vidriosos por la falta de sueño. Y entre las piernas, una humedad que ya era parte de ella.
María la estaba esperando en la cocina. La miró de arriba abajo, y una sonrisa lenta se dibujó en sus labios morenos.
—Prepárate —dijo María—. Esta noche es la noche de los espíritus.
Rocío asintió. No dijo nada. No hacía falta. Su cuerpo hablaba por ella: las rodillas temblorosas, los moretones en las caderas, la forma de caminar, como si acabara de aprender a usar las piernas.
"Esta noche", pensó Rocío mientras se dirigía a la letrina para lavarse. "Esta noche vuelvo al bosque. Y cuando vuelva, todo va a ser distinto."
Miró sus manos, las manos que habían tocado a su tío, que habían acariciado a su primo, que habían chupado la teta de su prima. Y se preguntó si algún día podría volver a Buenos Aires, a la rutina, a la normalidad, después de todo lo que había pasado.
Pero esa pregunta, como tantas otras, tendría que esperar. Porque la noche se venía, y los espíritus —reales o falsos, daba igual— la estaban esperando.
Continuara...



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