Sexo Prohibido En El Campo — Parte 2
La noche se fue como se fueron las fuerzas de Rocío: en pedazos, en espasmos, en esa humedad que todavía sentía pegada a los muslos cuando por fin cerró los ojos en la cama de María. No supo qué hora era cuando el sueño la aplastó. Solo supo que su cuerpo pedía descanso como un campo pide agua después de una sequía, y se entregó sin resistencia.
En la cocina, la luz del sol recién estirada se colaba por la ventana de madera y dibujaba cuadrados amarillos sobre la mesa. Domingo cebaba mate con la parsimonia de los hombres que aprendieron a esperar antes de que el termómetro marcara la hora. Matías estaba apoyado contra el marco de la puerta, con los brazos cruzados y la cabeza ladeada, mirando hacia el cuarto de su hermana como si pudiera atravesar la pared con la mirada.
—¿Viste anoche? —preguntó Matías, y su voz tenía un tono que no era exactamente una pregunta.
Domingo sopló la bombilla antes de responder. Los ojos claros, casi celestes, brillaron con una luz que no tenía nada de paternal.
—La vi —dijo—. Las piernas no le respondían.
—Pero vos la tuviste de frente —dijo Matías, y se despegó de la pared para acercarse a la mesa—. ¿Se moja mucho la prima?
Domingo soltó una risa baja, gutural, que sonó como piedras rodando.
—Si se moja —dijo, y sus dedos grandes giraron el mate entre las manos—. Pero anoche tuve que meter los dedos en hielo, porque si no... y con el frío del bosque y la oscuridad, no pude disfrutar bien la vista. La piba temblaba como hoja de otoño.
—¿Seis? —preguntó Matías, con los ojos negros abiertos como si no lo pudiera creer.
—Seis o siete. Perdí la cuenta cuando empezó a llorar. - Los dos se habían turnado para mastúrbala.
Los dos hombres rieron. No era una risa contagiosa ni alegre. Era una risa que se quedaba pegada en el techo de la cocina, que se filtraba por las rendijas de la madera y se perdía en el campo. Matías se pasó la mano por el pelo castaño, desordenado, y apoyó las palmas sobre la mesa, inclinándose hacia su padre.
—Viste cómo se movía cuando llegó —dijo, bajando la voz—. Esas nalgas no son de este mundo. Me la quiero coger desde que la vi bajar del colectivo.
—Tranquilo —dijo Domingo—. Ya va a llegar tu turno. Si hacemos bien las cosas, la prima va a terminar siendo la muñeca de la familia.
La puerta de la cocina se abrió de golpe y los dos hombres se separaron como si les hubieran puesto una plancha al rojo vivo en el medio. María entró con la pollera larga rozando el piso de tierra, los aros de plumas moviéndose a los costados de su cara como dos animales vivos. Los talinaes sonaron con cada paso que dio, y ese sonido que antes era de fiesta ahora sonaba a advertencia.
—Basta —dijo María, y su voz cortó el aire como un cuchillo—. Los dos. Basta.
Domingo abrió la boca para decir algo, pero María levantó una mano y lo calló antes de que pudiera articular una sílaba.
—Escúchame bien, viejo —dijo, y sus ojos oscuros brillaron con una intensidad que los dos hombres conocían demasiado bien—. Si la piba se entera de algo, si se da cuenta de que el "espíritu" tiene barba y olor a chivo, se termina todo. El plan se acaba. Y la prima se toma el primer colectivo de vuelta a Buenos Aires y no la vemos más.
Matías quiso interrumpir, pero María giró la cabeza hacia él con una lentitud que heló la sangre.
—Vos también —dijo—. Anoche hiciste todo bien, pero te fuiste al carajo con la fuerza. La dejaste marcada. La vi cuando volvió, Matías. La remera no le tapaba nada. Estaba toda despeinada, con las piernas llenas de moretones.
—Pero ella creyó que era un espíritu —dijo Matías, y había un dejo de orgullo en su voz.
—Por ahora —dijo María—. Pero si la lastiman demasiado, si la asustan demasiado, el miedo le va a ganar al deseo. Y cuando el miedo gana, las personas no vuelven. ¿Me entendés? Queremos que vuelva una noche más, no que huya despavorida.
Los dos hombres asintieron. Domingo volvió a cebar un mate, y sus manos grandes temblaron apenas. Matías se mordió el labio y miró hacia el piso.
—Ustedes ponen el cuerpo —siguió María, apoyando las manos en la mesa—. Yo pongo la cabeza y la historia. Si hacemos bien las cosas, la prima va a volver al bosque todas las noches que hagan falta. Y después... después ya veremos.
—¿Después qué? —preguntó Matías.
María sonrió. No era una sonrisa cálida. Era la sonrisa de alguien que ya tiene la partida jugada antes de que el otro mueva la primera ficha.
—Después, cuando esté bien enganchada, no va a necesitar un espíritu para mojarse. Va a necesitarnos a nosotros. Y ahí vamos a tener lo que siempre quisimos.
La cocina quedó en silencio. El mate humeó. El sol subió un poco más. Y Rocío, en la cama de María, soñó con manos frías y dedos que la conocían mejor que ella misma.
Cerca del mediodía, cuando el sol estaba tan alto que las sombras apenas se marcaban en el piso de tierra, Rocío abrió los ojos. La luz le pegó de lleno en la cara y tuvo que parpadear varias veces para entender dónde estaba. El techo de madera, las velas en los rincones, el olor a salvia. La casa de María. El campo. La noche anterior.
El cuerpo le dolía. No era un dolor malo, pero estaba ahí, instalado en cada músculo, en cada articulación. Y entre las piernas, una sensación de ardor que la hacía apretar los muslos cada vez que se movía. Se incorporó con esfuerzo y vio que seguía desnuda. La remera verde que le habían dejado en el bosque estaba tirada en el piso, arrugada, con hojas secas pegadas en la tela. Alguien —seguramente María— la había tapado con una manta de lana gruesa durante la noche.
—¿María? —llamó, y su voz sonó ronca, gastada.
La puerta se abrió casi al instante. María entró con una sonrisa que parecía genuina, aunque Rocío ya no estaba tan segura de nada. Se sentó en el borde de la cama y le acarició el pelo castaño, largo, enmarañado.
—¿Cómo dormiste, prima? —preguntó.
—No dormí —dijo Rocío, y su voz se quebró—. Bueno, sí, ahora dormí. Pero antes no. Toda la noche en vela.
—Ya sé —dijo María, y su sonrisa se suavizó—. Te vi cuando volviste. Estabas destruida.
Rocío se sentó del todo, apoyando la espalda contra la cabecera de madera. La manta de lana le cayó hasta la cintura, dejando al descubierto sus tetas pequeñas, los pezones todavía sensibles por el roce del frío y las manos del espíritu. No se cubrió. Con María no había necesidad.
—Pasó algo —dijo Rocío, y las palabras se le atropellaban—. Algo muy loco, María. Yo no creía en nada de esto, te lo juro. Pensé que era un juego. Pero apareció una voz. Y después unas manos. Y me tocó. Me tocó todo el tiempo. No paraba. No me dejaba ir.
María la miró con una seriedad que Rocío no le había visto nunca. Los talinaes sonaron cuando se inclinó hacia adelante, y el tintineo fue como el de una culebra cascabel.
—Te dije —dijo María—. Los espíritus son vengativos. Sobre todo con los que tienen sangre de asesinos.
—Pero yo no maté a nadie —dijo Rocío, y las lágrimas le empezaron a arder en los ojos.
—No importa —respondió María, y su voz era tan firme que no admitía réplica—. La sangre se paga con sangre. O con otra cosa. El espíritu te eligió a vos para cobrar la deuda. Y tenés que hacer todo lo que te pida, prima. Todo. Si no, no te deja en paz. Te persigue. Y no solo a vos. A tu familia también.
Rocío sintió que el estómago se le encogía. Pensó en su mamá, en Buenos Aires, en el departamento pequeño de la ciudad. Pensó en la rutina, en los ruidos, en las noches sin sueño. Y por primera vez, el campo le pareció más aterrador que cualquier calle oscura de la ciudad.
—¿Qué tengo que hacer? —preguntó, y su voz era apenas un susurro.
—Lo que te diga —dijo María—. Y nada más.
Las dos primas se quedaron en silencio. El sol se coló por la ventana y dibujó una línea de luz sobre la cama, justo en el espacio vacío entre las dos. Rocío sintió que algo se rompía dentro de ella, alguna resistencia que no sabía que tenía. Y en el fondo, muy en el fondo, también sintió algo caliente moviéndose entre sus piernas, ese mismo calor que la había dominado la noche anterior. Se avergonzó de sentirlo. Pero no pudo evitarlo.
—Vení —dijo María, levantándose de la cama—. Vamos a bañarte. Después comemos.
La letrina de la casa no era gran cosa. Un cuartito de ladrillo a medio terminar, con un piso de cemento y un balde de agua fría colgado de una viga. Pero María calentó agua en una pava y la mezcló con la del balde hasta que quedó tibia. Rocío se paró desnuda en el medio del cuartito, con la luz de la tarde entrando por una rendija, y dejó que el agua le corriera por el cuerpo.
María la ayudó a lavarse el pelo. Le pasó las manos por el cuero cabelludo con una suavidad que hizo llorar a Rocío otra vez. No entendía por qué lloraba. Tal vez por el miedo. Tal vez por el placer que todavía le latía adentro como una segunda piel.
—¿Te dolió mucho? —preguntó María mientras le enjuagaba la espalda.
—Sí —dijo Rocío—. Pero también... no sé. También me gustó.
María no dijo nada. Solo sonrió y siguió pasándole el agua por los hombros, por los brazos, por las nalgas duras y redondas que se marcaban bajo el chorro tibio.
Cuando salieron de la letrina, el sol ya empezaba a bajar. No tanto como para que fuera de noche, pero sí lo suficiente para que las sombras se alargaran y el aire se volviera más fresco. En el patio, Domingo había armado el asado. El fuego crepitaba en el parrillero de ladrillos, y el olor a carne y humo se mezclaba con el de las hierbas secas que María colgaba en su habitación.
—¡Rocío! —gritó Domingo desde la parrilla, levantando una mano en señal de saludo—. ¿Cómo dormiste, princesa?
Rocío sonrió. Fue una sonrisa tímida, apenas dibujada, pero fue una sonrisa. Se sentó en una de las sillas de madera alrededor de la mesa, la misma donde la noche anterior había tomado mates sin saber lo que la esperaba. Ahora sabía. Y sin embargo, estaba ahí, otra vez, rodeada de los mismos ojos que la miraban como si fuera una presa.
Matías estaba sentado enfrente de ella, con las piernas abiertas y los brazos apoyados en el respaldo de la silla. Vestía una remera vieja y gastada, y los jeans le marcaban la entrepierna de una manera que Rocío no podía dejar de mirar, por más que se dijera a sí misma que no mirara. "Es tu primo", pensó. "No deberías verlo así." Pero el pensamiento se le escapaba como agua entre los dedos.
—¿Te gusta el asado, prima? —preguntó Matías, y su voz grave sonó distinta. Más profunda. Como si hubiera crecido unos centímetros desde la noche anterior.
—Sí —dijo Rocío, y se dio cuenta de que estaba mirándole los labios—. Sí, me encanta.
Domingo trajo la carne a la mesa. Un costillar entero, chorizos, morcillas. Todo humeante, toda chorreando grasa. Cortó un pedazo grande y se lo puso en el plato a Rocío, pero ella apenas podía comer. Cada vez que levantaba la vista, se topaba con los ojos de Domingo o los de Matías. No era la misma mirada de la noche anterior. Era una mirada más tranquila, más confiada. Como si ya supieran algo que ella no.
—¿Vas a volver al bosque esta noche? —preguntó Matías, con un tono que quiso ser despreocupado y no lo logró.
—Sí —dijo Rocío, y la palabra le salió antes de pensarla.
—¿No tenés miedo? —preguntó Domingo, y su sonrisa era tan amplia que le arrugaba toda la cara.
"Sí", pensó Rocío. "Tengo miedo. Pero también tengo ganas. Y no sé qué es peor."
—Un poco —dijo en voz alta—. Pero María dice que tengo que hacer lo que me digan.
Los dos hombres intercambiaron una mirada rápida, apenas un guiño, un movimiento de cejas que Rocío no alcanzó a ver porque en ese momento María le puso una mano en el hombro.
—Comé, prima —dijo María—. Esta noche vas a necesitar energías.
La cena siguió. El sol se fue poniendo, y el fuego del asado empezó a competir con la luz que se iba. Los mosquitos aparecieron, y el olor a repelente se mezcló con el de la carne quemada. Rocío comió un poco más, bebió un poco de vino tinto que su tío le sirvió en un vaso de vidrio grueso, y sintió que el calor le subía a la cara.
En un momento, mientras María levantaba los platos, Rocío se quedó sola en la mesa con Domingo y Matías. El silencio fue incómodo, denso, como una sábana mojada. Rocío jugaba con el borde del vaso y sentía los ojos de los dos hombres clavados en ella. Podía escuchar la respiración de Matías, un poco agitada. Podía ver cómo la nuez de Domingo subía y bajaba cuando tragaba saliva.
—Estás linda esta noche, Rocío —dijo Domingo, y su voz sonó ronca, como si estuviera hablando con arena en la garganta.
—Gracias, tío —dijo ella, y sintió que las mejillas se le encendían.
—No es para agradecer —dijo Matías, y su voz tenía un filo que Rocío no supo si era cuchillo o caricia—. Es para creer.
María volvió a la mesa y el momento se rompió. Pero algo quedó flotando en el aire, algo que Rocío no podía nombrar pero que sentía en la nuca, en los brazos, en la piel de los muslos. Algo que la hacía apretar las piernas debajo de la mesa y morderse el labio inferior sin darse cuenta.
Cuando la noche cayó, Rocío se cambió. Eligió la ropa con cuidado, como si fuera una ceremonia. Se puso una pollera corta, negra, de tela fina que se movía como agua cuando caminaba. Arriba, una blusa de seda marrón, escotada, con botones pequeños que brillaban a la luz de las velas. No se puso corpiño. Quería que la tela rozara sus tetas, quería sentir los pezones endureciéndose con el roce de la seda. Y abajo, una tanga diminuta, del mismo color marrón, que se hundía entre sus nalgas apenas.
María la miró de arriba abajo y asintió.
—Así está bien —dijo—. A los espíritus les gusta lo lindo.
Caminaron hacia el bosque con la misma linterna, la misma mochila, la misma botella de vodka. Pero todo se sentía distinto. El aire era más pesado, los árboles más altos, las sombras más largas. Rocío sentía el pulso en las sienes y una humedad creciente entre las piernas que no podía atribuir solo al miedo.
Cuando llegaron al claro, el sendero estaba igual que la noche anterior. Oscuro, angosto, mudo. María prendió la fogata con menos esfuerzo que la primera vez, como si ya estuviera todo preparado, como si el fuego la estuviera esperando para encenderse.
—Tomá —dijo María, pasándole la botella de vodka—. Esto te va a ayudar.
Rocío bebió. Un trago largo. Otro. El alcohol le quemó la garganta y le llenó el estómago de calor. María bebió también, y las dos chicas se quedaron en silencio, mirando las llamas, escuchando los crujidos de la leña.
—¿Los espíritus... duelen mucho? —preguntó Rocío después de un rato.
—Depende —dijo María—. Depende de lo que tengas que pagar.
—¿Y cómo sé yo cuánto tengo que pagar?
—Ellos te lo van a decir. Cuando llegue el momento.
La medianoche se acercó con pasos de animal sigiloso. Rocío ya no tenía miedo. O tenía miedo, pero el vodka y el deseo se lo tapaban como una manta fina. Cuando María se paró y dijo "es la hora", Rocío se levantó sin que nadie la empujara.
—Andá —dijo María—. Obedece.
Rocío caminó hacia el sendero. Sus pies descalzos pisaron las hojas secas y sintieron las raíces bajo la piel. La pollera corta se le subía con cada paso, dejando al descubierto la parte inferior de sus nalgas. La blusa de seda se le pegaba al cuerpo por el sudor. Y la humedad entre sus piernas era ya un río caliente que no podía ocultar.
El sendero se hizo más angosto, más oscuro. Las ramas le rozaban los hombros, la cara, el pelo. Rocío cerró los ojos y caminó. Sabía que no estaba sola. Podía sentir el peso de una mirada sobre ella, fría y caliente a la vez.
—Eres una descendiente —dijo la voz desde atrás. La misma voz robótica, grave, que la noche anterior.
—Ya lo sé —dijo Rocío, y esta vez su voz no tembló.
—Y tienes que pagar.
—Ya lo sé también.
La voz rió. Y en esa risa, Rocío sintió algo que no había sentido la noche anterior. Juventud. Energía. Un ímpetu que no era el del espíritu viejo, sino algo más nuevo, más animal.
—Quietecita —dijo la voz—. Y de espaldas.
Antes de que pudiera reaccionar, dos manos la agarraron de los hombros y la empujaron hacia adelante. Rocío tropezó, cayó de rodillas, y en el mismo movimiento las manos la levantaron y la apretaron contra un tronco. La corteza áspera le rasguñó las tetas a través de la blusa de seda, y el contacto fue tan intenso que dejó escapar un gemido.
El "espíritu" no perdió tiempo. Las manos frías —pero no tanto como la noche anterior, pensó Rocío— le subieron la pollera por la espalda y la amontonaron en la cintura. Los dedos encontraron la tanga marrón y la bajaron de un tirón, tan brusco que la tela se rompió en un costado. Rocío sintió el aire frío en el sexo desnudo, expuesto, abierto.
—Quiero sentirte —dijo la voz, y en ese "quiero" había una urgencia que la noche anterior no había.
Las manos le arrancaron la blusa de seda. Los botones saltaron por el aire y cayeron sobre las hojas secas como gotas de lluvia. La tela se deslizó por sus brazos y cayó al suelo. Rocío quedó desnuda, apretada contra el tronco, con las nalgas al aire y las piernas abiertas apenas lo suficiente para mantener el equilibrio.
El "espíritu" la agarró de las caderas y la empujó contra el tronco con una fuerza que le sacó el aire. Y entonces lo sintió. Algo duro, grande, caliente, que se abría paso entre sus piernas y buscaba su entrada con una urgencia desesperada. Rocío quiso decir algo, quiso preguntar, pero antes de que pudiera articular una palabra, el espíritu la penetró.
El grito que salió de su boca no fue de dolor. Fue sorpresa, placer, miedo, todo junto. La sensación era distinta a la noche anterior. Más profunda. Más brutal. La embestida fue tan fuerte que Rocío sintió que los huesos se le movían dentro del cuerpo. El tronco le raspaba las tetas, las manos frías le apretaban las caderas hasta dejarlas marcadas, y ese algo duro y caliente la llenaba una y otra vez, sin pausa, sin misericordia.
—¡Así! —gritó Rocío, y no supo si era una súplica o una orden—. ¡Así, así, así!
Nadie la había tratado así nunca. Los chicos de Buenos Aires eran cuidadosos, medidos, siempre preguntando "¿te duele?" y "¿querés que pare?". Esto era otra cosa. Esto era salvaje. Esto era pura bestia. Y a Rocío, para su sorpresa, a Rocío le encantaba.
El orgasmo le llegó a los pocos segundos. Fue un estallido blanco que le nubló la vista, le sacudió las piernas y le hizo apretar las paredes de su interior alrededor de ese objeto duro que no dejaba de moverse. Gritó el nombre de nadie, porque no sabía a quién llamar, y sintió que la humedad se derramaba por sus muslos y mojaba el tronco.
Pero el "espíritu" no paró. Siguió embistiendo con la misma fuerza brutal, como si no hubiera escuchado, como si no le importara. Rocío ya no podía pensar. Solo sentía. Cada embestida la llevaba un poco más lejos de sí misma, un poco más adentro de esa noche oscura y ese bosque que ahora era todo lo que existía.
—Ahora no vas a mirar —dijo la voz, y antes de que Rocío pudiera entender, unas manos le cubrieron los ojos con un trozo de tela negra. La ataron firme detrás de la cabeza—. Los espíritus no se miran. Te queman los ojos.
Rocío asintió, ciega, temblando. La oscuridad total le agudizó el oído y el tacto. Podía escuchar la respiración del espíritu —cada vez más agitada, más humana—. Podía sentir el vello de su vientre rozándole las nalgas cuando se acercaba demasiado.
El espíritu la dio vuelta. La separó del tronco y la puso de frente, sin soltarle las caderas. Rocío sintió la corteza en la espalda, y las manos frías en sus tetas, apretando, retorciendo los pezones hasta que le dolió. Y entonces la volvió a penetrar, de frente, con la misma fuerza, la misma urgencia.
Las manos en sus tetas, la respiración en su cara, la humedad de la frente del espíritu que goteaba sobre sus labios. Rocío quiso tocarlo, quiso pasarle los dedos por el pelo, quiso saber si era calvo o peludo, si tenía barba o era lampiño. Pero las manos frías la agarraron de las muñecas y las inmovilizaron contra el tronco, por encima de su cabeza.
—Quieta —dijo la voz, y esta vez sonó ronca, real, como si al robot se le hubiera acabado la pila.
Rocío obedeció. Dejó que el espíritu la penetrara una y otra vez, ciega, desnuda, desarmada. El segundo orgasmo llegó cuando menos lo esperaba, un torrente caliente que la hizo arquear la espalda y apretar las piernas alrededor de la cintura del espíritu. Oyó la voz del espíritu gemir —un gemido grave, masculino, que le resultó extrañamente familiar— y sintió cómo el cuerpo encima del suyo se tensaba, se endurecía, y luego se vaciaba dentro de ella.
El líquido caliente le llenó el interior, se derramó por sus muslos, tibio y espeso. Rocío quedó inmóvil, con los ojos vendados, escuchando la respiración del espíritu que poco a poco se calmaba. Las manos frías soltaron sus muñecas. Los pies descalzos se separaron de los suyos. Y esa presencia pesada, caliente, humana, se fue alejando.
—La ofrenda —dijo la voz, ya más robótica de nuevo, pero con un hilo de cansancio—. Me llevo tu ropa.
Rocío escuchó los pasos que se alejaban, las hojas que crujían, el silencio que volvía. Se quitó la venda de los ojos con manos temblorosas. La noche estaba igual. Oscura, fría, quieta. Pero su ropa había desaparecido. La pollera negra, la blusa de seda, la tanga rota. Todo. No quedaba nada. Solo ella, desnuda, en el medio del sendero.
—Mañana a la noche —dijo la voz desde la distancia, y esta vez era apenas un eco— tenés que complacer sexualmente a mis descendientes. Son tres. Una mujer y dos hombres. Si no lo hacés, te perseguiremos por la eternidad. Vas a volver acá dentro de una semana. Y vas a hacer lo mismo.
Rocío quiso preguntar quiénes eran esos descendientes, pero la voz ya no estaba. El bosque recuperó su silencio. Y ella se quedó sola, desnuda, con el líquido tibio escurriéndole por los muslos y una certeza creciendo en el pecho como una planta venenosa.
"Mis descendientes", repitió para sí. "Una mujer y dos hombres." Las únicas tres personas que había visto en ese campo. Su prima. Su tío. Su primo.
Caminó desnuda por el sendero. No tenía frío. No tenía miedo. Tenía una claridad fría en la cabeza que no sabía si era lucidez o locura. Las ramas le rasguñaban la piel, las hojas se le pegaban a los pies, y el líquido de su interior seguía escurriéndose con cada paso que daba.
Cuando llegó al claro, la fogata seguía prendida. María estaba sentada en el mismo lugar, con las piernas cruzadas y los ojos cerrados, como si estuviera meditando. Abrió los ojos cuando sintió a Rocío acercarse.
Rocío se paró frente a su prima, completamente desnuda, con el pelo enmarañado, la piel marcada, y el rastro blanco del espíritu todavía brillando en sus muslos. No sintió vergüenza. Ya no.
—María —dijo, y su voz era fría, calma, como la de alguien que ya entendió todo—. ¿Los espíritus te pueden llenar de leche?
María la miró sin inmutarse. Su cara era una máscara de seriedad antigua, de sabiduría falsa, de mentira bien construida.
—Sí —dijo, y su voz no tembló—. Pero no te preocupes. No te pueden embarazar.
Rocío asintió. Se quedó un momento en silencio, sintiendo el aire frío en el cuerpo desnudo, el fuego caliente en la cara. Y entonces sonrió. Fue una sonrisa pequeña, apenas un movimiento de labios, pero fue suficiente.
—Vamos —dijo María, levantándose y sacudiéndose la pollera—. Vamos a casa. Mañana va a ser un día largo.
Caminaron juntas de regreso por el bosque. Rocío desnuda, María con su pollera larga y sus talinaes tintineando. Ninguna de las dos habló. El silencio era un manto que las cubría a las dos, pesado y cómodo a la vez.
Cuando llegaron a la casa, la luna estaba en lo más alto. Las luces de la cocina estaban apagadas. Pero en el fondo del patio, detrás del galpón de herramientas, Rocío alcanzó a ver una sombra que se movía. Era alta, delgada, de hombros anchos.
Matías.
Estaba apoyado contra la pared de ladrillos, con los brazos cruzados y la cabeza ladeada. Cuando las vio llegar, levantó una mano y se la pasó por el pelo, en un gesto que quiso ser despreocupado y no lo logró. Y entonces, con una lentitud que parecía deliberada, cerró un ojo.
María lo vio. Y en la oscuridad de la noche, con Rocío desnuda a su lado y el campo entero durmiendo, María sonrió.
"Gracias a vos, prima", pensó, mientras seguía caminando hacia la puerta de la casa. "Nos vamos a llenar de dinero y de orgasmos."
Continuara...



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