Chica Joven Sometida — Sexo y obediencia 🖤 — Parte 4

 


Tres días. 


Tres días de silencio que se estiraron como una eternidad. Esther había revisado su teléfono cada cinco minutos, esperando que ese nombre apareciera en la pantalla. El mensaje no llegaba, y la ansiedad se convertía en un nudo en su vientre, en un calor que no encontraba salida. 


Se masturbó el miércoles pensando en él. El jueves también. El viernes, cuando el sol comenzaba a caer, ya había perdido la esperanza. Estaba sentada en el borde de su cama, con el celular en la mano, cuando la vibración la hizo saltar. 


"Te espero. [Dirección]"  


El mensaje era breve, sin saludos ni despedidas. Como si él supiera que ella no necesitaba más. 


Esther sintió que el corazón le explotaba en el pecho. Se levantó de un salto y abrió su armario. Sus manos temblaban mientras elegía el vestido: rojo, corto, que apenas cubría sus nalgas. Se puso las medias de red, sintiendo cómo la tela se ajustaba a sus piernas, y la ropa interior de encaje que compró en una tienda discreta unos días antes. Tacones altos, rouge en los labios, su cabello suelto y ondulado. 


Se miró al espejo y se reconoció apenas. La mujer que la devolvía la mirada no era la misma de hacía una semana. Había algo en sus ojos, un brillo hambriento, una sumisión que se había vuelto parte de ella. 


Caminó hasta la dirección indicada. Sintió las miradas de los hombres que se cruzaban con ella, sus ojos viajando por su cuerpo como manos invisibles. Y le gustaba. Le gustaba ser deseada así, como un objeto, como una posesión. 


El club de fútbol era un lugar descuidado, con paredes de ladrillo a la vista y luces fluorescentes que parpadeaban. Humberto la esperaba en la entrada, apoyado contra el marco de la puerta, un cigarrillo colgando de sus labios. 


—Llegaste—, dijo, y su voz era un susurro ronco. —Bien. 


Levantó una mano y tocó su mejilla, con una suavidad que contrastaba con todo lo que había hecho antes. Sus dedos ásperos recorrieron su piel, descendieron hasta su cuello.  


—Hoy se define tu futuro—, dijo. 


Esther frunció el ceño, confundida. Pero la confusión se disolvió cuando él le sonrió, y esa sonrisa era una promesa y una amenaza.


—No entiendo—, murmuró. 


—No necesitas entender—, respondió él, tomándola de la mano. —Solo necesitas obedecer. 


La guió hacia el interior, y Esther sintió que el suelo se abría bajo sus pies. 


El salón del club era más grande de lo que parecía desde afuera. Las luces eran tenues, cálidas, y el aire olía a cigarro y a alcohol. Pero no era eso lo que la sorprendió. Lo que la sorprendió fueron las mujeres: desnudas, con collares de cuero alrededor del cuello, sirviendo copas a hombres sentados en mesas. Algunas estaban de rodillas junto a sus dueños, otras sentadas en sus regazos, sus cuerpos expuestos sin pudor.


Esther sintió que la boca se le secaba. El corazón le latía tan fuerte que podía escucharlo en sus oídos. 


Humberto la llevó al escenario. La luz se concentró sobre ellos, y Esther sintió el peso de todas las miradas sobre su cuerpo. Decenas de hombres, de todas las edades, con ojos de depredador que la devoraban. 


Humberto tomó un micrófono. Su voz resonó en el salón. 


—Ella es Esther—, dijo, y su nombre sonó como una ofrenda. —Tiene veinte años y la estuve entrenando unos días. Pero ya entiende su lugar en el mundo.


Las miradas se clavaron en ella. Esther sintió que el calor subía por su cuello, que sus pezones se endurecían bajo el vestido. Le gustaba. Le gustaba que la miraran así, como si fuera un objeto, como si fuera una mercancía.


—Esta noche—, continuó Humberto, —alguno de ustedes serán su dueño para siempre. Pero antes... hay que degustarla.


Los hombres rieron. Una risa grave, cómplice, que recorrió el salón como un trueno.


Humberto la tomó del cabello y la arrastró al centro del salón. Esther cayó de rodillas sobre el piso de madera, sintiendo cómo la tela del vestido se arrugaba bajo su peso. Su respiración era entrecortada, y un miedo delicioso recorría su espina dorsal.


Un hombre se colocó frente a ella. No era joven, tal vez cuarenta años, con el rostro marcado por el tiempo y los hombros anchos. Su miembro ya estaba erecto, rozando sus labios.


Él la agarró del mentón. Sus dedos presionaron sus mejillas, abriendo su boca. 


—Abrí—, dijo. 


Y ella obedeció.


El miembro entró hasta el fondo, golpeando su garganta. Esther tosió, las lágrimas asomando a sus ojos, pero él no aflojó. Sus caderas empujaban, una y otra vez, y ella sentía que se ahogaba, que no podía respirar. 


Detrás de ella, otra mano la levantó del suelo. La pusieron en cuatro patas, y sintió que su vestido se subía, que sus nalgas quedaban expuestas. Un segundo miembro presionó su entrada trasera, y entró con un golpe seco que la hizo gritar. Pero el grito se ahogó en el miembro que tenía en la boca. 


El primer hombre seguía moviéndose en su garganta mientras el segundo la penetraba por detrás. Los ritmos eran distintos: uno rápido, el otro profundo. Su cuerpo se balanceaba entre los dos, como un péndulo de carne y deseo.


Un tercer hombre se arrodilló a su lado. Sintió su mano en su vientre, descendiendo hasta su sexo. Sus dedos encontraron su clítoris, y comenzaron a frotarlo en círculos rápidos. 


"Estoy en el infierno", pensó, "y el infierno es hermoso."


El cuarto hombre se acercó, sentándose en una silla frente a ella. El primer hombre salió de su boca, y una mano la empujó hacia adelante. Cayó sobre los muslos del hombre sentado, y él la agarró del mentón, bajándola sobre su miembro. Lo tomó con la boca, succionando con desesperación.


Los dedos del tercer hombre seguían frotando su clítoris, y los dos miembros la penetraban por delante y por detrás. El cuarto hombre metió su mano entre sus piernas, tocando el punto donde los otros dos la atravesaban.


Esther sentía que se deshacía, que su cuerpo era un instrumento que tocaban cuatro músicos distintos. Un orgasmo la sacudió, y su grito se ahogó contra el miembro que tenía en la boca. Pero los hombres no se detuvieron.


El primer hombre la levantó por los brazos, la puso de espaldas contra la pared. Levantó una de sus piernas y penetró su sexo con violencia. El segundo hombre se acercó por detrás y volvió a penetrar su ano. Quedó empalada entre los dos, sus piernas abiertas, su cuerpo atrapado.


El tercer hombre se colocó a su costado. Sus manos subieron por su cuerpo, apretando sus senos, pellizcando sus pezones. Bajó su boca hasta su cuello y mordió su piel, dejando marcas.


El cuarto hombre se levantó de la silla. Se acercó a su cara y le metió su miembro en la boca. 


Los cuatro la usaban al mismo tiempo. Uno por delante, uno por detrás, uno en su boca, uno tocando y mordiendo su cuerpo. Sus brazos estaban atrapados, su espalda contra la pared, sus piernas abiertas. Los cuatro se movían con ritmos distintos, y ella no podía respirar entre embestida y embestida.


El tercer hombre bajó su mano hasta su entrepierna. Sus dedos encontraron el punto donde los dos miembros la atravesaban, y los frotó, los presionó. Esther arqueó la espalda, un segundo orgasmo la sacudió mientras los cuatro seguían moviéndose.


El primer hombre salió de ella, la giró, la inclinó sobre una mesa. Su miembro entró en su ano otra vez, mientras el segundo se colocaba frente a ella y penetraba su vagina. Quedó doblada sobre la madera, sus pechos aplastados contra la superficie fría.


El tercer hombre se puso a su lado, su mano frotando su clítoris con fuerza. El cuarto hombre tomó su cabello y levantó su cabeza, metiéndole su miembro en la boca.


Ella chupaba mientras los otros dos la penetraban. Sus caderas se movían solas, buscando más contacto, más dolor, más placer.


El primer hombre aceleró, sus embestidas más duras y profundas. El segundo también aceleró. Sus dos miembros entraban y salían de ella al mismo tiempo, y ella sentía cada centímetro, cada golpe. El tercer hombre frotaba su clítoris sin piedad, y el cuarto empujaba su garganta hasta el fondo.


Otro orgasmo la sacudió, su cuerpo convulsionándose sobre la mesa. Los hombres no se detuvieron. El primero terminó dentro de su ano, sus caderas empujando una última vez. El segundo terminó justo después, llenándola por delante. Luego el cuarto salió de su boca y terminó sobre su espalda, mientras el tercero se frotaba y terminaba sobre sus nalgas. 


Humberto se acercó. Levantó una de sus piernas, dejándola más expuesta, y penetró su ano. Esther sintió que se abría más que nunca, que su cuerpo se rendía por completo.


Luego llegaron cinco hombres más. Después otros. Y otros.


Esa noche perdió la cuenta.


Cuando abrió los ojos, la luz era distinta. Un sol pálido se filtraba a través de una ventanilla empañada. Esther parpadeó, sintiendo que su cuerpo era un mapa de dolor y placer. Cada músculo ardía, cada centímetro de su piel recordaba las manos que la habían tocado.


No estaba en el club. Estaba en un auto, recostada en el asiento trasero, cubierta por una manta que olía a tabaco y a colonia barata.


Un hombre la miraba desde el asiento del conductor. Cuarenta y cinco años, canas en las sienes, una sonrisa suave en sus labios. No era Humberto. Su mirada era distinta: más tranquila, más dueño.


—¿Dónde...?—, susurró Esther, su voz ronca por los gritos de la noche anterior.


—Soy Juan—, dijo él. —Tu dueño.


Esther sintió que el corazón se le detenía. Y luego, en lugar de miedo, sintió paz. Una paz extraña, profunda — Un placer conocerlo — Respondió con una sonrisa

  


Continuara... 

Comentarios