Mi Hermana, Mi Obsesión - Parte 1
El aire en la casa de la amiga era pesado, cargado con el dulce y agrio aroma del alcohol derramado y el sudor de docenas de cuerpos jóvenes que habían bailado hasta el agotamiento. La fiesta, como un organismo que expira, se desinflaba en jadeos; solo quedaban los rezagados, los inconscientes y los escombros. Y entre esos escombros, tirada como un ángel caído en el suelo entre un par de sillones manchados, yacía Zoé Silva. Su cuerpo esbelto y proporcionado era una curva pálida contra la oscuridad de la alfombra. El vestido corto, de un azul eléctrico que ahora parecía apagado, se había enrollado alrededor de sus caderas, revelando la fina tela de sus bragas y la suave extensión de sus muslos. Su complexión, normalmente delicada pero saludable, parecía frágil en su abandono, vulnerable. El cabello rubio claro, ligeramente ondulado, era un halo despeinado alrededor de su rostro armonioso, pegado a su sien por un fino sudor. Sus facciones suaves, la piel clara como porcelana iluminada por la tenue luz de una lámpara de pie, los labios definidos y carnosos entreabiertos en un ronquido suave, componían una imagen de una belleza tan inocente como perturbadora. Sus ojos claros, de un azul que Leo sabía que podía ser tanto el de un cielo de verano como el de un mar en tempestad, estaban cerrados, las pestañas rubias formando un abanico oscuro sobre sus pómulos.
Fue una de sus amigas, una chica con los ojos desorbitados por la preocupación y el resto de la noche, quien, tras hurgar en el bolso de Zoé, encontró el número marcado como "Leo ❤️" y lo llamó. La voz al otro lado de la línea fue un bajo sereno que cortó la niebla de su propio aturdimiento. —¿Zoé? ¿Pasó algo? —La explicación fue titubeante, teñida de culpa: "Se pasó de copas, Leo, no reacciona, y no sé qué hacer..." —Estoy en camino. Dirección —fue la respuesta, un comando simple y eficiente que no admitía discusión.
Cuando Leo Silva empujó la puerta principal, que habían dejado entreabierta, su presencia llenó de inmediato el espacio residual de la fiesta. Era más alto que la mayoría, con una anchura de hombros que hablaba de un trabajo físico o una dedicación al gimnasio, o quizás a ambos. Su rostro, heredero de la misma armonía de facciones que su hermana, pero en una clave masculina y más severa, estaba marcado por una preocupación que fruncía su ceño. Sus ojos, del mismo color azul claro que los de Zoé, pero más profundos, más oscuros, escanearon la estancia con rapidez hasta posarse en la figura postrada en el suelo. Algo se le encogió por dentro, una mezcla de protector instinto fraternal y otra cosa, más oscura, más honda, que se agitaba en su pecho desde hacía tiempo, desde que su hermanita había cruzado el umbral de los dieciocho años y se había transformado, ante sus ojos, en una mujer.
—Zoé —murmuró, arrodillándose a su lado. Su voz era suave, pero con una cualidad de roca, firme. —Vamos, hermanita, despierta. Es hora de ir a casa.
Ella murmuró algo ininteligible, volviendo la cabeza hacia la fuente de calor y familiaridad que su cuerpo, incluso intoxicado, reconocía. Leo deslizó un brazo bajo sus hombros y otro bajo sus rodillas, y con un movimiento fluido que denotaba fuerza, la levantó del suelo. Ella se hundió contra su pecho, su cabeza cayendo sobre su hombro, el aliento cálido y cargado de alcohol llegando a su cuello. Su cabello rubio le rozó la barbilla, y un aroma a champú de manzana y a vodka barato se mezcló en sus sentidos. La llevó en brazos como si fuera una pluma, esquivando los vasos vacíos y los cuerpos adormecidos, hacia la noche fresca.
La puerta del auto se cerró con un golpe sordo. Leo ajustó el asiento del acompañante para que Zoé quedara semi-incorporada, el cinturón de seguridad cruzando su torso de manera que no presionara su pecho. Ella se dejó hacer, un muñeco de trapo de insólita belleza. Cuando Leo se acomodó en el conductor y arrancó el motor, el rugido apenas fue un susurro en el silencio del habitáculo. La calle desierta se deslizaba ante ellos, las farolas pintando franjas de luz anaranjada que barrían el interior del coche, iluminando por instantes el perfil dormido de su hermana. Y fue en ese espacio confinado, en esa intimidad forzada por la circunstancia, donde Leo permitió que el pensamiento que siempre acallaba saliera a la superficie.
"Desde que cumplió la mayoría de edad, ya no la veo como antes." La miró de reojo. La luz jugaba en sus pómulos, en la curva de su labio inferior. "Ese vestido... es demasiado corto. Cualquiera podría... Cualquiera podría haberle hecho algo." Su puño se apretó alrededor del volante de cuero. "No es solo mi hermana pequeña. Es... Zoé. Una mujer. Y la deseo." La admisión, silenciosa y brutal, resonó en su cráneo con la fuerza de una verdad largamente negada. No era un deseo vago o platónico; era una urgencia física, un calor que le recorría las venas y se concentraba en su entrepierna, un anhelo de sentir esa piel que solo había rozado por accidente, de explorar las curvas que el vestido esbozaba de manera tan tentadora. Cada ronquido suave, cada movimiento inconsciente de su cabeza contra el reposacabezas, era una tortura y una provocación.
Y entonces, sin que su mente consciente lo decidiera completamente, sus manos giraron el volante en una intersección, tomando un camino diferente. No era la ruta hacia la casa de sus padres, la casa de la infancia compartida, de los recuerdos inocentes. El destino ahora era otro, un apartamento en un edificio moderno, su guarida personal, el lugar donde Leo era el único dueño de sus decisiones y sus secretos. Un nudo de culpa y excitación se le formó en la garganta. "¿Qué estoy haciendo?" Pero el impulso, una vez liberado, era más fuerte que la razón.
El ascensor hasta su piso fue un viaje en un silencio aún más profundo. Zoé, ahora un poco más consciente, o al menos, menos inconsciente, apoyaba la cabeza en la pared fría del ascensor, sus ojos entreabiertos sin ver realmente. —¿Dónde...? —murmuró, su voz ronca por el alcohol.
—Estás a salvo, Zoé. Conmigo —respondió Leo, su propia voz extrañamente áspera.
Al cruzar la puerta de su apartamento, la atmósfera cambió. Aquí todo olía a él, a limpio, a lejía, a un perfume amaderado. No había rastros de familia, solo la vida de un hombre soltero. Sin encender la luz principal, la guio por la penumbra hacia el baño. —Vamos, necesitas una ducha. Te va a despejar.
—No puedo... —protestó ella débilmente, dejándose guiar.
—Sí puedes. Yo te ayudo.
La apoyó contra la pared fría de azulejos del baño y encendió la luz. La claridad cruda reveló lo descompuesta que estaba, pero también acentuó su belleza vulnerable. Leo respiró hondo, librando una batalla interna feroz. El hombre que la deseaba ganaba terreno al hermano protector. Con manos que trataban de no temblar, buscó el cierre del vestido, un pequeño tirante escondido en el costado. Al tirar de él, la tela elástica cedió, y el vestido azul se deslizó por su cuerpo como una cáscara, formando un charco de seda a sus pies. Zoé permaneció de pie, tambaleándose ligeramente, vestida solo con su ropa interior: unas bragas sencillas de algodón y un sostén a juego que parecían incongruentes con la sensualidad del vestido que acababa de caer.
"Su piel... es aún más suave de lo que imaginaba." Leo contuvo el aliento. Su espalda, sus hombros, la curva de su cintura, todo era una topografía de seda pálida, iluminada por la luz blanca del baño. Con un movimiento deliberadamente lento, como si realizara un ritual, desabrochó el sostén. La tela se abrió, y sus senos, firmes y redondos, propios de una mujer de dieciocho años en la cúspide de su florecimiento, se liberaron. Los pezones, de un rosa pálido y delicado, se contrajeron levemente con el cambio de temperatura y la corriente de aire. Leo sintió una punzada de deseo tan intensa que le dobló las rodillas. Luego, se arrodilló ante ella, y con la misma lentitud ritualista, le enganchó las bragas con los pulgares y se las bajó por sus piernas esbeltas, ayudándola a sacar un pie y luego el otro. Y allí estaba, completamente desnuda ante sus ojos, en el santuario de su baño. Su cuerpo era una revelación: la suave concavidad de su vientre, el triángulo rubio y bien definido de su vello púbico, la larga y graciosa línea de sus piernas. Todo era joven, firme, y profundamente erótico en su total abandono y confianza.
La tomó en brazos de nuevo, sintiendo el contacto completo de su piel desnuda contra su ropa, una sensación eléctrica que le recorrió todo el cuerpo, y la introdujo en la ducha. Abrió el grifo, probando la temperatura con la mano antes de dejar que el agua tibia cayera sobre su cabeza y sus hombros. Zoé gimió, al principio por la sorpresa, y luego, como el agua comenzó a calmar su piel y a disipar un poco la niebla de su mente, un sonido de alivio. Leo tomó el jabón, una pastilla sin perfume, y comenzó a enjabonar su espalda con movimientos circulares, impersonales al principio, pero que se volvían cada vez más lentos, más apreciativos.
Se inclinó entonces, acercando su rostro a su cuello, a su cabello mojado. El aroma a manzana se intensificó con el agua, mezclándose con el vapor y el olor limpio del jabón. Era la esencia de ella, de su Zoé, la niña que había sido y la mujer que ahora tenía en sus brazos, desnuda y vulnerable. Y entonces, las palabras salieron de sus labios en un susurro ronco, cargado de una posesividad que ya no podía ocultar, un pensamiento que ya no era solo suyo, sino que flotaba en el aire húmedo del baño, dirigido a su oído inconsciente:
—Hermanita... mira si un hombre malo te hubiese hecho algo en la fiesta... menos mal que llegué a tiempo.
La conciencia de Zoé era un mar revuelto y poco profundo, donde las olas de la embriaguez chocaban con los escollos de una realidad que no lograba encajar. No reconocía la textura de los azulejos bajo sus pies, ni la sombra alta y ancha que se movía frente a ella, manipulando su cuerpo con una familiaridad que, en su estado, le resultaba ambos confortante y lejanamente alarmante. El agua, que ahora corría tibia por su piel, era una sensación placentera, un diluvio que limpiaba el sudor pegajoso de la fiesta pero que no lograba disipar la niebla dentro de su cabeza. Balbuceó algo, un intento de pregunta que se convirtió en un sonido gutural y sin forma. —¿Dónde... el auto...? —logró articular, sus palabras pesadas como piedras. Sus ojos, de un azul velado por el alcohol, trataban de enfocarse en la figura que la sostenía, pero solo captaban destellos: un hombro ancho, la línea de una mandíbula fuerte, unos ojos oscuros que la observaban con una intensidad que no alcanzaba a comprender. Su cuerpo, liberado de las restrictivas telas de la fiesta, respondía a las manos que lo enjabonaban con una languidez total, una entrega física que su mente era incapaz de procesar. Era como un sueño húmedo y cálido, una fantasía sensorial donde ella flotaba, ajena a las consecuencias.
Leo, por su parte, navegaba en un océano mucho más peligroso y propio. Cada centímetro de piel que sus dedos recorrían era un territorio nuevo y prohibido que se le entregaba sin resistencia. La suavidad de su espalda, la curva de su cintura, la firme redondez de sus glúteos, todo alimentaba un fuego que había contenido durante meses, desde que la niña que recordaba se había transformado en esta mujer que ahora temblaba bajo su cuidado. El vapor del agua se mezclaba con el calor que emanaba de su propio cuerpo, creando una atmósfera asfixiante y cargada de electricidad. Cuando finalmente cerró la llave del agua, el silencio que llenó el baño fue tan abrupto como revelador. Solo se escuchaba el goteo del cabezal y la respiración entrecortada de Zoé, cuyos pechos, con sus pezones rosados y erectos por el contraste de temperaturas, se elevaban y descendían con un ritmo hipnótico.
La sacó de la ducha con la misma fuerza cuidadosa de antes, pero ahora la desnudez de ella ya no era un hecho meramente funcional, sino un espectáculo desgarrador que le nublaba la razón. La colocó de pie sobre una toalla tendida en el suelo, su cuerpo brillando a la luz cruda del baño, gotas de agua atrapadas como diamantes en las curvas de sus senos y en el vello rubio de su sexo. La miró, y ya no pudo resistirlo. Su mano, grande y callosa, se elevó casi por voluntad propia y se posó, con una mezcla de temor y de un deseo feroz, sobre uno de sus pechos. La palma cubrió la redondez por completo, sintiendo bajo su piel el latido acelerado del corazón de ella y la puntita dura del pezón que se afirmó contra su centro.
"Está oportunidad es única." El pensamiento cruzó su mente como un relámpago, justificando lo injustificable, rompiendo el último dique de su moral. Respiró hondo, inundando sus pulmones con el aire húmedo y el aroma a manzana del champú de ella, y entonces, sin permitirse más vacilaciones, se inclinó y capturó sus labios con los suyos.
El beso no fue una pregunta, fue una afirmación. Una toma de posesión. Zoé emitió un sonido de sorpresa ahogado en la boca de él. Su mente, nublada y confusa, buscó desesperadamente un referente. En la fiesta, había estado coqueteando con un chico, uno de pelo oscuro y sonrisa fácil que le gustaba. El alcohol, traicionero, mezcló las identidades, fundió la realidad con el deseo latente. Este beso no era suave, era demandante, urgente, y su cuerpo, privado de inhibiciones, respondió por puro instinto. Sus labios, al principio inertes, se ablandaron y comenzaron a moverse contra los de Leo, una respuesta torpe pero ardiente. Un gemido bajo escapó de su garganta, y sus propias manos, débiles, se aferraron a sus brazos para no caer.
—Mmm... sí... —murmuró ella, perdida en su propio error, creyendo besar al fantasma de un chico que le había sonreído horas antes.
La respuesta de Zoé, lejos de frenar a Leo, fue gasolina sobre el fuego de su lujuria. Un gruñido ronco vibró en su pecho. —Yo te voy a cuidar, Zoé... —susurró contra sus labios, su voz un hilacho áspero de pasión y culpa—. Nadie más te va a tocar... solo yo.
Su mano, que aún acariciaba su seno, comenzó a descender, trazando una línea de fuego por la suavidad de su vientre, hasta perderse en el triángulo rubio y húmedo de su sexo. Sus dedos encontraron el centro de su calor, ese lugar secreto y palpitante que ya estaba sorprendentemente mojado, no solo por el agua de la ducha, sino por una excitación propia que el alcohol y la confusión habían desatado. Leo jugó con su clítoris, al principio con una torpeza que pronto se refinó en movimientos circulares y precisos, aprendiendo las respuestas de su cuerpo, los espasmos que le recorrían los músculos abdominales, los jadeos cortos que se convertían en quejidos.
—¿Qué... qué estás haciendo...? —preguntó Zoé, entrecortadamente, su cabeza girando de un lado a otro, sus ojos cerrados con fuerza—. Ahí... no... para... —pero su cuerpo decía lo contrario, sus caderas comenzaban a moverse en pequeños círculos, buscando inconscientemente la presión de esos dedos expertos.
—Shhh, hermanita... —murmuró Leo, mientras con su otra mano comenzaba a desabrocharse su propio pantalón—. Déjame hacer... confía en mí. —La promesa era un veneno dulce, una perversión del cuidado fraternal. Sus pantalones cayeron a sus tobillos, seguidos por su ropa interior, liberando su erección, dura y palpitante, un arma de conquista cargada con el deseo más prohibido.
La apoyó contra la pared fría de los azulejos, el contraste entre la frescura de la cerámica y el calor de sus pieles erizadas fue una sacudida para ambos. Se posicionó entre sus piernas, que él mismo separó un poco más. —Vas a sentirme, Zoé —dijo, y sin más preámbulos, guio su miembro hacia la entrada de su sexo.
La penetración fue lenta, deliberadamente lenta, para no lastimarla, pero también para saborear cada milímetro de esa rendición. Zoé gritó, un sonido agudo que se ahogó en el hombro de Leo cuando él enterró su rostro allí. —¡Ah! ¡Duele...! —protestó, pero el dolor inicial, mitigado por la lubricación natural y el alcohol, pronto se transformó en una sensación nueva, abrumadora, que llenaba un vacío que no sabía que tenía.
—No... duele lindo... —jadeó, confundiendo las sensaciones, aferrándose a su cuello como a un salvavidas en el mar de su confusión—. Más... por favor, no pares...
Esa súplica, ese "más" entrecortado y entregado, fue el permiso final que Leo necesitaba. Comenzó a moverse, al principio con un ritmo pausado, pero que rápidamente se volvió más enérgico, más primitivo. El choque de sus dos cuerpos jóvenes, con las hormonas alteradas hasta el paroxismo por el placer y la transgresión, creó una sinfonía de sonidos húmedos y carnales. La respiración de ambos era un jadeo sincopado, los gemidos de Zoé se mezclaban con los gruñidos guturales de Leo. Su cuerpo esbelto chocaba contra los azulejos con un golpe sordo y rítmico, cada embestida una afirmación de la posesión de él, cada movimiento de las caderas de ella, que ahora seguían el compás por puro instinto animal, una aceptación tácita de un placer que no entendía pero que anhelaba con una fuerza visceral.
—Decí mi nombre —le exigió Leo, deteniéndose por un momento, mirándola fijamente a los ojos, que ahora estaban abiertos, vidriosos, perdidos.
Ella, desesperada por la pausa, por la pérdida de esa sensación que la llevaba a un borde delicioso, balbuceó. —No sé... no sé... por favor, no pares... te lo pido...
—¿Quién te está dando placer, Zoé? —insistió él, moviéndose otra vez, más lento, torturándola.
—¡Vos! ¡Sos vos! —gritó ella, ya sin poder contenerse, su cuerpo arqueándose—. ¡Ahí! ¡Justo ahí! No pares, por favor, te suplico...
Leo aumentó el ritmo entonces, una cadencia frenética y poderosa que empujaba a Zoé más y más cerca del abismo. Sus músculos internos comenzaron a contraerse alrededor de él, una presión agonizantemente placentera. Un temblor le recorrió las piernas, un grito desgarrado, largo y cargado con toda la intensidad de su juventud y su desconcierto, le explotó en el pecho mientras su orgasmo la estremecía de pies a cabeza, una onda expansiva de puro éxtasis que la dejó temblorosa y sin fuerzas, colgando de los brazos de su hermano.
Verla, sentirla llegar a ese clímax, fue demasiado para Leo. Con unos pocos embates más profundos y salvajes, él también se rindió. Un gruñido ronco, bestial, escapó de su garganta mientras se vaciaba en lo más profundo de ella, una descarga caliente que marcaba, en su mente, un territorio irrevocablemente conquistado. Permanecieron así por un largo minuto, jadeando, pegados el uno al otro, el sudor y el vapor mezclándose con el olor a sexo y a jabón que ahora impregnaba el baño.
Poco a poco, Leo se separó. Zoé, agotada, con la mente convertida en un completo y blanco zumbido, se dejó llevar. Él la limpió con suavidad, con una ternura que contrastaba brutalmente con la fiereza de lo que acababa de suceder. Luego, la tomó en brazos de nuevo, como había hecho en la casa de la fiesta, pero ahora el significado del gesto era completamente diferente. Ya no era el rescate, era la consagración. La llevó a través del pasillo oscuro hasta su habitación y la depositó sobre las sábanas frescas de su cama.
Zoé se hundió en la almohada, su cuerpo sintiéndose extraño y ajeno, pero abrumadoramente satisfecho. Los párpados le pesaban como losas. El último vestigio de su conciencia, antes de que el sueño la arrastrara por completo, fue una pregunta flotando en la penumbra de su entendimiento, una duda que no tuvo la fuerza para responder antes de caer rendida: "¿Está es la casa de mi hermano?". Y entonces, la oscuridad fue total.
Continuara...



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