Mi Hermana, Mi Obsesión - Parte 2

 


El sol del mediodía se filtraba a través de las persianas semiabiertas, proyectando franjas de luz dorada y caliente que cortaban la penumbra de la habitación. Fue esa luz, insistente y ajena a sus párpados cerrados, lo que finalmente logró arrastrar a Zoé de vuelta a la conciencia. Un martilleo sordo y persistente en sus sienes fue la primera bienvenida, el eco punzante de la fiesta de la noche anterior. Con un gemido bajo, giró sobre la cama, las sábanas frescas rozando su piel desnuda. Desnuda. Ese detalle tardó un segundo en registrarse, pero cuando lo hizo, sus ojos se abrieron de par en par, una descarga de adrenalina limpiando por un instante la neblina de la resaca. 


—¿Dónde estoy? —murmuró para sí, su voz un hilacho áspero. 


La habitación no era la suya. Las paredes eran de un gris claro, austeras, sin los pósters ni las fotos que poblaban su espacio personal. Pero no era un lugar completamente desconocido. Reconoció la lámpara de mesa, de diseño minimalista, y la vista por la ventana, que daba a un pequeño jardín comunitario. Era el cuarto de visitas de Leo. Un alivio inmediato, aunque leve, la recorrió. Se había quedado a dormir aquí antes, en esas ocasiones en que sus padres se iban de viaje y ella, más joven, prefería la compañía de su hermano mayor a la soledad de la casa paterna. Aquel contexto familiar, sin embargo, chocaba de frente con el hecho de su desnudez. Se incorporó, llevándose las sábanas al pecho, y escaneó la habitación. Tirado sobre una silla, veía el pequeño vestido azul eléctrico, ahora arrugado y emanando un leve pero perceptible olor a alcohol mezclado con el dulzón aroma del cigarrillo ajeno. Una ola de vergüenza por su estado de la noche anterior la inundó. 


"Menos mal que Leo me trajo acá," pensó, agradeciendo, como siempre, la sombra protectora de su hermano. Con movimientos aún un poco torpes, se levantó y fue hacia el placard empotrado. Sabía que ahí, en el estante de arriba, guardaba Leo algunas cosas para las visitas esporádicas. Encontró, doblada con pulcritud, la ropa que había dejado la última vez: unas bragas negras sencillas, un sostén blanco sin alambres, un top ajustado del mismo color y un suéter amplio, de lana suave, con un estampado geométrico en tonos negros y gris. Se vistió con rapidez, la ropa interior ajustándose a su cuerpo con una familiaridad tranquilizadora. El suéter, grande y cómodo, le llegaba hasta la mitad de los muslos, cubriendo por completo sus nalgas. Al no encontrar medias, decidió quedarse descalza. La sensación de la madera fría del piso bajo sus pies desnudos era otra ancla a la realidad, a un presente que, pese al dolor de cabeza, empezaba a parecer manejable. 


Salió del cuarto en puntas de pie, con la intención de dirigirse a la cocina en busca de agua. El pasillo estaba en silencio. Al pasar frente a la habitación de su hermano, no pudo evitar detenerse. La puerta estaba entreabierta, y desde el umbral podía verlo. Leo dormía de espaldas a ella, las sábanas enrolladas en su cintura, dejando al descubierto la espalda desnuda. La luz de la mañana acariciaba los músculos de sus hombros y su espalda, marcados, definidos por incontables horas de entrenamiento. No era la complexión voluminosa de un culturista, sino la de un atleta: fibrosa, poderosa, eficiente. Incluso en reposo, su cuerpo transmitía una fuerza latente, una aura de masculinidad tan tangible que parecía llenar la habitación y extenderse por el pasillo. Zoé se quedó mirando por un momento, una sensación extraña, un cosquilleo que no era del todo fraternal, le recorrió el estómago. Bajó la vista rápidamente, como si hubiera sido sorprendida espiando algo prohibido, y continuó su camino hacia la cocina. 


Una vez allí, abrió la heladera y sacó una jarra de agua. Bebió uno, dos, tres vasos largos, sintiendo el líquido frío apagar la sed y aliviar levemente la aridez en su garganta. Con el vaso vacío en la mano, se permitió observar el departamento. Era amplio, luminoso, decorado con un estilo moderno y sobrio que gritaba "hombre soltero con buen pasar". Se acordó de que Leo, con solo veintiséis años, no solo era propietario de este lugar sino también de una cadena de tres gimnasios que marchaban viento en popa. Una punzada de admiración, teñida de ese cariño orgulloso que siempre había sentido por su hermano exitoso, la atravesó. Él siempre había sido su referente, el pilar inquebrantable. 


Decidió ir a la sala, pero en lugar de sentarse en el amplio y cómodo sillón, se deslizó hasta el suelo, apoyando la espalda contra el mueble, como si necesitara la solidez de algo para no flotar lejos. Cerrando los ojos, respiró hondo y se obligó a bucear en los fragmentos desordenados de la memoria. La fiesta... demasiadas copas... sentirse mareada... y luego, el recuerdo más nítido, ardiente y confuso: unos brazos fuertes, inmensamente fuertes, envolviéndola. Una sensación de ser poseída, de ser llevada a un éxtasis que nunca antes había experimentado. Recordaba la textura de una piel contra la suya, el peso de un cuerpo sobre ella, movimientos enérgicos y profundos que la hacían gritar de un placer casi doloroso. Un calor se le extendió por el rostro y el cuello. Había hecho el amor. Y había sido increíble. Catártico. Pero el rostro de ese hombre era un vacío, una sombra sin características en su memoria alcoholizada. 


"Algún amigo de mi hermano," se dijo, buscando una explicación lógica. "Alguien que me ayudó y... una cosa llevó a la otra." Pero la lógica se resquebrajaba de inmediato. "Pero mi hermano jamás me presentó sus amigos. Y menos para que... eso pasara bajo su techo." La incongruencia le produjo un leve mareo. Mientras forcejeaba con esos retazos de memoria sensorial, una figura se interpuso entre ella y la luz de la ventana. 


Era Leo. Se había puesto un bóxer negro, ajustado, que dejaba muy poco a la imaginación respecto al bulto que marcaba con insolente claridad. Su torso, ahora completamente visible, era una cartografía de músculos definidos, desde los abdominales marcados en tableta de chocolate hasta el pecho ancho y los brazos poderosos. Gotas de agua aún brillaban en su piel, como si se hubiera salpicado el rostro al lavarse. 


—Buenos días, hermanita —dijo su voz, un bajo sereno que pareció vibrar en el silencio de la sala. 


Zoé alzó la vista, y por un instante, la imagen de su hermano, casi desnudo y bañado por la luz de la mañana se superpuso con la sensación fantasma de aquellos brazos fuertes de su recuerdo. Su corazón dio un vuelco brusco y potente, un thump tan fuerte que casi pudo oírlo. Una reacción física completamente inesperada. 


—Buenos días, Leo —respondió, esforzándose porque su voz sonara normal. De pronto, se sintió terriblemente expuesta en el suelo, con el suéter que, sentada, se le había subido dejando al descubierto la parte superior de sus muslos. Con un movimiento rápido, casi nervioso, se puso de pie, tirando con fuerza de la lana para asegurarse de que el suéter cubriera hasta el final de sus nalgas, como buscando una armadura contra esa mirada que, por primera vez, notaba que no era solo fraternal. 


Él la observó, y una sonrisa leve, casi imperceptible, jugueteó en sus labios. —Vamos a desayunar —propuso, girando hacia la cocina-comedor. 


—Bueno —asintió ella, siguiéndolo. 


La distancia entre la sala y la cocina era corta. Como era costumbre entre ellos, al llegar a su altura, ambos se inclinaron al mismo tiempo para darse el ritualístico beso en la mejilla. Pero cuando la piel de su rostro rozó la de él, sucedió. El corazón de Zoé volvió a palpitar con una fuerza descomunal, un latido salvaje y acelerado que le resonó en los oídos. No fue un simple saludo. Fue una descarga eléctrica, un fogonazo de memoria corporal que no pasó por su cerebro consciente, sino que surgió de lo más profundo de sus nervios. Por una fracción de segundo, el olor de su piel, la textura de su mejilla recién afeitada, la calidez de su proximidad... todo se amalgamó con los fragmentos ardientes de la noche anterior. Fue un instante, tan breve como devastador, y luego se separaron, la rutina aparentemente intacta. 


Mientras Leo abría la heladera y comenzaba a sacar huevos, pan, y palta para preparar un desayuno liviano, su mente, sin embargo, ya no estaba en la comida. Su siguiente movimiento ya se estaba calculando detrás de sus ojos azules, ahora fríos y determinados. Lo ocurrido la noche anterior no sería el fin. Había sido solo el primer, y más arriesgado, movimiento. Ahora, con ella despierta, vulnerable y confundida, pero con su cuerpo recordando lo que su mente se negaba a aceptar, comenzaba la partida verdadera. La partida para hacerla suya, no en la sombra del alcohol, sino a la fría y clara luz del día. 


El silencio en el comedor era tan denso que casi se podía palpar, interrumpido solo por el leve tintineo de los cubiertos contra los platos y el distante rumor del tráfico matutino. Zoé concentraba toda su atención en el pan tostado con palta, como si la correcta distribución del condimento sobre la superficie crujiente fuera la tarea más crucial del mundo. Leo, frente a ella, bebía sorbos lentos de su café negro, sus ojos, de un azul gélido, posados en ella con una intensidad que hacía que la nuca se le erizara. Las miradas se encontraban, chocaban en el centro de la mesa como espadas invisibles, un forcejeo mudo cargado de todo lo no dicho, de todo lo recordado a medias y de todo lo visceralmente sentido. Ella bajaba la vista de inmediato, el corazón acelerándose como un pájaro enjaulado. Él desviaba la suya hacia la ventana, pero solo por un instante, antes de que su atención, como un imán, regresara a la figura de su hermana, tan frágil y deseable en ese suéter enorme que solo conseguía aumentar su aura de vulnerabilidad. 


La normalidad del acto de desayunar se convirtió en una farsa insostenible. Cada bocado que Zoé llevaba a su boca sentía el peso de esa observación constante. Cada vez que sus dedos rozaban el borde de su vaso de jugo de naranja, era consciente de la mirada de Leo siguiendo el movimiento. Su mente, aún nublada por la resaca, pero ahora también por la confusión de esos recuerdos fragmentarios y de esa reacción física incontrolable al beso en la mejilla, era un torbellino. Intentaba aferrarse a la lógica, a la moral, a los años de ser simplemente hermanos, pero la imagen de Leo casi desnudo en su habitación y, sobre todo, la sensación fantasma de aquellos brazos fuertes y anónimos, se interponían como un muro de niebla ardiente. 


Fue Leo quien finalmente quebró la tensión, o más bien, quien la hizo estallar. Con un movimiento fluido y decidido, se levantó. Zoé, absorta en sus propios conflictos internos, no supo reaccionar hasta que sintió su calor a sus espaldas. Antes de que pudiera girar o preguntar, sus brazos, esos mismos brazos que había admirado y que ahora reconocía con un pánico excitado, la envolvieron desde atrás, inmovilizándola contra su pecho. Su voz, un susurro ronco y cargado de una intimidad brutal, le llegó al oído, caliente y húmedo. 


—Me encantó como te hice gemir anoche —dijo, y las palabras no fueron solo sonidos, fueron un disparo directo a su memoria corporal, desenterrando la verdad que su conciencia se negaba a aceptar. 


Al mismo tiempo, una de sus manos, grande y callosa, se deslizó por debajo de su suéter, buscando y encontrando sin vacilar la curva de su seno a través de la fina tela del top. Zoé se quedó paralizada. El mundo se detuvo. El ruido del tráfico se desvaneció. Solo existía el calor de ese cuerpo contra su espalda, la presión de esa mano en su pecho, y esas palabras, esas palabras que confirmaban su más terrible y excitante El silencio en el comedor era tan denso que casi se podía palpar, interrumpido solo por el leve tintineo de los cubiertos contra los platos y el distante rumor del tráfico matutino. Zoé concentraba toda su atención en el pan tostado con palta, como si la correcta distribución del condimento sobre la superficie crujiente fuera la tarea más crucial del mundo. Leo, frente a ella, bebía sorbos lentos de su café negro, sus ojos, de un azul gélido, posados en ella con una intensidad que hacía que la nuca se le erizara. Las miradas se encontraban, chocaban en el centro de la mesa como espadas invisibles, un forcejeo mudo cargado de todo lo no dicho, de todo lo recordado a medias y de todo lo visceralmente sentido. Ella bajaba la vista de inmediato, el corazón acelerándose como un pájaro enjaulado. Él desviaba la suya hacia la ventana, pero solo por un instante, antes de que su atención, como un imán, regresara a la figura de su hermana, tan frágil y deseable en ese suéter enorme que solo conseguía aumentar su aura de vulnerabilidad. 


La normalidad del acto de desayunar se convirtió en una farsa insostenible. Cada bocado que Zoé llevaba a su boca sentía el peso de esa observación constante. Cada vez que sus dedos rozaban el borde de su vaso de jugo de naranja, era consciente de la mirada de Leo siguiendo el movimiento. Su mente, aún nublada por la resaca pero ahora también por la confusión de esos recuerdos fragmentarios y de esa reacción física incontrolable al beso en la mejilla, era un torbellino. Intentaba aferrarse a la lógica, a la moral, a los años de ser simplemente hermanos, pero la imagen de Leo casi desnudo en su habitación y, sobre todo, la sensación fantasma de aquellos brazos fuertes y anónimos, se interponían como un muro de niebla ardiente. 


Fue Leo quien finalmente quebró la tensión, o más bien, quien la hizo estallar. Con un movimiento fluido y decidido, se levantó. Zoé, absorta en sus propios conflictos internos, no supo reaccionar hasta que sintió su calor a sus espaldas. Antes de que pudiera girar o preguntar, sus brazos, esos mismos brazos que había admirado y que ahora reconocía con un pánico excitado, la envolvieron desde atrás, inmovilizándola contra su pecho. Su voz, un susurro ronco y cargado de una intimidad brutal, le llegó al oído, caliente y húmedo. 


—Me encantó como te hice gemir anoche —dijo, y las palabras no fueron solo sonidos, fueron un disparo directo a su memoria corporal, desenterrando la verdad que su conciencia se negaba a aceptar. 


Al mismo tiempo, una de sus manos, grande y callosa, se deslizó por debajo de su suéter, buscando y encontrando sin vacilar la curva de su seno a través de la fina tela del top. Zoé se quedó paralizada. El mundo se detuvo. El ruido del tráfico se desvaneció. Solo existía el calor de ese cuerpo contra su espalda, la presión de esa mano en su pecho, y esas palabras, esas palabras que confirmaban su más terrible y excitante sospecha. 


"Fue él el que me hizo sentir como una mujer única anoche." El pensamiento fue un relámpago que iluminó la oscuridad de su confusión. "Fue él el que me hizo gemir como una puta." La crudeza de su propio pensamiento la sacudió. "Esto debo detenerlo ahora." Era lo que debía hacer, lo que cualquier persona en su sano juicio haría. Abrir la boca, protestar, gritar, empujarlo. Pero antes de que una sílaba de negación pudiera formarse en sus labios, Leo giró su rostro hacia ella y capturó su boca con la suya. 


Este beso no fue como el de la mejilla, ni siquiera como el confuso beso borracho de la noche anterior. Este fue un beso consciente, apasionado, demandante. Fue una reclamación. Y para horror y éxtasis de Zoé, su cuerpo respondió antes que su mente. Un gemido suabe, involuntario, vibró en su garganta y se perdió en la boca de él. Sus labios, aquellos labios carnosos que ahora reconocía como los de su hermano, se movieron contra los de Leo con una urgencia que le era ajena. "Dios, que bien besa mi hermano," pensó, y la perversión de ese pensamiento la encendió por dentro aún más. 


Para Leo, esa respuesta, ese gemido y ese beso devuelto, fue la confirmación definitiva. No era solo el alcohol de la noche anterior; había algo más, un fuego que ahora ardía también en ella. Sin perder un segundo, aprovechando su ventaja y la rendición inicial de su cuerpo, la agarró con una fuerza que la dejó sin aire y, con un movimiento rápido, la posicionó boca abajo sobre la mesa de madera. Los restos del desayuno fueron empujados a un lado con un ruido de loza y cubiertos. Zoé apenas tuvo tiempo de procesar el cambio de posición. Sintió sus manos subiéndole el suéter por la espalda, dejando su piel al descubierto hasta la cintura, y luego, esos mismos dedos engancharon el elástico de sus bragas negras y se las bajaron hasta sus rodillas. El aire frío de la habitación rozó su piel desnuda, erizándole los vellos. 


Ella escuchó el roce de la tela cuando Leo liberó su miembro de su bóxer. Luego, sintió la presión de su erección, dura y caliente, deslizándose por el surco de su sexo, por fuera, una caricia obscena y deliberada que hizo que un nuevo y húmedo calor floreciera en su interior. 


—Ya estás mojadita, hermanita —murmuró él, y su voz era una mezcla de triunfo y lujuria. 


Zoé se moría de vergüenza. Él no mentía. Su cuerpo, traicionero, excitado más allá de lo que jamás había experimentado, delataba una verdad que su mente se resistía a aceptar. La humillación y el placer se mezclaban en un cóctel explosivo. 


—Despacio, hermano —logró articular, en un susurro que era más una súplica que una orden, y del que se arrepintió casi de inmediato, porque en esas palabras había una aceptación, un permiso que no debía haber dado. 


Leo lo tomó exactamente como eso: un permiso. Con una mano firme en su cadera, guio la punta de su miembro hacia su entrada y comenzó a penetrarla. Fue una intrusión lenta, deliberada, una conquista centímetro a centímetro. Zoé gimió, enterrando su rostro en la madera fría de la mesa, sintiendo cómo su cuerpo se abría para recibirlo, cómo la sensación de plenitud y transgresión la inundaba por completo. Su mente gritaba "¡Esto está mal!", pero su cuerpo, cada fibra de su ser, clamaba "¡Pero qué bien se siente!". 


—Qué apretada que estás, hermanita —gruñó Leo cuando estuvo completamente dentro de ella, y sus palabras, sucias y posesivas, actuaron como un afrodisíaco directo en el ya sensible sistema nervioso de Zoé. 


Cada sílaba que salía de su boca la excitaba más, alimentando un fuego que ya era incontrolable. La sensación era tan abrumadora, la mezcla de culpa y placer tan intensa, que apenas unos instantes después de que Leo comenzara a moverse con un ritmo pausado pero profundo, un orgasmo violento y sorpresivo estalló en su interior, haciéndola arquearse contra la mesa con un grito ahogado. 


Leo se inclinó sobre ella, su aliento caliente en su oído. —Recién comenzamos, hermanita, no te desesperes —susurró, y su tono era de dominación absoluta, de quien sabe que tiene el control total de la situación y del cuerpo de la otra persona. 


Sin darle tiempo a recuperarse, agarró sus caderas con más fuerza y comenzó a embestirla con una energía renovada, cada movimiento más enérgico, más posesivo que el anterior. Los golpes de sus cuerpos contra la mesa marcaban un ritmo primal. Luego, después de unos minutos de este ritmo frenético, la dio vuelta con facilidad, dejándola boca arriba sobre la superficie ahora fría y despejada. Sus ojos, vidriosos por el placer, se encontraron con los de él, que ardían con un fuego azul y oscuro. Sin mediar palabra, Leo levantó sus piernas, colocándoselas sobre los hombros, abriéndola por completo, y volvió a penetrarla en esta nueva posición, aún más profunda, aún más expuesta. 


Los gemidos de Zoé ya no podían ser contenidos. Salían de su garganta en quejidos largos y cargados de una entrega que ya no podía negar. 


—¿Te gusta cómo te hace sentir tu hermano? —preguntó Leo, sin detener su ritmo implacable, clavando su mirada en la de ella. 


Zoé, con los ojos nublados, la respiración entrecortada y todo rastro de resistencia evaporado, jadeó la respuesta que ambos esperaban. —Me e... me encanta. 


—Me encanta, ¿qué? —exigió él, aumentando el ritmo, embistiendo un punto dentro de ella que la hacía ver estrellas. 


—Me encanta... hermano —gimió, sumisa, avergonzada y completamente perdida en la sensación. 


—Decís que te gusta esta verga adentro tuyo —ordenó, su voz áspera por el esfuerzo y la excitación. 


—Me gusta... tu verga adentro mío —obedeció ella, sintiendo cómo las palabras sucias, pronunciadas en ese contexto prohibido, la excitaban hasta límites insospechados. 


—¿De quién es este cuerpito, Zoé? —preguntó, agarrando sus muñecas y sujetándolas contra la mesa. 


—Tuyo... es tuyo, Leo —gimoteó, completamente rendida. —Estoy por... segunda vez —anunció, sintiendo la familiar tensión acumulándose de nuevo en su bajo vientre. 


—Acaba mirándome a los ojos —le ordenó él, sin detenerse, clavándole su mirada feroz y posesiva. 


Ella obedeció. Mantuvo sus ojos azules, llenos de lágrimas de placer y confusión, fijos en los de él mientras la segunda ola de su orgasmo la arrasaba, más intensa si cabe que la primera, un terremoto que parecía sacudirla hasta el alma, y todo mientras la mirada de su hermano la poseía tan completamente como su cuerpo. 


Verla llegar al clímax de esa manera, con esa sumisión absoluta y mientras lo miraba a los ojos, fue la gota que colmó el vaso para Leo. Con unos embates finales, profundos y salvajes, se vació dentro de ella, un gruñido gutural escapando de su pecho mientras lo hacía, marcándola, poseyéndola una vez más. 


Luego, se separó lentamente. Zoé permaneció tumbada sobre la mesa, jadeando, transpirando, sintiendo el fluido de ambos mezclarse entre sus piernas. Su cuerpo estaba exhausto, sobreestimulado, y su mente era un campo de batalla en silencio. Leo se ajustó el bóxer y la miró desde arriba, con una expresión de satisfacción animal. La miraba mientras ella, tendida sobre los restos de su desayuno y su moral, jadeaba como lo que, en ese momento, se sentía: una linda cerdita, satisfecha, usada y completamente consciente de que nada volvería a ser igual. 



Continuara... 

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