Mi Hermana, Mi Obsesión - Final
La cena en la casa de los padres Silva había sido un ejercicio de tensión exquisita para Zoé. Cada bocado de la milanesa que su madre había preparado con tanto esmero le sabía a ceniza, no por la comida, que estaba deliciosa, sino por el teatro en el que se veía obligada a participar. Sentada frente a Leo, en la mesa de roble de su infancia, bajo la luz cálida de la lámpara que había iluminado tantas cenas familiares, solo podía pensar en una cosa: en él. En la forma en que sus dedos sostenían el tenedor, los mismos que habían explorado cada centímetro de su cuerpo con una intimidad que ahora la hacía estremecer. En su boca, que se abría para recibir el alimento, la misma que había sellado la suya con una pasión que la dejaba sin aliento. Cada vez que sus miradas se cruzaban por encima de la ensalada, era como si un arco voltaico invisible saltara entre ellos, cargado de todos los secretos compartidos en menos de veinticuatro horas.
"Me está mirando como me miró sobre la mesa," pensaba ella, sintiendo un rubor que le subía desde el escote. "Y cuando sonríe, es la misma sonrisa que tenía antes de que me penetrara en la mesa." La excitación era un zumbido constante y bajo en su cuerpo, un recordatorio húmedo y vergonzoso de que, pese a la culpa y al miedo, su carne respondía a la de su hermano con una lealtad absoluta y aterradora. Verlo allí, interactuando con sus padres con su normalidad de siempre, le producía una vergüenza aguda. Cada anécdota cuyo padre contaba, cada consejo que su madre daba, eran un recordatorio del mundo que estaban traicionando. El contraste entre la escena doméstica y los recuerdos lujuriosos que asaltaban su mente—la posesión borracha en el baño, la violación sobre la mesa del desayuno, la sumisión en el auto—era tan brutal que le producía mareo.
—Creo que me voy a acostar —anunció finalmente, levantándose con una sonrisa forzada—. Estoy re cansada de anoche.
Su madre la miró con preocupación. —¿Estás bien, hijita? Te veo pálida.
—Sí, mamá, solo sueño —mintió, evitando la mirada de Leo, que sabía perfectamente la verdadera razón de su retirada.
Apenas cruzó la puerta de su antiguo dormitorio, el mismo que había decorado con pósters de bandas a los dieciséis años, se apoyó contra la madera, jadeando levemente. La habitación olía a limpio y a recuerdos. Pero ella ya no era la misma. Se quitó la ropa con movimientos rápidos y, de una de las bolsas que Leo había comprado, sacó la lencería negra. Se la puso, sintiendo el encaje rozar su piel como una segunda piel, un uniforme para su nueva y prohibida vida. Luego se metió bajo las sábanas, temblando de anticipación y de miedo. Sabía, con una certeza que le helaba la sangre y le calentaba el sexo, que él vendría.
Mientras tanto, en el comedor, Leo jugaba su partida. Se llevó la mano a la sien y fingió un leve mareo.
—Creo que me pasé con el vino —dijo con una sonrisa cansada.
Su madre, siempre amorosa y preocupada, le tocó el brazo. —Quédate a dormir, Leo. El sofá cama es cómodo. No manejes así.
Él no necesitó que se lo repitieran. —Bueno, si no les molesta...
—¡Qué vas a molestar, hijo! —dijo su padre, levantándose para darle un afectuoso golpe en el hombro—. Para eso es la casa.
La espera fue una tortura y un éxtasis para ambos. Zoé, acostada en la oscuridad, con los oídos afinados como un animal en celo, escuchaba cada ruido de la casa. El runrún de la televisión, los pasos de sus padres yendo a su habitación, el silencio posterior. Su cuerpo estaba en un estado de alerta máxima, cada nervio vibrando. Llevaba puesta la lencería para él, una invitación muda y culpable. Sabía que era una locura, un riesgo insensato, pero la idea de que Leo la deseara tanto como para arriesgarse a ser descubiertos la excitaba hasta un punto que ya no podía negar.
Finalmente, después de lo que pareció una eternidad, oyó el crujido casi imperceptible de la puerta de su habitación al abrirse. No se movió. Contuvo la respiración. La silueta alta y familiar de su hermano se recortó en la puerta antes de cerrarla sin hacer ruido. Sus pasos, de puntitas, se acercaron a la cama. Zoé cerró los ojos con fuerza, fingiendo estar dormida, pero todo su cuerpo era un grito de vigilia.
La voz de Leo llegó a su oído como un susurro de terciopelo caliente, cargado de una intención que le erizó la piel. —¿Estás dormida, hermanita?
Ella no respondió, jugando a la indefensa, a la inocente, sabiendo que esa farsa era parte del juego. Sintió entonces cómo las sábanas se movían, cómo Leo las corría con una lentitud deliberada, exponiendo su cuerpo a la tenue luz que filtraba la ventana. El aire fresco de la habitación rozó su piel, pero el calor que sintió fue interno, un fuego que se encendió al saberse observada, deseada.
—Están nuestros padres en la habitación —musitó ella por fin, en un hilo de voz, sin abrir los ojos, como si la razón intentara, débilmente, imponerse.
Leo se inclinó aún más, su aliento le acarició la oreja, su cuerpo era una presencia cálida y abrumadora a un centímetro de ella. —Me estás esperando con lencería —susurró, y su tono era una mezcla de burla y de lujuria—, y me vas a decir que no querés.
Esa fue la chispa. La farsa se derrumbó. Zoé no necesitó más palabras. Con un movimiento rápido, casi desesperado, enlazó sus brazos alrededor del cuello de Leo y lo atrajo hacia ella, sellando su boca con un beso que no fue de hermana, sino de amante. Fue un beso feroz, húmedo, lleno de una urgencia acumulada durante toda la cena. Sus lenguas se encontraron y entrelazaron en un baile familiar y a la vez nuevo, un duelo de deseos que no admitía negativas. Leo se deslizó en la cama junto a ella, y en la intimidad de la oscuridad, sus manos comenzaron a trabajar con eficiencia silenciosa. Mientras sus bocas no se separaban, sus dedos encontraron la pequeña trabilla de la tanga negra y la deslizaron por sus caderas, bajándola hasta sus rodillas. Luego, con la misma destreza, desabrochó el corpiño de encaje, liberando sus senos, que encajaron perfectamente en sus palmas. Hubo mordiscos suaves, juegos de lenguas, manos que exploraban y apretaban, todo en un silencio roto solo por jadeos contenidos y el sonido húmedo de sus bocas unidas.
—Te necesito adentro —jadeó Zoé, rompiendo el beso, su voz un quejido ahogado.
—Shhh, tranquila —susurró Leo, posicionándose sobre ella—. Hacemos lento.
La penetración fue un éxtasis silencioso y profundo. Se movió dentro de ella con embestidas controladas, medidos, cada una un acto de posesión y de riesgo. Sus cuerpos se fundían en la oscuridad, un enlace prohibido que latía al unísono.
—Estás tan mojada para mí —murmuró él contra su cuello, mordisqueando la piel suave.
—Es que... me vuelves loca —confesó ella, ahogando un gemido en su hombro—. Aunque no debería.
—Cállate y sentí —ordenó él, aumentando levemente el ritmo.
Pero la pasión era un animal difícil de domar. Después de un rato, el respaldar de la cama de Zoé, esa misma cama donde había soñado con príncipes de cuento, comenzó a golpear la pared con un golpeteo sordo pero persistente. Thump. Thump. Thump.
Zoé se puso rígida, el placer mezclándose con el pánico. —Pará... haces mucho ruido —susurró, aterrada.
Leo se detuvo, jadeando. —¿Entonces?
—Déjame subir —propuso ella, con un arranque de iniciativa que los sorprendió a ambos.
Con un movimiento fluido, cambiaron de posición. Ahora era Zoé quien se montaba sobre él, controlando la profundidad y el ritmo. Se movía con una sensualidad innata, sus caderas trazando círculos lentos y luego movimientos más enérgicos, ahogando sus propios gemidos en el cuello de su hermano. Leo, recostado, disfrutaba del espectáculo. Sus manos subieron para apretar sus pechos, jugueteando con los pezones duros, mientras la miraba con unos ojos que brillaban en la oscuridad, llenos de admiración y de un posesivo orgullo.
En ese momento, cabalgando a su hermano en la habitación de su infancia, con sus padres durmiendo a pocos metros, Zoé supo. Supo que esto no tenía vuelta atrás. No era un desliz, ni un error borracho. Era un punto de no retorno. El placer era demasiado intenso, la conexión demasiado profunda, la transgresión demasiado dulce. Se estaba entregando, no por fuerza o por confusión, sino por elección. Y en el fondo de esa elección, había una paz extraña, una aceptación.
El orgasmo la alcanzó con la fuerza de una revelación. Un temblor silencioso pero violento la recorrió de pies a cabeza, y se dejó caer sobre el pecho de Leo, conteniendo la respiración para no gritar. Sintió entonces cómo él, al sentir sus contracciones internas, se dejaba llevar también. Sus manos se aferraron a sus nalgas, apretándolas con fuerza mientras él llegaba al clímax, un gruñido ahogado escapando de sus labios mientras se vaciaba en su interior.
Quedaron abrazados, pegados el uno al otro, jadeando en silencio, fundidos en un solo ser sudoroso y satisfecho. La culpa, esa sombra que había perseguido a Zoé desde el primer momento, se había disipado. Ya no había espacio para ella. En su lugar, había una calma extraña, una sensación de unidad que trascendía lo meramente físico. No era solo sexo. Era algo más profundo, más peligroso y más real. Un amor de hermanos que había encontrado, en la piel y en el secreto, un nivel más alto, más intenso y completamente nuevo de entendimiento. Se quedaron así, enlazados, sabiendo que el mundo afuera de esa habitación ya nunca volvería a ser el suyo.
Epílogo: La Vida Secreta
El tiempo, ese rio que todo lo arrastra, no logró diluir la corriente subterránea que unía a Leo y Zoé. Al contrario, con los años, la profundizó, la enriqueció con los sedimentos de una vida entera construida a la vista de todos y, a la vez, en la más absoluta y compartida intimidad. Nada los detuvo. Ni los primeros meses de paranoia, mirando por encima del hombro, ni las preguntas bienintencionadas de sus padres sobre cuándo conocerían a sus respectivas parejas. Ellos ya tenían una pareja. La tenían desde siempre.
A los veintiocho años de Leo y los veinte de Zoé, se fueron de vacaciones a Brasil. Para el mundo, un viaje de hermanos. Para ellos, una luna de miel clandestina. Dos semanas en una cabaña en Buzios, donde no tuvieron que bajar la voz ni contener los gemidos. Donde pudieron caminar de la mano por la playa al atardecer y besarse con el sabor a sal en los labios, lejos de las miradas ajenas. Fue en esa playa, con el sol tiñendo el cielo de naranja y violeta, donde Leo, sin arrodillarse, pero con una solemnidad que le empañaba los ojos claros, le dijo:
—No voy a poder darte un anillo que podamos mostrar, hermanita. Pero te juro que soy tan tuyo como si llevara tu nombre tatuado en el alma.
Zoé, con los ojos llorosos y una sonrisa que le iluminaba todo el rostro, le respondió:
—Y yo soy tuya, Leo. De una manera que nadie más va a entender nunca. Eso lo hace más nuestro todavía.
Con el tiempo, la presión social y la necesidad de una fachada creíble los llevó a tomar decisiones prácticas. Leo, ya un empresario exitoso con una cadena de gimnasios en expansión conoció a una instructora de yoga, Carla, una mujer dulce y despreocupada que nunca sospechó que el corazón de su marido había sido dado en posesión total mucho antes de conocerla. Zoé, por su parte, se casó con un arquitecto, Martín, un hombre bueno y estable, que la adoraba y que siempre creyó que la complicidad profunda que veía entre su mujer y su cuñado era el producto de una infancia feliz y un vínculo fraternal ejemplar.
Ambos formaron sus familias. Leo y Carla tuvieron tres hijos: un varón, Lautaro, y dos nenas, Julieta y Valentina. Zoé y Martín tuvieron dos: una nena, Sofía, y un varón, Benjamín. Sus casas eran lugares de reuniones familiares, de cumpleaños multitudinarios, de Navidades llenas de regalos y risas. Para sus hijos, el tío Leo y la tía Zoé eran una presencia constante y amorosa. Para sus cónyuges, sus respectivos cuñados eran pilares de la familia. Y en medio de ese bullicio doméstico, en las miradas que se cruzaban por encima de la cabeza de los niños, en los codos que se rozaban al pasar el pavo, en los besos de saludo que duraban una fracción de segundo más de lo normal, perduraba el secreto.
La pasión no se apagó; se transformó. Se volvió más paciente, más profunda, más rica. Sus encuentros ya no eran solo el fuego rápido y peligroso de la juventud. Eran planes cuidadosamente orquestados. Una tarde de gimnasio de Leo que coincidía con un "mandado" de Zoé. Un viaje de negocios de Martín que era la oportunidad para una noche entera en el departamento de soltero que Leo aún mantenía, y al que Zoé llegaba con un corazón que le latía como a los dieciocho años. Eran mensajes de texto cifrados, inocuos para cualquier otro ojo.
—¿Vas a pasar a buscar el regalo de mamá hoy a las cinco? —le escribía Leo.
—Sí, ya coordiné con Martín. Pasa a buscarme —respondía Zoé, sabiendo que "el regalo de mamá" significaba horas de desnudez y de murmullos apasionados entre las sábanas.
Incluso cuando los hijos crecieron y las canas empezaron a platear el rubio claro de Zoé y a darle carácter al pelo oscuro de Leo, el ritual continuó. A los cincuenta y cinco años de Leo y cuarenta y siete de Zoé, ya abuelos —él de un nieto, ella de una nieta—, se encontraban en un hotel del centro, lejos de sus barrios, para celebrar un aniversario que nadie más conocía: el aniversario de aquella primera noche, de aquella primera posesión borracha que había germinado en este amor eterno y clandestino.
—¿Te acordás cuando el respaldar de tu cama golpeaba la pared y vos casi te morías del susto? —le susurró Leo, acariciando la espalda de ella, ahora marcada por las huellas del tiempo, pero tan suave y deseable para él como el primer día.
Zoé río, un sonido suabe y íntimo. —Me acuerdo. Y me acuerdo de tu cara de "ya es mía". Creí que me iba a dar un infarto.
—Y al final, no —dijo él, acercándose—. Al final, nos hicimos fuertes.
—Siempre fuertes —asintió ella, buscando sus labios.
Nunca hubo un momento de arrepentimiento, ni la sombra de la duda. Habían construido una vida doble, sí, pero era una vida auténtica para ellos. El amor que sentían por sus hijos y, en su manera, por sus cónyuges, era real. Pero lo que compartían entre ellos era de otro orden, una conexión que iba más allá del matrimonio, de la familia, de las convenciones. Era un pacto sellado en la piel, en el riesgo, en los años de miradas furtivas y toques secretos.
Cuando la vida los fue encorvando, cuando los nietos se multiplicaron y las reuniones familiares se volvieron aún más numerosas, ellos seguían ahí, sentados uno al lado del otro en la mesa, intercambiando una sonrisa que contenía universos. Para todos, eran el tío Leo y la tía Zoé, dos hermanos que se querían con una devoción conmovedora, un ejemplo de los lazos de sangre.
Pero en la intimidad de un ascensor vacío, sus manos se buscaban y se apretaban con la fuerza de siempre. En un rincón del jardín, durante un asado familiar, un beso robado, rápido y cargado de toda una vida de pasión, les recordaba la verdad. La verdad que los había sostenido los había definido y los acompañaría hasta el final: que en el mundo había muchas clases de amor, y que el suyo, prohibido y eterno, secreto y apasionado, era tan real y tan válido como cualquier otro. Y que, contra viento y marea, contra la moral y la sociedad, ellos habían sido, eran y serían, siempre, los amantes clandestinos que se encontraron en el lugar más inesperado: en el rostro de su propia familia.
FIN.

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