Mi Hermana, Mi Obsesión - Parte 3
La puerta del baño se cerró de golpe, no con un portazo, sino con un chasquido seco y definitivo que resonó en el silencio cargado del departamento. Zoé apoyó la espalda contra la madera, como si con su propio cuerpo pudiera bloquear no solo la entrada, sino la realidad que acababa de consumirse sobre la mesa del comedor. Su pecho subía y bajaba con una rapidez que no tenía que ver con el esfuerzo físico, sino con el pánico moral que la inundaba. El aire le quemaba los pulmones.
—¿Qué he hecho? —murmuró, y su voz sonó extraña, ronca, quebrada por los gemidos que acababa de proferir—. ¿Qué carajo acabo de hacer?
Sus manos, que aún olían a su hermano, a café y a sexo, se elevaron para cubrirse el rostro, pero se detuvieron a mitad de camino. No podía tocarse. No podía soportar la sensación de su propia piel sin que le recordara la de él. Con movimientos torpes, casi espasmódicos, comenzó a quitarse la ropa. Sus dedos tiraron del suéter amplio, esa prenda que había sido un refugio y que ahora era una prueba de su complicidad. La lana se resistió un instante antes de deslizarse por su cabeza, arrastrando consigo el top blanco, dejando al descubierto su torso pálido y marcado por el recuerdo de las manos de Leo. El sostén fue lo siguiente; el cierre se abrió con un chasquido suave, y la tela cayó hacia adelante, liberando sus senos, que aún parecían sensibles, erizados, con los pezones en un rosa oscuro y erecto que le recordaba a la posesión de su boca y sus dedos. Se inclinó entonces, balanceándose levemente, para enganchar las bragas negras con los pulgares. La tela, húmeda y pegajosa con la evidencia de su encuentro, se deslizó lentamente por sus muslos, sobre sus rodillas, hasta que pudo liberar un pie y luego el otro. Allí quedó, completamente desnuda frente al espejo empañado del baño, y la imagen que devolvía era la de una extraña. Su piel, suave y joven, estaba marcada por un leve rubor en las caderas, donde las manos de Leo se habían aferrado con fuerza. Sus ojos azules, antes claros y despreocupados, ahora parecían más profundos, con unas sombras bajo ellos y una chispa de algo que no era ni inocencia ni arrepentimiento total, sino una confusión ardiente.
Entró en la ducha y abrió el grifo, dejando que el agua, primero fría y luego tibia, cayera sobre su cuerpo como un diluvio purificador. Tomó la pastilla de jabón y comenzó a enjabonarse con furia, frotándose la piel como si pudiera borrar no solo el sudor y los fluidos, sino la memoria misma de lo ocurrido. Pero cuando sus dedos llegaron a su entrepierna, a ese lugar cálido y sensible que había sido violado y adorado por turnos, su movimiento se ralentizó. La fricción del jabón sobre su clítoris, aún hiperconsciente, le provocó un estremecimiento que nada tenía que ver con el asco. Un gemido bajo, involuntario, se le escapó. "No," pensó, "esto no puede estar pasando. Esto está mal." Pero su cuerpo, traicionero, recordaba la intensidad del placer, la potencia de esas embestidas, la crudeza de esas palabras que la habían excitado hasta un frenesí del que no se creía capaz. Se apoyó contra la pared de azulejos, dejando que el agua le corriera por la espalda, perdida en un torbellino de culpa y una lujuria renaciente que la aterraba.
Mientras tanto, en la sala, Leo recogía los restos del desayuno interrumpido. Una sonrisa amplia, satisfecha, casi animal, se había apoderado de su rostro. No había rastro de la duda o la culpa que devoraban a su hermana. En su mente, solo había una afirmación, clara y rotunda como un diamante: "Ya es mía." Cada gemido que había arrancado de su garganta, cada temblor de sumisión, cada jadeo de placer, había sido un clavo en el ataúd de su antigua relación. Ella había respondido, se había entregado, le había dicho "me encanta". Para él, eso era un contrato sellado con fuego y deseo. La posesión era ahora un hecho consumado.
Con movimientos calmados, recogió la ropa de Zoé del suelo del baño, donde ella la había dejado caer. El suéter, las bragas negras, el sostén blanco. Las sostuvo en sus manos, y su sonrisa se ensanchó al ver las manchas evidentes en la tela interior, la prueba tangible de su conquista. Sin llamar, abrió la puerta del baño y entró, aprovechando que la ducha corría y el vidrio esmerilado de la cabineta solo esbozaba la figura nebulosa de su hermana.
—Te voy a tener que comprar ropa nueva —anunció, su voz serena, cortando el sonido del agua—. No podés volver así a la casa de los viejos.
Zoé, al oír su voz tan cerca, dio un respingo y se cubrió instintivamente los pechos y el sexo con las manos, a pesar de la puerta de por medio.
—¡Salí! —gritó, con una voz que pretendía ser enfadada pero que sonó asustada.
Leo se rio, un sonido bajo y condescendiente. —Te vi desnuda dos veces en menos de un día —dijo, acercándose a la cabinera y apoyando una mano en el vidrio húmedo—. Con esta es la tercera. No te hagas la tímida ahora, hermanita.
Sus palabras, cargadas de una verdad irrefutable y de una intimidad forzada, actuaron como un hechizo de derrota sobre Zoé. Una lasitud, una extraña resignación, se apoderó de ella. ¿De qué servía esconderse? Él ya lo había visto todo, lo había tocado todo, lo había poseído todo. Lentamente, como en cámara lenta, bajó los brazos. Permaneció de pie bajo el agua, ofreciendo su desnudez a través del vidrio empañado, una rendición silenciosa que era, en sí misma, más erótica que cualquier acto explícito.
Leo disfrutó de la vista, de la silueta difusa pero reconocible, de la curva de sus caderas, de la plenitud de sus senos. —Vamos a comprar ropa —dijo finalmente, con un tono práctico que sonaba obsceno en el contexto—. Que esta noche tenemos que cenar con nuestros padres.
Media hora después, Zoé salía del baño, envuelta en una toalla y con el corazón aún en un puño. No tenía más opción que ponerse la ropa sucia, la única que tenía. Al vestirse, cada prenda le traía un recuerdo. El suéter olía a Leo, a su colonia y a su sudor. Las bragas, aunque secas, le recordaban la humillación y el éxtasis. Era como llevar puesta su culpa.
Se subió al auto en silencio. Leo condujo hacia un centro comercial, y durante todo el trayecto, Zoé miró por la ventana, viendo pasar el mundo normal, ajeno a su anormalidad. Cuando llegaron a una tienda de ropa joven y elegante, Leo, una vez más, tomó la delantera. Y lo hizo de la manera más descarada posible: tomó la mano de Zoé con naturalidad, entrelazando sus dedos con los de ella.
Zoé se quedó helada. Un hormigueo le recorrió el brazo, una mezcla de pánico y de esa maldita excitación que parecía haberse instalado en su cuerpo de forma permanente.
Una vendedora se acercó con una sonrisa profesional. —¿Buscaban algo en particular?
Leo la miró, y sin soltar la mano de Zoé, respondió con una tranquilidad pasmosa. —Venimos a comprar ropa para mi novia.
Las palabras resonaron en el aire como un disparo. "Novia". Zoé sintió que el suelo se movía bajo sus pies. Era una mentira, una farsa, una profanación de todo lo que eran. Pero también, en lo más recóndito de su ser, sintió un estúpido, pequeño y prohibido latido de emoción.
—Claro —dijo la vendedora, sin inmutarse—. ¿Algún estilo en particular?
—Yo me encargo —dijo Leo, y comenzó a recorrer los estantes con la seguridad de un dueño.
Zoé solo podía seguirlo, con la mano aún prisionera en la de él, sintiéndose como una muñeca. Leo eligió con ojo clínico, seleccionando prendas que realzaban su figura. Un vestido rojo, corto y ajustado, que gritaba provocación. Un conjunto de pantalón y camisa de seda, que prometía una elegancia sensual. Y luego, se dirigió a la sección de lencería.
—Probate esto —le dijo, entregándole un conjunto diminuto. La braga era una tira de encaje negro que apenas cubriría nada, y el corpiño, también de encaje, diseñado para elevar y mostrar sus senos de manera obscena.
—Leo, no puedo... —musitó ella, ruborizándose.
—Entra al probador —ordenó él, con una sonrisa que no admitía réplica—. Yo te espero acá.
La vendedora, captando la dinámica, guio a una Zoé titubeante hacia los probadores. Leo se sentó en un banco de terciopelo justo frente a la cortina de su cubículo, cruzó los brazos y esperó. Cuando Zoé, tras unos minutos de forcejeo interno, se vistió con la lencería y salió, cubierta solo por la bata del local, Leo le hizo una seña para que se la quitara.
—Dejame ver —dijo.
Ella, con las mejillas ardiendo, desató el cinturón de la bata y la dejó caer. Quedó expuesta en medio del local, aunque el área de probadores estaba semi-vacía. La encaje negra contrastaba ferozmente con su piel de porcelana. El corpiño elevaba sus senos, ofreciéndolos como una fruta prohibida. Los ojos de Leo se oscurecieron con un deseo inmediato y palpable. Recorrió cada centímetro de su cuerpo con la mirada, desde la garganta hasta los tobillos, y Zoé, bajo esa mirada, sintió cómo la vergüenza comenzaba a transformarse en otra cosa. Sintió un poder extraño, perverso. Estaba excitando a su hermano, y a ella, en el fondo más recóndito de su ser, eso le gustaba.
—Quédate con eso puesto —dijo él, su voz un poco más áspera—. Y probate el vestido rojo por arriba.
Zoé obedeció. Se probó el vestido, y la combinación de la lencería sensual bajo la tela ajustada la hacía sentir simultáneamente poderosa y terriblemente vulnerable. Leo aprobó con la cabeza, compró todo sin siquiera mirar los precios, y salieron de la tienda con varias bolsas.
De vuelta en el auto, la atmósfera era diferente. Zoé ya no miraba por la ventana con angustia, sino con una confusión expectante. Llevaba puesta la ropa nueva, la lencería negra rozándole la piel como un secreto sucio y excitante. Leo condujo en dirección a la casa de sus padres, pero cuando estaban a apenas tres cuadras, estacionó el auto en una calle arbolada y semi-desierta. Apagó el motor. El silencio fue absoluto.
Zoé lo miró, preguntándose qué pasaba. Entonces, Leo bajó la mirada hacia su propio regazo y, con movimientos deliberados, desabrochó su pantalón y bajó el cierre. Su miembro, ya semi-erecto, emergió, palpitando levemente en la penumbra del vehículo.
—¿Querés un aperitivo antes de llegar a casa? —preguntó, su voz tan casual como si le estuviera ofreciendo un caramelo.
El auto se convirtió en una cápsula de realidad distorsionada, un santuario profano donde el mundo exterior, con sus reglas y sus moralidades, se desdibujaba hasta desaparecer. La única luz era la tenue iluminación de la calle, filtrándose por el parabrisas y pintando de sombras largas el interior. El ofrecimiento de Leo, tan crudo y directo colgó en el aire entre ellos, un desafío y una invitación. Zoé no lo miró a los ojos; su mirada estaba clavada en la evidencia física de su deseo, en ese miembro que ya conocía íntimamente, que había sentido en lo más hondo de su ser y que ahora le era presentado como un aperitivo. Un torbellino de emociones contradictorias se agitó en su pecho: la vergüenza, la culpa, el miedo, pero por encima de todo, una excitación tan profunda y voraz que ahogaba a todas las demás. Era como si una versión oculta de ella, una mujer que no conocía, hubiera tomado el control.
Sin una palabra, sin permitirse pensar, se inclinó. El vestido rojo, nuevo y ajustado, se estiró sobre sus curvas. Su cabello rubio, ligeramente ondulado, cayó como una cortina dorada, rozando los muslos de su hermano. Antes de tomarlo por completo en su boca, se detuvo. Su lengua, rosada y húmeda, salió y recorrió la longitud de su erección con una lentitud deliberada, como si estuviera saboreando un helado, un manjar prohibido. La piel estaba tensa y caliente, y un leve estremecimiento recorrió a Leo.
—Así, hermanita —murmuró él, su voz ya más grave, cargada de una lujuria expectante—. Así, despacito. Hace como si fuera tu postre favorito.
Animada por sus palabras, Zoé comenzó a dar chupones suaves al principio, luego más firmes, explorando con sus labios carnosos la textura y el tamaño. Se sentía fuera de sí misma, observando la escena desde lejos, pero al mismo tiempo, cada sensación era intensamente suya. Levantó la mirada, sus ojos azules encontrándose con los de Leo a través de sus propias pestañas. Una chispa de picardía, nacida de la audacia del acto, brilló en ellos.
—¿Te gusta, hermano? —preguntó, su voz un hilacho sedoso y provocativo alrededor de su miembro, una pregunta retórica que ambos conocían la respuesta.
La mano de Leo se hundió en su cabello, no con fuerza, sino con posesión, acariciando su cuero cabelludo. —Me encanta tu boca juguetona —confesó, y su pulgar trazó la línea de su oreja—. Ahora, Zoé, abrí bien la garganta. Traga.
Ella obedeció. Tomó aire y, guiándose por la mano en su nuca, se lo llevó más adentro. La punta golpeó el fondo de su garganta, desencadenando un reflejo nauseoso inmediato. Sus ojos se llenaron de lágrimas instantáneas y se separó, tosiendo, con arcadas, la saliva colgando de sus labios. La sensación de asfixia fue violenta y repentina. Pero, para su propio asombro, en lugar de disuadirla, la encendió más. La humillación de ahogarse con él, la vulnerabilidad absoluta, se mezcló con un placer retorcido. "Esto es lo que soy para él," pensó, y la idea, en lugar de aterrarla, la excitó hasta un punto que no creía posible.
—Mira que lindo —rio Leo con suavidad, sin un ápice de compasión, disfrutando del espectáculo—. Mi hermana la nena bien, ahogándose con la verga de su hermano. ¿Te gusta sentir que te usan, Zoé? ¿Qué te llenan la boquita hasta que no poder respirar?
Ella, aun tosiendo, con las lágrimas corriendo por sus mejillas, asintió con la cabeza, sin poder hablar. Su sumisión era total, intoxicante.
—Entonces seguí —ordenó él—. No pares hasta que te salga por la nariz.
Zoé, impulsada por una necesidad animal que anulaba toda racionalidad, volvió a inclinarse. Esta vez, su movimiento fue más decidido. Comenzó a cabecear con un ritmo constante, aprendiendo a controlar su respiración, a relajar su garganta para recibirlo. Los sonidos húmedos y los jadeos llenaron el auto. Leo no dejaba de alentarla, su diálogo un torrente de palabras sucias que alimentaban el fuego.
—Eso es, putita —gruñó—. Así me gusta, tomando toda la leche que te va a dar tu hermano. ¿Sabes lo rico que es verte así, eh? Tan linda y tan sucia al mismo tiempo.
—Sí, hermano —logró gimotear ella entre embestidas—. Soy tu... tu putita.
—¿De quién es esta boquita tan linda?
—Tuya, Leo. Es toda tuya.
En un arrebato de audacia, Zoé se separó un momento. Su lengua, ahora experta y atrevida, descendió. Pasó por sus testículos con una caricia lenta y húmeda, sintiendo su peso y su textura, y luego comenzó un viaje de regreso, subiendo por la base del miembro con una lentitud agonizante, limpiando cada centímetro con la punta de su lengua, hasta llegar de nuevo a la punta, que engulló con un movimiento profundo y ahogado, tragando nuevamente, aceptando la invasión.
Leo gruñó, un sonido bestial. Sus manos, que hasta entonces se habían concentrado en su cabeza, comenzaron a recorrer su cuerpo por encima del vestido rojo. Palpó sus caderas, sus nalgas, la curva de su espalda, hasta que una de ellas se deslizó entre sus piernas. La tela del vestido y la encaje de la braga eran una barrera delgada. Sus dedos encontraron el nudo sensible de su clítoris a través de las telas y comenzaron a frotar en círculos firmes y expertos.
La combinación fue abrumadora. La sensación en su boca, las palabras humillantes y excitantes de su hermano, y ahora la estimulación directa en su punto más sensible, crearon una tormenta perfecta dentro de Zoé. Su respiración se convirtió en un jadeo desesperado alrededor del miembro de Leo, sus caderas comenzaron a moverse involuntariamente, buscando la presión de sus dedos.
—Vas a acabar, ¿no? —preguntó Leo, sin detener el movimiento de sus manos ni el de las caderas de ella—. Acaba, hermanita. Acaba chupándome la verga como la putita que sos.
Fue una orden, y su cuerpo, ya al borde del precipicio, no pudo desobedecer. Un orgasmo violento, silencioso pero intensísimo, la estremeció de pies a cabeza. Se arquearon su espalda y su cuello, un gemido largo y vibrante quedó atrapado en su garganta, ahogado por la carne que la llenaba, mientras las contracciones de su placer la sacudían una y otra vez.
Al sentir sus espasmos, Leo perdió el último vestigio de control. Agarró su nuca con ambas manos, con una fuerza que no era solo guía, sino dominación.
—Ahora, Zoé, todo —gruñó, sus caderas empujando hacia arriba—. Te lo vas a tragar todo. No desperdicies nada.
La embestida final fue profunda, y Zoé, en plena resaca de su propio orgasmo, sintió el chorro caliente en su garganta. Tragó por instinto, una, dos, tres veces, pero él no la soltaba, manteniéndola ahí, forzándola a tomar más de lo que podía contener. Se ahogó de nuevo, su rostro se congestionó, enrojeciéndose, las lágrimas brotando de sus ojos. Él se separó solo un poco, para volver a empujar, haciéndola tragar de nuevo su propia esencia mezclada con su saliva. Fue un acto de posesión total, de marcado, repetido hasta que Leo, con un último gruñido gutural, terminó de vaciarse.
Finalmente, la soltó. Zoé se desplomó contra el asiento del acompañante, jadeando, con la respiración entrecortada, la saliva y el semen formando un hilo brillante que le corría desde la comisura de los labios hasta la barbilla. Su cuerpo estaba exhausto, sobrestimulado, y su mente era un remolino de sensaciones contradictorias. Leo se ajustó el pantalón y luego, con un gesto inesperadamente tierno, le acarició el cabello, apartando los mechones sudorosos de su rostro.
—Ya que tomaste la leche —dijo, con esa sonrisa suya que era a la vez cariñosa y perversa—, vamos a cenar con nuestros padres.
Las palabras, tan crudas, tan llenas de un humor negro que solo ellos dos podían entender, no la avergonzaron esta vez. Por el contrario, una chispa de fuego prohibido se encendió en sus ojos azules, aún vidriosos. Se limpió la barbilla con el dorso de la mano y, con una sonrisa pequeña, complicitiva, y llena de una aceptación que ya no podía negar, respondió:
—Vamos, hermano.
El corto trayecto hasta la casa familiar se hizo en un silencio cargado. Zoé se miraba al espejo del sol visor, arreglándose el desorden de su cabello y el rojo de sus labios, intentando borrar las evidencias. Pero había algo que no podía limpiar: el sabor. Un regusto salado y distintivo que persistía en su boca, un recordatorio físico de lo que acababa de ocurrir.
Cuando Leo estacionó frente a la casa de sus padres, un nudo de ansiedad se le formó en el estómago a Zoé. La luz cálida de la ventana del living prometía una normalidad que ella ya no sentía propia. Al entrar, el aroma a comida casera los recibió. Sus padres, con sonrisas amplias y abiertos, se acercaron para saludarlos.
—¡Hijos, llegaron! —dijo su madre, abriendo los brazos.
Zoé se adelantó para el beso de rigor en la mejilla. Cuando la piel de su madre rozó la suya, y ella sintió el olor familiar del perfume de su madre, una ola de culpa la golpeó. Pero fue peor cuando su padre se acercó.
—Hola, papi —dijo, inclinándose para besarlo.
En ese instante, en la intimidad de ese gesto cotidiano y familiar, el sabor a Leo, persistente e inconfundible en su propia boca, se convirtió en un secreto a gritos. Sintió que el sabor se transfería, que su padre podía sentirlo, que todos podían ver la mancha invisible que llevaba puesta. Se separó rápidamente, una sonrisa tensa y forzada en sus labios.
—Huele bárbaro la comida —dijo Leo, con una naturalidad pasmosa, poniendo una mano en el hombro de Zoé, una posesión disfrazada de gesto fraternal.
Ella lo miró, y en sus ojos, Leo vio no solo la culpa y la confusión, sino la chispa de ese fuego que habían encendido juntos. La cena con sus padres había comenzado, y Zoé, la hija obediente, la hermana menor, se sentaba a la mesa con el sabor de su hermano en la boca y el peso de su nuevo y prohibido secreto anclado en el alma.
Continuara...



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